Por
Néstor Pinsón
| Ricardo García Blaya

s sin duda un artista exitoso, y esto nunca estuvo en discusión. Su arte transitó cómodamente por todos los medios de difusión existentes: discos, radio, teatro, televisión y hasta el séptimo arte, el cine.

Su popularidad se extendió por todo el país y en el exterior, tuvo siempre su público. Un público que buscaba un espectáculo con características de music-hall. Una orquesta numerosa y estridente, con cantores que se brindaban a todo pulmón, bailarines, juegos de luces, algún coro y su director, hiperquinético, ora con sus dos manos sobre el teclado, ora con una sola y dirigiendo con la otra, ora alejándose del instrumento y utilizando ambas manos para conducir la orquesta. Todo al servicio del espectáculo.

Pero paradójiacmente, esta receta popular y exitosa de Mariano Mores, utilizada a lo largo de su extensa trayectoria, fue, al mismo tiempo, el motivo por el cual muchos gustadores del tango no lo aceptaran y lo criticaran por su estilo y vedetismo.

En efecto, el tanguero admirador de Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Osvaldo Fresedo o del mismo Juan D'Arienzo, nunca aceptó ese estilo, ni siquiera se prestó a su discusión. Era otra cosa. A Mores no se lo puede escuchar con unción, con Mores no se puede bailar, poco importaba quienes eran los cantores, era, en realidad, una orquesta para el teatro y para la televisión. Una orquesta para el espectáculo.

Lo que nadie puede negar de este músico es su talento como compositor. Como alguien dijo: «Lleva la melodía en la cabeza.»

Tuvo inspiración y también inteligencia para musicalizar letras de los más grandes e indiscutibles poetas que dio el tango.

Aunque poco reconocido, es un gran pianista, pero nuevamente su estilo lo traiciona y perjudica, sus poses y sus muecas al ejecutar el instrumento, le quitan seriedad.

No obstante, hace gala de un molde artístico donde se conjugan en exhuberante dosis, el desenfado, la simpatía, la viveza comercial y el talento, con que el destino favorece a unos pocos. Hoy se lo reconoce como un ídolo popular que representa una parte esencial de la historia del tango.

«Era el año 1936, yo tenía catorce años, y un día viajaba en tranvía por la calle Corrientes. Frente al Café Germinal estaba el Bar Vicente, en cuya puerta había un cartel solicitando un pianista que tocara música internacional, leyera a primera vista y también transportara. Fui, me tomaron una prueba y quedé, a tres pesos con cincuenta por día. En seguida entré a estudiar en la academia que dirigía Luis Rubistein y nos hicimos amigos. Allí iban a vocalizar las principales figuras de la canción y muchos otros recién iniciados. Conocí a Rodolfo Sciammarella, que me pidió que le pasara al pentagrama las notas que se le ocurrían. Tenía buen oído, era un buen letrista, pero no sabía escribir música. De esta relación nació “Salud, dinero y amor”, que originalmente era una zamba y yo la convertí en vals. Fue un gran éxito.»

Nos sigue comentando Mores que le pidió una letra a Luis Rubistein, para ponerle música: «...así nació “Gitana”, una canción de corte español, que yo nunca toqué, pero que cantó Tito Schipa y en nuestro medio, el dúo Gómez-Vila. Estaba de moda la música paraguaya, a partir de “India”, una guarania que había introducido Samuel Aguayo, y por eso escribí “Flor de hastío”, canción que le perdí el rastro y que, años después, estando en Asunción (capital del Paraguay), supe que fue un éxito, pero la consideraban de autor anónimo.»

Al poco tiempo, el director de la academia lo nombra profesor y en ese estado conoce a Margot y Mirna Moragues, de quien se enamoró. Entonces el novel profesor se integra al dúo que ellas formaban, Las Hermanas Mores, transformándolo en el Trío Mores. Actuaron en radio y diferentes escenarios, hasta que el pianista se integra a la orquesta del gran Francisco Canaro.

