Por
Horacio Loriente

ran pianista, alineado entre los creadores e intérpretes del tango romanza. Bohemio de siempre, jamás dio importancia a sus condiciones ni a su trayectoria en la música popular.

Nacido en Rosario, cursó sus primeros estudios de piano en su ciudad natal y los complementó en Buenos Aires con los maestros Scaramuzza y Drangosch. Muy joven, se incorporó a la Compañía Roma-Marchesi, como maestro director de orquesta. Se traslada a Buenos Aires donde integra un terceto con Abel Bedrune y el ruso Iván. Luego un quinteto, ahora con Bedrune y Chirino (bandoneones), Ríos y Di Paoli (violines).

Casi enseguida huye a Montevideo, eludiendo el servicio militar. Su presencia aquí está indocumentada. En cambio, se confirma su labor en el sur de Chile, en Punta Arenas, acompañando a la bailarina española La Satanela. Gestiona desde Santiago el indulto a su inconducta militar, retornando a su país, donde hacia 1922 lo ubicamos en un café de Humberto 1º y Entre Ríos, como pianista del cuarteto del bandoneonista Rafael Rossi. Los violines eran Caraballo y Castellanos.

Al año siguiente, en el café Los Andes, forma en las filas de Luis Petrucelli, con esta estelar alineación: Petrucelli y Maffia (bandoneones), Emilio Ferrer y Fernando Franco (violines) y Pereyra (piano). De allí pasa al Abdullah Club, en el subsuelo de la entonces famosa Galería Güemes, al sexteto de Ferrazzano. Agesilao Ferrazzano y Femando Franco (violines), Ciriaco Ortiz y Antonio Romano (bandoneones), Olindo Sinibaldi (contrabajo), Eduardo Pereyra (piano).

En esas circunstancias se vincula a la grabadora Victor como asesor musical y registra algunos discos al frente de una orquesta típica. En esa etapa, además acompaña a Rosita Quiroga y Roberto Díaz, como solista o con su conjunto.

Eduardo Pereyra está presente también en los albores de la radiotelefonía argentina, actuando en LOX Radio Cultura. Lo acompañaban entonces los bandoneones de Ciriaco Ortiz y Petrucelli; Eugenio Nobile, Luis Gutiérrez del Barrio y Antonio Arcieri, en violines y el bajista Angel Corleto.

Hacia 1926, Eduardo Pereyra deja todo y se va a Europa. Actúa en el Teatro Romea de Madrid y luego se presenta en Barcelona junto a Juan Bautista Deambroggio (Bachicha) y Mario Melfi. Realiza un peregrinaje por diversas ciudades europeas, regresando a Buenos Aires junto con la embajada deportiva del Club Boca Juniors.

Interviene entonces en las grabaciones para la Victor del sexteto del violinista Ferrazzano, siendo sus demás compañeros Bernardo Germino (2º violín), los bandoneonistas Enrique Pollet y Luis D'Abbraccio y el bajo Olindo Sinibaldi. Posteriormente trabaja en un café de Flores con el violinista Alcides Palavecino y Joaquín Mora (entonces bandoneonista).

A partir de allí, Pereyra enferma gravemente, lo que lo obliga a un largo paréntesis de permanencia en Córdoba que abarca varios años.

En 1929, reanuda su labor de compositor, inclinado a la música criolla, comenzando con la zamba “Farol de los gauchos”, con versos de Celedonio Esteban Flores. Emprende una gira a Brasil y de retorno se radica brevemente en Montevideo, presentándose en el Royal Pigall, en Radio Carve y en el desaparecido cabaret Los Diablos Rojos, de la calle Piedras, casi Colón.

En 1932, ya en Buenos Aires, graba un disco para la Brunswick como solista de piano. En una de sus faces, un éxito del momento “Vagabundo”, de Agustín y Emilio Magaldi y Pedro Noda. En su reverso una interpretación antológica del hermoso tango de Joaquín Mora, “Divina”.

Forma un pequeño conjunto en 1934, que graba en Víctor y al año siguiente un sexteto de neta raigambre decareana, con una fugaz actuación de dos meses en LR1 Radio El Mundo. Sus compañeros fueron Elvino Vardaro y Manlio Francia (violines); Ciriaco Ortiz y Calixto Sallago (bandoneones) y Vicente Sciarretta (contrabajo). El 3 de diciembre de 1935, El Alma que Canta publica un aviso anunciando: «Eduardo Pereyra, curso de enseñanza de canto popular».

A partir de los datos consignados, se hace difícil seguir tras la vida artística del Chón Pereyra. Afectado en su salud mental, no recordaba nada de su pasado. Compartía las mesas de café con sus amigos, ajeno a cuanto había hecho no sólo por el tango, también por la música criolla.

Quizá tampoco estaba bien su memoria cuando, en el reportaje que le hizo Héctor Bates en 1935, ubica su tango “El africano” como editado en 1916, en tanto los discos lo señalan como de 1920. “El africano” está entre sus mejores obras, por su estructura y originalidad.

Casi simultáneamente escribe “Mano de oro”, que lleva al disco la famosa orquesta de Roberto Firpo. Al ser editado por Rivarola en 1930 lleva otro nombre: “Cuna de los bravos 33”, subtitulado “Poema romántico de la época de la independencia uruguaya”, ya entonces con letra de Daniel López Barreto. Merece una espléndida grabación del sexteto de Cayetano Puglisi totalmente instrumental. Le estaba reservado a nuestro máximo cantor, Carlos Gardel cantarlo, ya en 1933, con su nombre definitivo: “La uruguayita Lucía”.

De su labor como compositor, de una larga nómina, hacemos mención a “Y reías como loca”, “Gorriones”, “Pan” y “Madame Ivonne”, por Gardel y “Nunca es tarde (Todavía estás a tiempo)” y “Viejo coche”, popularizados por la personalísima cancionista Rosita Quiroga.

Esta importante figura del tango, exquisito pianista y compositor, desaparece en Buenos Aires el 21 de febrero de 1973. Entendemos que valía la pena el ensayo de este recuerdo.

Extractado de: Loriente, Horacio: Ochenta notas de tango. Perfiles biográficos, Ediciones de La Plaza, Montevideo 1998. Auspiciado por la Academia de Tango del Uruguay.