Por
Néstor Pinsón

Bermúdez - El último reportaje al cantor

l 4 de marzo de 1993, en un café de Paraná y Corrientes, charlamos con Bermúdez recordando momentos de su vida.

«Mi labor como cantor siempre la tomé más como una vocación que pensando en ganar dinero. Lo mío fue amor al arte, para satisfacer mi espíritu. Todas las semanas vocalizo con mi maestro Juan Manuel Miró. Yo andaba mal de la voz y él con esfuerzo me recuperó el registro y creo que estoy cantando mejor que antes.

«Llegué a la orquesta de Pedro Laurenz por casualidad. Fue por mi amistad con José Rótulo. Un día me llamó: «Mirá, estoy con Laurenz, por qué no te venís, resulta que se va Alberto Podestá y quiere escucharte».

«Y en casa del mismo Rótulo, me reuní con Laurenz y allí me tomó una prueba y fue satisfactoria. Recién empezaba y sentí un gran temor, sabía lo que era reemplazar al gordo Podestá.



«La primera grabación fue “Llueve otra vez”. Me temblaban las piernas en los estudios de Odeon. Ese tema lo eligió él, pero otros surgieron después de charlarlo. “Más solo que nunca” fue el segundo grabado. Un día apareció Enrique Dizeo, su autor: «Mire pibe este tema es para usted, quiero que lo grabe, nadie lo va a hacer antes.» Se grabó y estoy convencido que es el mejor de los que realicé.

«En mi casa hacíamos asados muy seguido y era habitual la presencia de gente del ambiente: Edmundo Rivero, su hermana Eva, Aldo Calderón. También Alberto Acuña, hombre afable, siempre tomaba la guitarra y se ponía a cantar. Una noche me dijo que tenía un tema para mí ¿Cuál? le pregunté. Y lo cantó. Me gustó, se lo propuse a Laurenz y se grabó. Era “Temblando”.

«Yo había cantado con Alberto Nery cuando tuvo su orquesta. Fue antes de la posibilidad con Laurenz. Se lo dije a Nery y él respondió que no debía desaprovecharla. Eso no significaba que no sintiera mi partida, lo vi un poco huérfano cuando me pidió que encontrara a un reemplazante.

«Una noche en el Cabaret Marabú, viéndolo actuar a Carlitos Dante, lo encaré: «Mire Carlitos usted me tiene que hacer un favor...» Y le conté que Nery estaba muy afligido. «No, no, ya estoy cansado de hacer esta vida, andar de un lado para otro...» Finalmente aceptó y comenzó con aquella orquesta, de allí lo sacó De Angelis. Y Dante que iba a dejar la carrera se encontró con el comienzo de su etapa de más éxito.

«Poco antes de grabar mi último tema con Laurenz le comenté que era mucho trabajo para mí solo. Hacíamos Radio Belgrano, grabaciones, sábados y domingos radio, bailes y el cabaret, terminaba reventado. Así fue que Grané, el pianista, apareció un día con Jorge Linares que fue mi compañero de los cantables, e inmediatamente grabamos “Mendocina”, cuyo autor era uno de los dueños del Cabaret Ocean. Fue el único dúo con la orquesta de Laurenz.

«Penella, que era mi representante mientras estuve con Laurenz, me propuso ir con Horacio Salgán que buscaba un compañero para Edmundo Rivero. Tomé parte de un concurso que había organizado Salgán. De 35 participantes llegamos José Torres —quien luego cantó con Alberto Mancione— y yo. Fui el elegido, y dos días más tarde Salgán me citó a Radio El Mundo. Allí lo vi por primera vez a Rivero, con quien fuimos amigos hasta su muerte.

«Hicimos en Radio El Mundo muchos bailes. El misterio fue por qué no grabamos juntos. Supongo que habrá sido porque Horacio Salgán era de avanzada. Estuvimos en el Tango Bar y nuestro público, más que la gente del pueblo, eran los músicos y cantores que venían a escucharnos y a encontrar algo que pudieran criticar. Llegaron a copiar arreglos de Salgán o sacaban enseñanzas que luego aplicaban en sus trabajos.

«Con Horacio el primer tema que hice fue “Margarita Gauthier”. Otros temas que recuerdo fueron: “Yo”, “Lluvia de abril”, el vals “Por el camino”, de Tagle Lara, etcétera.

«Una anécdota: muchas veces Salgán, Rivero y yo íbamos al Cine Florida que tenía un órgano. A Salgán le permitían acceder a él. Entonces tocaba y nosotros cantábamos, pero no tangos sino canciones folclóricas, zambas y otros ritmos. A tanto llegó el entusiasmo que con Rivero le propusimos hacer folclore. Y así ocurrió. En donde actuábamos terminaba la rutina y comenzaban las zambas, y Rivero incorporaba su guitarra. Gustó muchísimo.

