Por
Gaspar Astarita

na conjunción de variadas y positivas cualidades han concurrido armoniosamente para que Julián Plaza redondeara una de las personalidades artísticas más sobresalientes dentro de la historia del tango.

Bandoneonista, pianista, compositor y, sobre todo, arreglador, fueron los elementos a través de los cuales se proyectó su nombre, no sólo a la consideración pública, sino especialmente al círculo de los profesionales de la música, dentro de los cuales goza de un bien ganado prestigio. Una autoridad que ha sabido ganarse a fuerza de estudio, trabajo y talento.

Como ejecutante, ha demostrado una especial ductilidad para adaptarse a los más variados estilos interpretativos, ya que integró en su momento orquestas de muy diferenciadas modalidades (Edgardo Donato, Antonio Rodio, Miguel Caló, Carlos Di Sarli, Osvaldo Pugliese), y en todas logró un excelente grado de consustanciación.

Ese permanente desafío cuyas reglas de juego aceptó con gusto y disciplina, habrían de serle luego aliados valiosos, junto al estudio de las diferentes reglas musicales, cuando comenzó su importantísima tarea de arreglador, labor en la que alcanzaría su mejor pico en los trabajos que realizara para las dos agrupaciones mas relevantes de los últimos tiempos, Aníbal Troilo y Osvaldo Pugliese, sin menoscabar por ello el notable despliegue efectuado, en igual sentido, para el Sexteto Tango.

También en la composición se destacó con rasgos muy personales. Sus tangos y milongas, casi todos instrumentales, llevan el sello de un auténtico creador, distinción que comenzó a vislumbrarse desde su primera obra importante, que estimamos debe ser el tango “A lo moderno”, estrenado en 1954 por la orquesta de Miguel Caló, y que continuó posteriormente con esa insuperable serie que integran “Sensiblero”, “Danzarín”, “Melancólico”, “Nostálgico” y “Disonante”, los cuales, junto a otros que dio a conocer a mediados de la década del cincuenta, conforman una lista de muy pareja calidad.

Julián Plaza, desde la confluencia de estos tres cauces, la ejecución, el arreglo y la composición, ha sido un músico en constante búsqueda. De aquella primera incursión en la famosa década del cuarenta, pasó luego a ser figura de punta en la generación del cincuenta y cinco, junto a Atilio Stampone, Osvaldo Berlingieri, Leopoldo Federico, Osvaldo Requena y otros más, para proyectarse después hacia el mejoramiento y la evolución, siempre en constante progresión, tal vez influído por la gravitación de Astor Piazzolla. Pero esa intención vanguardista no lo alejó nunca de las genuinas raíces del tango. Su moderación y su clara visión de que el tango, para que siga llamándose así, debe conservar su auténtica carnadura popular y ciudadana, lo ubican en un lugar relevante de su historia.

En una palabra, Julián Plaza avanzó hasta el extremo justo en que el género lo permite. Traspuesto ese límite, el tango ya pierde hasta su nombre.

Julián Plaza nació en General Manuel Campos. una pequeña localidad de la provincia de La Pampa, el 9 de julio de 1928.

Realizó los palotes musicales con su padre, que tocaba el bandoneón aprendido por correspondencia. Cuando Julián tenía once años, la familia se trasladó a Buenos Aires; comenzó a estudiar con Félix Lipesker; integró, a su vez, orquestas infantiles. donde fue aprendiendo la labor de conjunto.

Sus rápidos adelantos hicieron que a los quince años debutara en la orquesta de Edgardo Donato, y poco después en el conjunto de Antonio Rodio; en 1949 pasó a engrosar las filas de Miguel Caló, con quien estuvo casi diez años. Mientras tanto, con Eduardo Bianco, realizó un extenso viaje por Italia, Grecia, Turquía, Siria y el Líbano.

Luego se relacionó con Carlos Di Sarli y estuvo vinculado por trabajos de arreglo a Atilio Stampone y Florindo Sassone.

