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Por
Jorge Göttling

Ser Gardel es ser el mejor

arlos Gardel nació, dicen, el 11 de diciembre de 1890, en la ciudad francesa de Toulouse. Llegó a la Argentina a los tres años. En 1915, con José Razzano, grabó “Mi noche triste (Lita)”, inaugurando la era del tango canción. Con Alfredo Le Pera compuso decenas de tangos famosos. En París vendió 110 mil discos en menos de un año. En Estados Unidos filmó 11 películas. Ya había grabado cerca de 800 temas cuando el 24 de junio de 1935 murió en un accidente aéreo en Medellín, Colombia.

Si la credibilidad pública sobre el significante de Carlos Gardel resistió las colisiones de casi un siglo de crisis e, incluso, ha crecido, no debe ser sólo porque cada día canta mejor. Por algún lado debe de andar la explicación racional de la persistencia de la devoción popular o de la supervivencia de Gardel, invicto en su condición heroica. Quizá ha quedado traspapelada en el archivo nacional de preguntas sin respuestas, de los cuestionamientos con los que los argentinos desayunamos cada mañana.

También hoy la voz intacta alcanzará subidos puntos de difusión, como si nos aferrásemos sistemáticamente al único argentino libre de sospecha, al santo y seña de todos los acuerdos: Gardel cumplirá su pirueta ritual y transformará su apellido en adjetivo de sencilla decodificación. Todos sabemos que ser Gardel es ser el mejor.

Ha pasado más de medio siglo desde la catástrofe de Medellín, aquella tontería de la historia, y el país es otro, aun cuando las calamidades no sean flamantes y tengan un aire de familia que, por lo menos, nos abruma. En la Buenos Aires de hoy, sólo la humedad y la nostalgia constituyen un hilo común con aquella otra de las décadas del 20 y del 30, que patentizaron la peripecia de Gardel. Ni la palabra, el honor, el amor o los escrúpulos son los mismos y hasta el machismo es una entidad de descarte. La bisagra es Gardel, que fue la bocina parlante de aquel porteño desesperado, confundido, aletargado y entre la arcilla del Río de la Plata, sumergido en la miseria ingente y abismado frente a un futuro incierto, con horizonte chato.

Con la economía tan averiada que no alcanza para comprar un sueño, con la sensación a flor de piel de tanto bronce inútil, parecería que nos ancláramos en ese Gardel de entrecasa como un único resguardo conocido y seguro.

Gardel y sus tangos dieron voz y voto a ese argentino. Quien pretenda que fue el arquetipo de nuestra nacionalidad, peca de ligereza y adolece de imbecilidad. Pero se equivoca, también, quien afirme que sólo fue un artista popular, una voz limpia, un estilo prolijo, un instantáneo opositor de todo nuevo cantante. Como que, sin pretenderlo, fue el ariete más contundente de aquella ofensiva cultural exportadora argentina que puso su meta en París.

No hay Dios sin misterio y Gardel, forjador de su propia leyenda, llenó de sombras los pasajes más puntuales de su historia personal. Siempre que celebró su cumpleaños lo hizo en fecha diferente, produjo confusiones sobre su edad real y hasta se permitió dibujar su nacimiento en lugares distintos. La historia oficial fija su nacimiento en Toulouse, en la Alta Garona francesa, el 11 de diciembre de 1890, hijo de Berta Gardes y de padre desconocido, una carencia que referenciaría su vida. No es casual que Gardel, hijo bastardo, sea mito y referente de un país hijo de la bastardía.

La brumosa investigación en torno del padre de Charles Romuald Gardes lo ubica en la figura de Paul Lasserre, un próspero comerciante, casado y padre de familia, quien no lo reconoce como hijo y que apura la partida de la planchadora Berta a su aventura americana, que derivaría en el Abasto. Gardel jamás mencionó a su padre y esa gotera abierta hizo poco posible que dirimiera la necesidad de formar una familia tradicional. No tuvo padre, no fue padre en el sentido bíblico o genético.

Repararía, sin embargo, el bache de su historia; Gardel fue el padre del tango-canción, le dio imagen y semejanza, lo dotó de herencia y le dejó un apellido.

Detrás de las aventuras del Gardel del palco, el disco o la cinematografia, de la montaña de mentiras pergeñadas por los gardelófobos y de anécdotas creíbles o apócrifas aportadas por los gardelófilos, más allá de los retazos de su iconografia abaratada, persisten misterios indevelables. Las fabulaciones sobre su sexualidad, sobre pasajes fronterizos con el delito menor en los tiempos del Abasto, las grietas informativas alrededor de los motivos de la catástrofe en suelo colombiano, resultan, sin embargo, menos atractivas para el porteño, convencido -no sin razón- de que la verdad es, a veces, menos importante que la leyenda.

Entre aquella Argentina de Gardel, anterior a la inmigración del país interior hacia la costa, y la penosa versión de hoy, median mil desventuras y centenares de ilusiones enterradas en el rincón de los recuerdos muertos. Hasta es comprensible que, por no aceptar la chatura del presente, fijemos la vista en ese Gardel y en esa ciudad suyísima rebosante de esperanza. Gardel estará, porque devino de una entidad mítica provista o encubierta por la condensación del inconsciente colectivo.

Y será lícito que demos manija a cualquiera de sus discos para creernos, como buenos argentinos, que también somos dueños de su inspiración. Y Gardel contestará como un barrilete hundido en la memoria, para responder a la mano y remontar en la emoción, con sólo poner tenso el hilo de su voz.

Extractado de Viva, la revista dominical del diario Clarín 13/6/1999.