Por
Ricardo García Blaya

Adiós al querido maestro Héctor Lucci

or sobre todas las cosas, Héctor Lorenzo Lucci fue un hombre de Buenos Aires, un porteño de ley, un enamorado de su barrio: Palermo.

Fue sin duda una persona sabia y generosa, un gran lector, un autodidacta. Posiblemente, uno de los mayores coleccionistas de discos del mundo, especialmente en los géneros tango, lírica y folclore argentino. Su casa es una exposición permanente de su pasión por la música y el sonido. Alguna vez me confesó que tenía más de 250 aparatos reproductores, entre fonógrafos, gramófonos y combinados. De los discos, nunca arriesgó una cifra pero llegó a tener, como depósito, una casa repleta de ellos, además de su vivienda y su taller.

Murió un día antes que lo filmáramos en su departamento de la calle Mansilla. Queríamos que nos contara su historia y sus anécdotas, las que tantas veces escuchamos los que tuvimos la suerte de ser sus amigos. No pudo ser.

A su taller, en el pasaje San Mateo, a un par de cuadras de su casa, íbamos a comer asados Gabriel Clausi (El Chula), Bruno Cespi, su compinche de casi toda la vida, Néstor Pinsón, que fue quien lo hizo debutar en la radio, el cantor Osvaldo Ribó y el que suscribe esta semblanza. A veces, participaban también, amigos de Palermo, su barrio querido y otros coleccionistas y gente de tango. En más de una oportunidad, como si fueran noches de gala, nos acompañó Nelly Omar.



Una de sus actividades no tan conocidas fue el cine amateur, para decirlo de algún modo. Filmó a muchos grandes artistas y, en algunos casos, es la única posibilidad de poder verlos en una pantalla, tal el caso del bandoneonista Alfredo De Franco tocando en el Tortoni. También, documentó a Héctor Marcó cantando y tocando la guitarra, a Roberto Rufino, a Leopoldo Díaz Vélez, a Federico Scorticati, al Chula Clausi, y muchos otros más, todos artistas del tango y la música popular. Muchos cantores noveles pasaron por su casa para escuchar sus consejos. Sabía explicar, con esa erudición intuitiva que lo caracterizaba, en qué consistía cantar bien, y siempre, terminaba su lección con un disco de Gardel, el máximo ejemplo de la excelencia en el canto.

Fue editor de dos de los mejores libros sobre tango: Carlos Gardel y los autores de sus canciones de Orlando del Greco y El tango en la sociedad porteña. De 1880 a 1920 de Hugo Lamas y Enrique Binda.



De mozo reparaba y mantenía aparatos reproductores en bares y confiterías. Cuando contaba las historias de aquellos días, siempre relacionaba el lugar con los grandes músicos que pasaron por esos locales. Hacía entretenidos cuentos que realzaban la narración, convirtiéndolos en verdaderas pinturas. Recuerdo su relato sobre el origen del nombre del Bar La Paloma, situado en lo que hoy es Juan B. Justo y Santa Fe, donde actualmente hay una sucursal de una cadena de pinturerías. «Allí tocaron Juan Maglio Pacho y El Pibe Ernesto Ponzio quien, entre entrada y entrada, salía a hacer «fulerías» por la zona». Y continuaba: «A los maquinistas del ferrocarril que venía de la Estación Retiro, cuando estaban llegando al bar, por arriba del puente, un resplandor producto del sol en contra les enceguecía blanqueando todo el panorama visual y decían, que el café parecía una paloma. Y así quedó.»

Era muy común, que en las reuniones comentara que consiguió un disco raro, difícil, un incunable. La pregunta obligada era ¿dónde? Y contestaba: «ordenando el bañito de servicio, abajo del wáter». Su colección estaba tan desordenada que, posiblemente, ese disco estuviera allí desde el mismo día que lo había comprado. Siempre decía que los ejemplares más importantes de su colección eran el producto de sus compras a granel.



Se ufanaba de no haber salido nunca del país y, que si hubiera sido por él, tampoco de Buenos Aires. Amaba Palermo, sus rincones, sus calles, su pasado y conoció a las más conspicuas familias del barrio. De alguna manera, siempre añoró los viejos tiempos de su juventud que recordaba permanentemente.

Héctor Lucci fue un hombre laborioso y honesto -al estilo de antes-, que logró una buena posición y siempre ayudó a sus hijos y sus amigos. Trabajó en matricería fina hasta el último día de su vida; fue en su taller, precisamente, donde lo encontraron su hija mayor y su nieta, abrazado a la máquina.