«Odeon, por aquella época, grababa obras de autores colombianos. Pasillos, tangos colombianos y otras cosas. El director de Odeon, nos llamó a Rivero y a mí y nos contó de su proyecto de formar un conjunto para canciones colombianas. De ahí resultaron Los Cantores del Valle. Estaban Elvira Tamassi con su esposo, Ubaldo De Lío... Eran unas bodrios terribles, para morirse. Los arreglos los hacía Rivero con De Lío. Yo cantaba “Murió mi madrecita”, de Rivero, un tango. Eran letras inauditas. También hicimos algunos dúos. Sin embargo en Colombia tuvimos una gran repercusión.

«Actuábamos con Salgán en Tango Bar, cuando me llamó un señor colombiano, Washington Andrade, autor de alguno de los temas que grabamos y muy reconocido allá. «Mire —dijo— yo he venido a contratarlos. En Colombia tienen un gran éxito. Si llegaran en éste momento recogen la plata a paladas». Rivero no quiso prenderse. Fue una pena, pudimos haber ganado mucha guita.

«Un recuerdo para Ciriaco Ortiz. Estuve con su orquesta en 1948. Actuamos en el Casino de Mendoza. Luego de conocerlo directamente le pregunté: «Escúcheme maestro, ¿cuánto me va a pagar por estas actuaciones?». «No se haga problemas Bermúdez, si usted conmigo se va a morir de risa...»

«Actué también con Pedro Maffia y con él mi relación fue muy especial. Maffia fue un gran ejecutante. En una actuación vi como se acercaron dos señores al palco y se quedaron mirándolo. Cuando terminó la pieza le preguntaron: «¿Qué tiene ahí adentro que sale un sonido tan hermoso?» Una de las noches de Mendoza en que estaba con Ciriaco, se apareció Maffia y tocaron juntos. Fue extraordinario.

«Fui amigo de Juan Carlos Howard y un día me anunció que formaría un sexteto, preguntó si yo quería ser su cantor. Le dije que sí y resultó. De los muchachos recuerdo a Máximo Mori, a Arnaiz, un violinista García, un bajo que luego trabajó con Héctor Varela... fue muy breve, pero llegamos a actuar en radio Splendid y grabamos dos discos, cuatro temas, no sé si se editaron.

«No puedo olvidarme de Juan Bava, el padre del referí de fútbol. Yo era el cantor de su orquesta. Hacíamos bailes en los barrios hasta que una vez intervinimos en un concurso de aceite Cocinero. Con él llegué por primera vez al disco grabando la marcha del Club Atlanta.

«Mi primera salida del país fue rumbo a Chile, recorrí varias ciudades hasta llegar a Arica. De allí pasé a Perú. Luego a Colombia y ahí la gran sorpresa. En el hotel encendí la radio, a los cinco minutos pasaron un tema mío con Laurenz. Al rato cambié de estación y lo mismo. Llamé a las emisoras para agradecer. La reacción de los de la radio fue extraordinaria y al rato se apareció un auto de una emisora. Charlamos y arreglamos para el domingo siguiente.

«Ese día me encontré con una multitud. Había cordón policial porque a los estudios no entraba más nadie. Fue por 1960, después de tantos años aún recordaban mi paso por la orquesta de Laurenz y Los Cantores del Valle, porque en casi todas las "rocolas", o tocadiscos de los bares estaban los temas que hicimos con Rivero.

«Había. un gran amor por el tango, era común entrar a un bar y ver las paredes decoradas con fotos de tangueros.

«Actuando en Perú me vinculé con dos argentinos, Julio Genta y un sobrino de los hermanos Servidio. Trabajábamos juntos y nos fue bien. En 1969, también en Perú, grabé “Frente al mar” y “El último café”, para el sello Sonoradio, acompañado por el bandoneonista Domingo Rullo (nada que ver con el flautista), un pianista de jazz Enrique Linch (director artístico del sello), seis violines, cello, bajo.

«En 1970 anduve por Ecuador. Grabé un larga duración en el sello Fadisal. No encontré músicos argentinos que pudieran acompañarme y lo hice con el conjunto Los Reales, eran dos ecuatorianos —uno ciego—, y un mejicano. Guitarra y dos requintos. Consiguieron tres guitarristas más y un bajista. Como no teníamos partituras ni discos, yo les silbaba o cantaba los temas. En la grabadora me exigieron poner música ecuatoriana e hicimos cuatro pasillos y un vals. El resto tangos y alguna milonga.

«Comencé hablando de Juan Manuel Miró y quiero terminar hablando de él, mi maestro de canto. Años atrás (1985) yo actuaba en El Viejo Almacén y andaba con la voz totalmente descolocada. Alguien me lo recomendó y fui, le expliqué la situación. Que mi vibrato estaba en bandera, que no andaba y otros detalles. «Vamos a probar, cante “Cambalache“”.» Me lo pidió en un tono que no pude hacer, entonces agregó: «Su voz está para el geriátrico.» Tenía razón.

«Puse toda mi voluntad, él su maestría y en unos cinco meses me sacó totalmente afuera la voz, recuperé el registro perdido, porque no podía dar ni una octava y hoy vocalizo en dos octavas y media».

Carlos Bermúdez muere cuatro meses después, el 23 de julio de 1993. Había nacido en Caseros (provincia de Buenos Aires), el 7 de junio de 1918.