Por
Ricardo García Blaya

El vals criollo

a Real Academia Española define al vals como un baile de origen alemán, que ejecutan las parejas con movimiento giratorio y de traslación. Se acompaña con una música de ritmo ternario, cuyas frases constan generalmente de 16 compases, en aire vivo.

La mayoría de los expertos ubican su nacimiento en el Tirol y mencionan como antecedente «la volte», una danza también en tres tiempos del siglo XII. Lo cierto es que en el siglo XIX se populariza, toma su nombre definitivo y lo encontramos en la ópera y en el ballet.

Los grandes maestros clásicos incursionaron en el género creando verdaderas joyas musicales. Valgan como ejemplo: Fryderyk Chopin, con su recordado “Vals del minuto” entre otros, Johann Strauss, con “Danubio azul” o el “Vals del Emperador” y Piotr Tchaikovsky con “Cascanueces”, “La bella durmiente” y “El lado de los cisnes”. También podemos nombrar a Johannes Brahms, Emil Waldteufel, Franz Shubert, Franz Liszt.

Esta forma musical adopta diferentes características según la región donde se la adoptó y así, podemos distinguir: el vals alemán; el vals ruso, de ritmo más marcado que aquel; el vals vienés o austríaco, llamado vals a dos tiempos en referencia a su coreografía; el vals americano, que denominan Boston y otros muchos más.

En Latinoamérica, también adopta diversas modalidades según cada país: el vals ranchero o mejicano; el vals peruano, de pasos más cortos; el vals criollo que en su desarrollo se convierte en lo que algunos denominan vals tango, por su orquestación en las formaciones típicas, y así podríamos nombrar varios ejemplos.

Ya en 1810, el vals europeo se danza en Buenos Aires y en Montevideo, con especial auge en los sectores sociales más altos, reemplazando a las danzas antiguas y conviviendo con otras formas nuevas: polcas, shotis y habaneras.

Cuando el pueblo comienza a expresarse con este ritmo, nace el vals criollo, al principio en las cuerdas de los payadores y enriquecido más tarde, con el aporte de la inmigración. El mítico José Betinotti es un ejemplo con su vals “Tu diagnóstico”, registrado por Carlos Gardel en 1922 y recreado por Aníbal Troilo con el aporte vocal de Francisco Fiorentino, en 1941.

Los músicos del tango lo incluyen en sus repertorios, regalándonos bellísimas obras:

Gerardo Metallo: “Recordándote [b]”, grabado por La Rondalla del Gaucho Relámpago, en 1915, para discos Era.

Pascual De Gullo: “Lágrimas y sonrisas”, llevado al disco por Eduardo Arolas en 1914, convirtiéndose en un gran éxito en la versión de Rodolfo Biagi en 1941.

Juan Maglio: “Orillas del Plata”, registrado por su autor para el sello Odeon, en 1928.

José Felipetti: “Pabellón de las rosas”, que está en el repertorio de innumerables formaciones y que grabaran “La Rondalla del Gaucho Relámpago en 1913 y Arolas en 1914.

Pedro Datta: “El aeroplano”, una de las primeras grabaciones de Francisco Canaro con su trío, para el sello Atlanta en 1915.

Roberto Firpo: “Noche de frío”, presentado por el autor en solo de piano, en 1912, entre otros muchos valses surgidos de su inspiración.

Rosita Melo: “Desde el alma”, posiblemente uno de los más conocidos y grabados. Firpo lo registra en 1920.

Vicente Romeo: “Un placer”, llevado al disco por Firpo e Ignacio Corsini en 1922.

Anselmo Aieta: “Palomita blanca”, el más popular del género, sus primeras versiones son la de Canaro con Charlo y después con Ada Falcón, en 1929. Al final de ese mismo año, lo registra Corsini.

Francisco Canaro, con incontables éxitos en este ritmo, destacamos dos: “Corazón de oro” y “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”. Asimismo, Pirincho grabó valses europeos, entre los que se destacan “Amor y primavera” y “Dolores”, ambos de Emil Waldteufel.

Antonio Sureda: “A su memoria”, grabado por Agesilao Ferrazzano en 1927.

Augusto Berto: “Penas de amor”, registrado por el autor en 1913, para discos Atlanta.

Carlos Vicente Geroni Flores: “La virgen del perdón”, que grabaron Gardel, Corsini y Ada Falcón, en 1929.

Alberto Acuña: “Temblando”, con la destacadas versiones de Corsini en 1933, y Aníbal Troilo con la voz de Fiorentino, en 1944.

Enrique Maciel: “La pulpera de Santa Lucía”, con muchísimas grabaciones, la más famosa, la de Corsini, en 1929.

Rafael Rossi: “Rosas de abril”, grabado por Gardel en 1927.

Víctor Troysi: “El día que me quieras [c]”, cuya partitura menciona a su autor como el “Rey del vals Boston”.

Entre otros valses muy difundidos podemos citar: “Caserón de tejas” y “Esquinas porteñas” (Sebastián Piana), “Absurdo” (Virgilio Expósito), “Flor de lino” (Héctor Stamponi), “Pequeña” (Osmar Maderna), “Amor y celo” (Miguel Padula), “Bajo un cielo de estrellas” y “Pedacito de cielo” (Enrique Francini y Stamponi), “La serenata de ayer” (Manuel Buzón), “El viejo vals” y “Tu pálida voz” (Charlo), “Gota de lluvia” y “Romántica” (Félix Lipesker), “La vieja serenata” (Teófilo Ibáñez), “Luna de arrabal” (Julio César Sanders), “Me besó y se fue” (José Canet), “Romance de barrio” (Aníbal Troilo), “Sueño de juventud” (Enrique Santos Discépolo).

Un párrafo aparte merecen dos valses peruanos, el primero “La flor de la canela” de la compositora peruana Chabuca Granda, con la inolvidable versión de Aníbal Troilo con Roberto Goyeneche y Ángel Cárdenas, en 1957; segundo, “Que nadie sepa mi sufrir”, de autores argentinos, registrado por Hugo del Carril en 1936 y por Alberto Castillo en 1953.

Gardel compuso algunos valses: “Ausencia”, con José Razzano y “Amores de estudiante”, entre otros. También sus guitarristas: “Añoranzas” (José María Aguilar), “Rosa de otoño (Rosas de otoño)”, “Al pie de tu reja”, “Tu vieja ventana” (Guillermo Barbieri), “Noche de Atenas” (Horacio Pettorossi), “Quejas del alma [b]” (Domingo Julio Vivas).