Enrique Dizeo

Nome verdadeiro: Dizeo, Enrique
Pseudônimo: Ozedi
Letrista
(26 julho 1893 - 6 maio 1980)
Local de nascimento:
Buenos Aires Argentina
Por
Gaspar Astarita

ue, en la literatura del tango, el autor de más dilatada trayectoria, pues estuvo produciendo hasta bien entrados sus altos años. No con la asiduidad de los viejos tiempos y tampoco sin lograr repetir la popularidad de sus pasados éxitos.
Pero eso ya no importaba. Su nombre estaba definitivamente inventariado en la historia del tango, a través de una nutrida obra letrística, de la cual buena parte se ha salvado del olvido.

Sus versos, sencillos y directos, tuvieron el ingrediente de una expresión colorida, vibrante de calle y barriada. Y a esas vibraciones ciudadanas —en su primera etapa, especialmente— las aderezó con el chamuyo y el saber de quien no es solamente testigo, sino también protagonista de la cosa.

De aquellos años iniciales han quedado clavados en la emoción popular títulos como Copen la banca, del cual Carlos Gardel dejó una versión inmejorable, “Pan comido”, “Echaste buena”, “Qué se vayan”, “Andate con la otra”, y tantos otros en los que se advierte el fácil manejo del lunfardo, y en el que se mezclaron los términos turfísticos juntamente con muchos «cancherismos porteños» (términos pícaros y audaces).

Sin embargo, cuando se produjo la revolución literaria del tango con la aparición de José González Castillo, Homero Manzi, Francisco García Jiménez, Alfredo Le Pera y otros, también Enrique Dizeo se incorpora a ellos comenzando una labor con un lenguaje más cuidado, incursionando en el tema del amor —“Más solo que nunca”, “Acordándome de vos”, “Cada día te quiero más”, “Mi regalo”—, aunque sin descuidar sus brochazos ciudadanos, tan llenos de emoción y de auténtico porteñismo: “El encopao”, “No es más que yo”, “Ficha de oro”, “Con toda la voz que tengo” y tantos otros más.

Y entre esos tangos y milongas aparece de pronto el gran impacto de su trayectoria de autor: el vals peruano “Que nadie sepa mi sufrir”, con música del cantor Ángel Cabral, que todavía hoy se sigue cantando en nuestro país y en el extranjero. Fue grabado por diversos artistas, algunos de proyección internacional, como la gran Edith Piaf, que dieron a sus autores fama y dinero.

No obstante ese inesperado suceso que le reportó amplia celebridad —alcanzada a través de una composición de módico contenido, unida a una pegadiza melodía de marcado acento limeño—, el nombre de Enrique Dizeo seguirá perteneciendo al mundo del tango.

Y a ese Enrique Dizeo, cultor de un estilo, de una técnica y de un lenguaje extraordinariamente identificado con la canción popular de Buenos Aires quiere recrear este trabajo.

Enrique Dizeo nació en la ciudad de Buenos Aires, el 26 de julio de 1893, hijo de Francisco Dizeo y Francisca Bruno. ¿Estudios cursados?, los primarios y nada más. Luego la calle, permanente escenario de sus correrías de muchachito inquieto, transitando esos barrios de infancia que fueron, en diferentes momentos, San Cristóbal, Boedo o Parque de los Patricios.

Trabajó en distintos lugares, sin oficio, y siempre ocasionalmente. La bohemia, aunque sin desbordes, lo atrapó tempranamente, pero mantuvo ciertos códigos de conducta que lo apartaron de la pillería o el malandrinaje. Y así, desde muy jovencito, la calle, el verso y la tertulia nochera concluyeron por definir su personalidad.

Su inclinación por la poesía popular, a la que accedió más por instinto, sensibilidad y una natural y despierta inteligencia, tuvo sus primeras manifestaciones en un centro con veleidades artísticas: Los hermanos Fachabruta, conjunto carnavalesco donde dio a conocer sus primeros garabatos rimados. Y fue precisamente a través de ese conjunto que vio la luz su primer tango, el que alcanzó cierta notoriedad: “Romántico bulincito”, con música de Augusto Gentile. De ahí en más, salvo algún esporádico empleo, su pasión y su profesión fue el tango. También el mundo del turf —los burros— (los caballos pura sangre) sería el otro ámbito donde se desarrolló su vida.

Y así, como producto de esa mezcla de poeta y trovero de esquina, comenzó su producción autoral, a la que Gardel habría de darle, en la década del 20, difusión y afirmación. Y alcanzó a dominar un lenguaje que tiene estrecha relación con el lunfardo, en donde también lo ciudadano se confunde con lo arrabalero en armónica aleación, para ofrecer pinturas y expresiones de auténtico carácter porteño.

Sin embargo, con estos favorables antecedentes, cuando un conjunto de intelectuales como José Gobello, Luis Soler Cañas, León Benarós y Nicolás Olivari a la cabeza, se autoconvocaron para crear la Academia Porteña del Lunfardo y lo invitaron para firmar el acta fundacional, Enrique Dizeo desestimó esa invitación y no concurrió a refrendar aquel importante documento. Suponemos que su falta de disciplina y cierto desorden en su vida privada fue lo que incidió para que tomara esa decisión.

Vivió y murió soltero, aunque se le conocieron algunas aventuras amorosas, ninguna de las cuales consiguió atarlo al matrimonio. Una de esas mujeres estuvo a punto de lograrlo. Fue una relación última, de casi veinte años, «pero se mancó en el final». Quedó empedernidamente célibe, pero en soledad. Sus últimos años los vivió en el barrio de Floresta, en la calle Candelaria 201.

Murió en Buenos Aires el 6 de mayo de 1980.

Publicado en la revista Tango y lunfardo, número 89, Chivilcoy, 16 de diciembre de 1993.