Virgilio Expósito

Nome verdadeiro: Expósito, Virgilio Hugo
Pianista y compositor
(3 maio 1924 - 25 outubro 1997)
Local de nascimento:
Zárate (Buenos Aires) Argentina
Por
Ricardo García Blaya

ijo de padres anarquistas, nació en la ciudad de Zárate, en la Provincia de Buenos Aires.

Autor prolífico, con cientos de canciones, tenía catorce años cuando compuso el tango “Maquillaje” y, a los pocos años, el monumental “Naranjo en flor”, dos clásicos indiscutidos del género, ambos inspirados en letras de su hermano Homero.

Sus composiciones más destacadas, a mi gusto, son: “Vete de mí”, su bolero más popular con infinidad de versiones, los valses “Absurdo” y “Tu casa ya no está”, los tangos “Farol”, “Afiches”, “Oro falso”, “Siempre París”, “Chau, no va más”, todos con versos de Homero y los instrumentales, “Chau Piazzolla” y “Parisien”, en colaboración con Héctor Stamponi. También con su hermano mayor, terminaron la obra póstuma de Enrique Discépolo: “Fangal”.

Fue un gran melodista y son muchos los éxitos, tanto por el reconocimiento de la calidad artística de su obra, como por la repercusión comercial. Pero fue un personaje polémico.

Recuerdo una tarde en un restaurante de la calle Talcahuano, lo ví por última vez tocando el piano. Era un lugar menor para alguien de su estatura artística y su talento. Es cierto, que sus desafortunadas opiniones sobre Carlos Gardel lo habían relegado bastante del ambiente tanguero, pero no creo que esa fuera la causa de ese auditorio indiferente, ni tampoco, que estaba allí en procura de un sustento material, más bien pienso que era su propia necesidad de seguir haciendo tango.

Era algo vanidoso y formulaba algunas aseveraciones irritantes, no me refiero sólamente a las destinadas a la sexualidad de nuestro Zorzal, también sobre las obras de sus colegas y sobre el desarrollo de la música popular; pero al mismo tiempo, una persona generosa y un muy buen maestro.

Como ejemplo, sus propias palabras: «Cuando hablo de los que admiro hablo de mí. Yo frecuenté a muchos grandes y cada día los veo más grandes, como cuando fui creciendo y ví mejor que nunca a mi padre. Yo creo que nací con el arte. Desde muy chico ya comprendía sin que me lo explicaran».

En un reportaje publicado en el diario Clarín en marzo de 1976, se ufana confesando: «Cuando uno tiene hechas más de dos mil canciones, cuando enseña y tiene discípulos, cuando se levanta cada día con un proyecto de vida nuevo, como ahora que acabo de formar un trío y canto, y venís vos y me preguntás cuantos años tengo, debo contestarte que no soy inmortal, pero soy un artista, y ellos no cumplen años sino obras».

Consideraba que eran muy pocos los buenos autores y que la canción popular de nuestros días es más torpe, poco melódica e improvisada que antes: «Cuando un tipo hace una canción en serio, está diciéndoles a todos dónde está la verdad y gana por ese simple detalle de la comparación, nada más».

Era crítico con los artistas que musicalizaban obras de poetas importantes. Respecto de Joan Manuel Serrat fue tajante: «Hay que tener cuidado con eso, la poesía es un género que tiene su razón propia de existir. Es como un pájaro terminado, con plumaje y alas y que vuela sin necesidad de guitarra. Hasta te diría que la poesía ni siquiera debería ser leída en voz alta. Lo que Serrat hizo con el romancero de Machado, en realidad lo hizo el romancero, que ya de por sí es un canto. Pero cuando él se puso a cantar a Miguel Hernández, lo único que hace es traicionar al poeta y a su poesía, porque se sirve de ella sin comprenderla. Yo creo que antes de ponerle música hay que sentarse a pensar un ratito».

También, en varias oportunidades criticó a los poetas de ocasión. Decía que en este país, cualquier borracho puede hacer una letrita, registrarla y, a partir de ese momento, ser considerado un autor. Estaba convencido que no se valora la poesía del tango, por considerarse un arte menor. «No concibo que en la Sociedad de Autores haya 17.000 socios y en Estados Unidos apenas 3.000. Y no es porque aquí tengamos más genios, allá son exigentes».

Respecto de las nuevas formas de interpretación: «En el tango se diferencian dos épocas: una de formación y otra de deformación. Aquí comienza mi teoría. En la primera los De Caro, Maffia, Contursi, Manzi, fueron construyendo un altar, piedra por piedra, fue todo un proceso de enriquecimiento, una cultura de la canción que el pueblo conocía y también entendía. Hasta allí la cosa tenía un ordenamiento lógico. Las disciplinas estaban sometidas a los sabedores y el director era el director y el arreglador el arreglador. Después viene la otra época. Es cuando el cantor de tangos se convierte en vedette y comienza a pasar encima de los músicos, de las letras, del director y de todo. Aureolado y aturdido por su propia imagen, como Narciso, reniega de la poesía, deja de someterse, inventa poses, asume un papel de machieta y canta para él, no para la canción creada. De esta deformación se salvan pocos, uno es Edmundo Rivero».

Siguiendo su pensamiento, esa deformación tuvo consecuencias sobre el público, le deterioró los oídos y, sentenciaba: «Peor, el público de tango se ha estancado. Y así festeja que el cantor siga pateando el suelo como hace cuarenta años, cuando pateaba el escenario porque los que estaban bailando no lo atendían. Entonces el cantor se engolosina y busca el aplauso en el final. Y no le importa que ese final sea bajo, cadencioso, como el de “Mi noche triste”. Él, igual, pega un alarido y gana un mal aplauso y siembra el desconcierto».

No obstante sus controvertidas opiniones, Virgilio Expósito fue un hombre culto —dominaba cuatro idiomas—, un magnífico pianista y, por sobre todas las cosas, un estupendo creador de belleza. Por eso, junto a su hermano Homero Expósito, está en la galería grande de nuestra música popular.