Dante A. Linyera

Nombre real: Rímoli, Francisco Bautista
Seudónimo/s: Carlos Onofre Alvear, Rayenil y Arnaldo Demos
Letrista, poeta y compositor
(10 agosto 1903 - 15 julio 1938)
Lugar de nacimiento:
Buenos Aires Argentina
Por
Néstor Pinsón

ue muy corta la vida de este bohemio impenitente, cuyo pecado mayor ha sido vivirla tan de apuro y sin ningún cuidado. En algún momento reflexionó un arrepentimiento, pero continuó sin cambiar el rumbo:

¡Cha digo! cuando me acuerdo que tuve catorce abriles
justo cuando a la garufa de la vida me largué,
me entran ganas de matarme como hacen los tipos giles
pero después fumo un pucho batiendo:
¡Qué va cha ché!


En el mismo poema, su hermosa “Autobiografía rasposa”, nos retrata que era hijo de un calabrés, que nació en Buenos Aires, en un conventillo grande situado en la calle Independencia 1543 y que pronto quedó huérfano. También que trabajó de cantinero cuando muchacho: «Yo soy el cantinerito del viejo barrio'e Solís», se está refiriendo a un bodegón que por muchas años permaneció en la esquina de Solís y Garay.

Si a los catorce años ya andaba suelto por la vida, fue lógico que buscara un medio para poder expresar lo que sus andanzas le iban enseñando. Lo encontró en el periodismo. Primero en el diario matutino La Argentina, que entonces trataba de competir con La Prensa y La Nación, tenía 16 años. Luego fue El Telégrafo y también La Montaña, mítico periódico fundado por Leopoldo Lugones y José Ingenieros. Y tras cartón, El Alma Que Canta, aquel cancionero inicial fundado por Vicente Bucchieri en 1921. Allí, a través de sus notas y versos desparejos pudo, con total libertad, expresar su dolor ante tantas injusticias recogidas por las calles de la ciudad.

Ya para siempre había perdido su verdadero nombre. Tuvo más fuerza su irónica ocurrencia: Dante A. Linyera, sin omitir la letra A, que no pertenece a la inicial de un segundo nombre, alude a Dante Alighieri, esa fue su intención.

Escribió algunas piezas teatrales para conjuntos filodramáticos. Una sola de ellas fue puesta en escena: Mambrú se fue a la guerra. Escribió letras para varias decenas de tangos, pero no era su medio, quizás le apretaba la medida y el tiempo que la canción requiere.

Creó entre otras una revista infantil: El Purrete. También en colaboración, la revista de fútbol La Cancha, que subsistió hasta fines de los cincuenta. Pero su más importante creación fue La Canción Moderna, que luego con el auge del cine devino en la exitosa Radiolandia, ya en manos del editor Julio Korn. El primer número apareció en marzo de 1928.

Según un breve artículo publicado en el diario La Razón, el 6 de agosto de 1963, un grupo de amigos se reunieron para recordarlo a 25 años de su muerte. Fue en aquella cantina citada en su poesía. Alguien relató que sobre el amplio mesón de mármol que aún estaba, Linyera escribía, en el transcurso de la noche, íntegramente la edición de la revista. Entre los presentes se cita a quien fuera su esposa María Josefa Charila, quien escribía con el seudónimo Susy Paz y también el poeta Nicolás Olivari, quien dijo: «Todavía recuerdo su aire de muchacho triste, pensativo y sus largas caminatas por la calle Corrientes. Fue un cantor angustiado de lo porteño, un hombre ensombrecido por el sufrimiento de los pobres. Y todavía me acuerdo de su pierna claudicante, de su andar defectuoso que parecía confirmar que él era un poeta de la mala pata». Aquí Olivari hace alusión a su propio libro La musa de la mala pata como también al problema físico que Linyera trajo desde su nacimiento.

Fue admirador de Last Reason, seudónimo de Máximo Teodoro Sáenz, periodista uruguayo de turf y creador de numerosas acuarelas porteñas con las que regó diversos diarios.

Tenía catorce años cuando conoció al escritor y poeta Álvaro Yunque (Arístides Gandolfi Herrero), quien dijo de Linyera: «Se me entró en el cuore. Era pequeño, ágil, inquieto, insolente e inteligente. Tenés algo en el mate —le dije— pero tus versos están llenos de faltas ¿Estudiaste alguna vez? No, me respondió. Y agregó: ¿Y ya que usted estudió, por qué no me enseña? Como correspondía a muchos jóvenes de la época, desde sus ideas anarquistas combatió por los desposeídos, siendo él, el primero».

