Por
Néstor Pinsón

Tangos con humo

ranscurridos más de 500 años, mucho está en discusión sobre el origen de Cristóbal Colón y su papel en la historia de América y el mundo. Lo curioso del caso fue que murió sin saber que había descubierto un nuevo continente. Quien afirmó que no se trataba de Las Indias sino de una tierra desconocida, fue el italiano Américo Vespucio, de Florencia. En su honor se denominó América al nuevo continente.

Don Cristóbal, para dar crédito de su viaje ante los reyes de España, arrasó con todo lo que fuera desconocido en Europa y su aporte fue notable, sobre todo en el rubro alimenticio. En España se encontraron con el maíz, mandioca, patatas o papas, camotes o batatas, ciertos tipos de zapallos calabazas, variedades de pimientos, peras y manzanas, tomates y tantas otras más. Y, para destacar, la curiosidad que le despertó observar a los naturales de esas tierras echar humo por boca y nariz luego de inhalar de un tubo encendido, formado por hojas secas que dentro portaba picadura de hierbas.

Esas picaduras provenían de hojas de una planta llamada tabaco, originaria de una zona andina entre el Perú y Ecuador. Luego se descubrió que contenían un alcaloide llamado nicotina. Además, los nativos elaboraban una pasta para masticar casi todo el día, fueron los predecesores en mascar tabaco; también sazonaban comidas, la agregaban al agua para beber, en gotas se aplicaban en los ojos cuando tenían alguna dolencia, se frotaban el cuerpo por algún dolor o en forma ritual para obtener mayor valor y, también, protección previo a combates contra tribus enemigas. Para el sexo también, era más efectivo si se derramaba un cocimiento en agua sobre el cuerpo de las mujeres.

Con respecto a la palabra tabaco tampoco hay un seguro acuerdo entre los que investigaron. Unos aseguran que se descubrió en Tobago, una pequeña isla de las Antillas, actualmente anexada a Trinidad. Otros, que proviene de Tabasco, una ciudad mejicana o bien de la palabra árabe tabbaq.

El asunto es que Colón, al difundir el tabaco, resultó responsable de infinidad de muertes, pues el hábito o vicio se extendió rápidamente por el mundo. Visionario resultó el rey Jacobo 1º de Inglaterra (1566-1625, único hijo de la reina María Estuardo) pues supo condenar al cigarrillo: «Repulsivo para el olfato, desagradable para la vista, peligroso para el cerebro y nocivo para los pulmones».

¿Por qué cigarrillo? Se trata del diminutivo de cigarro. Algunos dicen que en España se plantó tabaco en una zona cercana a Toledo y que atraía en cantidad a las cigarras y a ese sitio comenzaron a llamarlo cigarrales, de allí a la denominación del producto final no quedaba más que un paso, según los que alientan esta idea. Pero lo más probable es que provenga de su denominación en idioma maya.

Es pitillo en España, pucho entre nosotros, en forma lunfarda, y más popularmente faso, que no se sabe de dónde proviene. También de chico escuché la variante fasolari, pero este último es probable que provenga por asociación a un jugador de fútbol de esa época llamado Roberto Fazzolari.

Finalmente, llegando al tango, en los primeros años del siglo veinte aparecen en Buenos Aires muchachas de familias empobrecidas de Rusia y Polonia, recolectadas por la mafia para ejercer aquí la prostitución. Son de piel blanca, rubias. No conocen el idioma y cuando quieren fumar piden papirosa, que en lenguaje popular ruso y polaco quiere decir cigarrillo. Por extensión, se las pasó a denominar papirusas o papusas. En lunfardo se denomina así a las mujeres hermosas, y esos vocablos son inmediatamente incorporados a las letras de los tangos.

Celedonio Flores en su “Corrientes y Esmeralda” cita: «en tu esquina un día, Milonguita, aquella papirusa criolla que Linnig cantó…».

Manuel Romero en “Nubes de humo (Fume compadre)”: «Fume compadre, fume y charlemos y mientras fuma recordemos, que con el humo del cigarrillo se nos va la juventud».

Enrique Cadícamo en “Humo”:«mientras voy haciendo anillos, con humo azul de cigarrillo, espiral que se retuerce en mi angustiosa soledad…»

Horacio Sanguinetti en “Arlette”: «Y veré tus labios tristes aletear, ya conocidos de hablar solos y fumar…»

Jesús Fernández Blanco pone una luz de realidad en “Por fin largué”: «Si no me alcanzaba el sueldo… jamás tenía ni para fumar».

Y más allá de la ciudad, en el campo, Homero Manzi en “Sosteniendo recuerdos”: «Contemplando la tarde, a la sombra del rancho, parecieras un alma, que se ha puesto a fumar».

Y recordando frustraciones mientras la vida pasa, José González Castillo traza una pintura en “Sobre el pucho”: «Un callejón en Pompeya y un farolito plateando el fango y allí un malevo que fuma y un organito moliendo un tango». Y más adelante: «Tango querido que ya pa’ siempre pasó, como pucho consumió las delicias de mi vida que hoy cenizas sólo son».

Enrique Santos Discépolo nos brinda en “Cafetín de Buenos Aires”, un puro ejemplo de melancolía cuando dice: «Como una escuela de todas las cosas,/ ya de muchacho me diste entre asombros:/ el cigarrillo, la fe en mis sueños…».

Cátulo Castillo enfoca a un tipo lleno de amargura en “Color de barro”: «…soy el fuego de un cigarrillo que se tira sobre el barro desde lo alto de ese carro…». Y otra vez Cátulo, en el “Café de los angelitos: «Yo te evoco, perdido en la vida y enredado en los hilos del humo, frente a un grato recuerdo que fumo y a esta negra porción de café».

Y en tren de consolar a un amigo, la página de Enrique DizeoQuiere fumar”: «para dejarlo tranquilo y sacando cigarrilos, le dije: ¿Quiere fumar?»

Uno de los primeros estribillistas que tuvo el tango, Luis Díaz, fue autor de “Se tiran conmigo”: «Pobre la mina del quiosco, que todas las tardecitas me daba los cigarrillos de sotamanga, al pasar, un chabón que nunca falta hizo correr la boliya, el viejo la campanea y ya ni puedo fumar».

Y Manzi en “El último organito”: «el ciego inconsolable del verso de Carriego, que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral».

Y Cadícamo en “No vendrá”, cuando el galán se da cuenta que lo están dejando plantado: «Por no estar tan solo y esperar, fumaré otro cigarrillo más. Pero algo hay que me hace pensar que no vendrá...»

En “Aquel tapado de armiño”, Manuel Romero hace renunciar al placer a su protagonista cuando dice: «Y yo con mil sacrificios te lo pude al fin comprar, mangué a amigos y usureros y estuve un mes sin fumar».

Y existen muchos tangos más con humo de cigarrillos, y algunos donde la nicotina no alcanza y se mezcla con cocaína, en otros se aspira éter o la aguja con morfina lleva a “Un paraíso artificial”, en fin, los vicios. Pero esa es otra historia.