De esta época nos dice: «Poco antes, había hecho unos arreglos musicales para unos japoneses, música popular de ellos en tiempo de tango. Me pagaron cinco mil dólares, una fortuna. Me compré siete trajes de los mejores, siete camisas y siete de todo. Así, hecho un dandy, bajaba del tranvía en Callo y Corrientes y por esta, iba caminando hasta Florida, por la vereda de los números impares y volvía por la de los pares, haciendo pinta. La gente empezaba a preguntarse: —¿Quién es ese cajetilla?. Un día me vio Ivo Pelay y me dijo: —Vos sí que sos un buen vendedor de imagen. No cambies nunca.»

Canaro fue un padre para él, a quien llegó de la mano de Rodolfo Sciammarella, que lo presentó a Ivo Pelay, socio del director. En su formación debutó en el año 1939 en el Teatro Nacional de la calle Corrientes y se desvincula en el año 1948.

Con Luis Rubistein hizo, en 1938, el tango “No quiero” y al año siguiente su primer gran éxito: “Cuartito azul”, y al respecto nos dice: «... en realidad era un arreglo para “La cumparsita”, una introducción, pero cuando la escuchó Mario Battistela me dijo que allí había un tango. Le puso ese título por una piecita que alquilaba en la calle Serrano 2410 (barrio de Palermo), para vivir cerca de mi novia. Un día se me ocurrió pintarlo disolviendo pastillas de un blanqueador para ropa que venía en cubitos de color azul. La letra fue escrita por Battistela sobre la música. Casi siempre compuse así. Primero la música, aunque hubo excepciones.»

«Mi primera colaboración para el cine fue hacer la música de Senderos de fe, con Amanda Ledesma, Juan Carlos Thorry y Pedro Maratea. Se estrenó el 26 de octubre de 1938... no resultó, y los temas compuestos los pasé al olvido.»

Actuó como galán y fue autor de la música del film Corrientes calle de ensueño, en el año 1939. También en La doctora quiere tangos, con la actriz Mirta Legrand, en el mismo año. Y finalmente en La voz de mi ciudad, con Diana Maggi, en 1953.

«Mi tango más popular es “Adiós pampa mía”, un homenaje al folklore de la llanura, un tango con ritmo de pericón y estilo. Mi mayor desilusión fue “Por qué la quise tanto”, quise que la estrenara Hugo Del Carril y no pudo ser. Después fue éxito con Miguel Montero

Es, a nuestro entender, lo mejor de su música los tangos que compuso con Enrique Santos Discépolo: “Cafetín de Buenos Aires” y “Uno”. “Cuando Enrique me conoció me dijo: «Pibe, no escribo más música, para eso estas vos. Para entregarme la letra de “Uno”, estuvo tres años, yo ya me había olvidado del tema.

«Manzi fue un gran poeta, era muy amigo de Troilo y trabaja con él. Ya enfermo lo fui a visitar un día y estaba en la cama. Me dijo: —¡Qué poco hice con vos! Me voy a morir y me voy a quedar con las ganas. No tengo consuelo”. Entonces le empecé a tararear una música que tenía, una especie de tango-malambo, y de inmediato empezó a decir: —La voz... triste y sentida, de tu canción... una lágrima tuya..., así nació un nuevo éxito “Una lágrima tuya”.»

Mariano Mores nació en el barrio de San Telmo, tiene más de 300 grabaciones. Su primer cantor fue su hermano Enrique, con el seudónimo de Lucero, y por su orquesta desfilaron muchos vocalistas: el uruguayo Mario Ponce De León, Aldo Campoamor, Carlos Acuña, Miguel Montero, Hugo Marcel y su hijo Nito Mores, que falleciera en 1984.

Mariano Mores es un inspirado compositor de verdaderos clásicos del tango, tanto por la calidad como por el éxito comercial de sus obras. A los ya nombrados “Cuartito azul”, “Uno”, “Por qué la quise tanto”, “Una lágrima tuya”, “Cafetín de Buenos Aires” y “Adiós pampa mía” hay que agregar “Taquito militar”, “A quién le puede importar?”, “Sin palabras”, “El firulete”, “Cada vez que me recuerdes”, “Cristal”, “Tu piel de jazmín”, “Gricel”, “En esta tarde gris” y tantos otros más.