Supo escribir versos serios, incursionó en la poesía romántica. Vayan como ejemplo estas dos líneas de un poema: «Hermano amor, que inconfesable cosa / se torna el hombre que en tu red se envuelve». Como si lo avergonzara los firmó con seudónimos, a veces fue Arnaldo Demos, otras, Onofre de Alvear.

Cuando en 1933 apareció su libro Semos hermanos, exclamó ante un grupo de amigos: «¡Perdón, no lo voy a hacer más!». Fue su única obra formalmente editada. La dedicatoria dice: «A mi perro, porque no lo tengo».

Otro poeta lunfardo, Carlos de la Púa o El Malevo Muñoz, también fue de una sola obra: La Crencha Engrasada. ¿Por qué nombrarlo? Porque ambos han sido los más importantes creadores en su género. Claro que en la vida jugaron distinto. Linyera vivió hambreado, nunca un cobre en el bolsillo y se mantuvo fiel a una ideología hasta la locura final. De La Púa no pasó mayores apremios, buscó fortuna que finalmente consiguió y antes de morir —totalmente conciente— él, ateo de siempre, pidió un cura por si acaso.

El poeta Enrique Dizeo, otro gran amigo suyo, lo describe fielmente en su poema: Retrato, bosquejo biográfico del taepo Dante A. Linyera, mi viejo compinche. También él escribe sobre si mismo, como ya dijimos, en los versos de su “Autobiografía rasposa”.

Algunas frases dichas por Dante A. Linyera:
«No soy cristiano ni soy judío, ni creo más que en el dolor humano.»
«Todas las luchas nobles son estériles. Doblemente en caso de ser libradas por un solitario.»
«El laburo, ese viejo cafiolo de la existencia.»
«La verdad siempre resulta menos valiosa que las buenas coartadas.»
«Para vivir sin esgunfio basta con ser mediocre complaciente.»
«Tenés dos posibilidades: ser feliz de prepo o conocer la realidad.»

En el verano de 1993, en una charla con Eduardo Moreno, me contó: «En una época me encontraba mucho con él en el luego famoso café de San Juan y Boedo. Una vez que salíamos de la casa de Pugliese me invitó a comer a un bodegón. Mirá haceme una letra para esto. Resulta que traía una música, no sé si era suya, de hecho música no sabía pero se la pudieron haber regalado, después me enteré que era de Elvino Vardaro. Tenía problemas con una mujer, no sé. El caso es que escribí la letra y utilicé algunos términos lunfardos lo cual no era mi costumbre. Se tituló “Y a mí qué me importa”. Fue la primera partitura que editó Julio Korn.

«Una novela fue su breve vida. Un tipo extraordinario, de poco hablar y gran inspiración. Por entonces vivía en un bulín donde apenas entraba. Era la época de El Alma Que Canta y Bucchieri, su dueño, tenía un local de venta de libros enfrente a la imprenta donde se imprimía la revista, allí también se hacía el diario La República. Cerca, en un pasaje, había una casucha donde alquilaba una pieza por diez mangos. Bucchieri me pedía que lo sacara de la cama. Yo iba, llamaba, pero no podía entrar porque faltaba espacio. Había sólo una cama y el lugar que la rodeaba estaba lleno de libros por todas partes, ediciones sencillas. Para entrar y salir pasaba por arriba de la cama. Llegaba siempre curda, le daba a los libros y a las ocho de la mañana estaba totalmente dormido. “Hay que cerrar el número, tenés que escribir.”, le decía. Como me apreciaba finalmente se venía conmigo. Él era el alma de la revista y en ese tiempo figuraba como director. No podía salir un número sin algo suyo. Bucchieri lo quería y trataba de ayudarlo de todas formas. Hasta que un día Linyera se enojó y se fue con Korn. Le propuso hacer La Canción Moderna y Korn, un tipo vivo, aceptó. Tenía una imprentita en un zaguán en la calle Corrientes, a metros del Teatro Nacional.

«Luego encontró a una mujer cursi, estaba con cierta poesía y en cosas raras, lo embalurdó de tal forma —justo a él que no le daba boliya a nadie— que creyó que ella lo quería. Se casaron. Fueron a vivir a la calle Entre Ríos 337. Duraron un mes, un día se fue con un circo. Mire si era rara esa Susy Paz. Cuando volvió no la recibió más. Pero la quería. Ella después tuvo loco a un pianista amigo mío, Mario Rafaelli. Murió en 1981, era muy pesada y estaría medio colifata. No, no fue causa de la locura final de Linyera. Su locura fue causa de su mala vida, producto de una sífilis nunca curada, además estaba tuberculoso. Murió mal. En un pabellón, solo. Íbamos con Bucchieri y no nos dejaban verlo.

«Fue palabra superior, el maestro del poema lunfardo. Inigualable. Un tipo de excepción. Nació para esto, vino a cumplir ese destino.»