Durante 1959, se incorporó a la orquesta de Osvaldo Pugliese, siempre como bandoneonista. Con este conjunto anduvo en gira por Rusia y China en dicho año. Con el autor de “Recuerdo” estuvo hasta 1968, cuando, con otros integrantes de la orquesta, formaron el Sexteto Tango: Osvaldo Ruggiero y Víctor Lavallén (bandoneones), Emilio Balcarce y Oscar Herrero (violines), Alcides Rossi (contrabajo) y el propio Plaza como pianista; con esta agrupación grabaron en el sello Víctor.

En 1992, resolvió alejarse del Sexteto Tango, buscando redondear su personalidad artística, es decir, intentar la dirección orquestal, una disciplina que aún no había encarado.

Sus trabajos de estos últimos tiempos han sido destinados a formar su propio conjunto, tocar sus propios tangos con sus propios arreglos. Y en esa lucha se encuentra ahora.

Entre sus muchas y variadas actividades, digamos que mientras alternaba su labor en la orquesta de Miguel Caló, formó un cuarteto de bandoneones a capella, que se integró con Alfredo Marcucci, Ernesto Franco y Atilio Corral.

Paralelamente a todos estos trabajos, comenzó a incursionar en el arreglo (le confesó a la especialista Nélida Rouchetto que su primer arreglo lo escribió en 1950 para la orquesta de Miguel Caló: la milonga “Dominguera”). En esta difícil tarea hizo numerosos trabajos para Atilio Stampone, Leopoldo Federico, Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Osvaldo Piro, José Colángelo y mucho para el Sexteto Tango. A ello debe sumarse la tarea profesional que desplegó en la Editorial Korn para arreglos estandard.

También al cine le aportó su música y sus arreglos, para las películas argentinas La tregua, Solamente ella y Chau Papá, cuyas bandas sonoras estuvieron a cargo de orquesta propia.

Además, en esta apretada síntesis no quiero dejar sin mencionar los arreglos y el acompañamiento que le hizo a Susana Rinaldi en la grabación de su LP recordando a Homero Manzi (algunos de los músicos que integraron ese conjunto fueron nada menos que Osvaldo Berlingieri, Ernesto Baffa y Fernando Suárez Paz, entre otros).

En un trabajo anterior mío (Abel Fleury. Vida y obra, Editorial GraFer, 1995) dejaba expresado un concepto con respecto a la labor compositiva de todo músico, que considero oportuno reproducir ahora, porque encaja perfectamente para comentar la obra de creación de Julián Plaza:

«Todo compositor, por más vasta que sea su producción, tiene siempre alguna obra que, sin ser la mas lograda, es la que define su estilo. En ella, por exacta y armoniosa conjunción de ciertos valores, el autor ha exteriorizado su sensibilidad, ha desnudado sus raíces, evidenciado su formación y desarrollado su capacidad creativa, logrando en esa síntesis la identidad de toda su labor. Razones de impacto en el gusto popular, la aceptación y la incitación que provoca en los ejecutantes, que, al incluirla en sus repertorios, crean los canales indispensables para procurarle la difusión necesaria y hacen que esa composición se hospede en los oídos y en la emoción de amplios auditorios. Aparte de los valores técnicos y estéticos, lo cierto es que a través de todo ese contexto un determinado trabajo de composición concluye siendo para su autor una especie de resumen de su personalidad artística».

Y ese resumen, en el caso de Julián Plaza, puede buscarse en su tango "Danzarín".

Ya dejábamos anotados al comienzo algunos títulos (“A lo moderno”, el primero), a los que siguieron cinco estupendos tangos instrumentales: el recién comentado “Danzarín”, “Sensiblero”, “Melancólico”, “Nostálgico” y “Disonante”, y cuatro milongas con distintas acentuaciones: “Dominguera” (ciudadana), “Payadora” (criolla), “Nocturna” (ciudadana) y “Morena” (milonga candombe).

También son obras de él “Milontango”, “Buenos Aires-Tokio”, “Color tango” y “Cuánta angustia”, sospecho que el único tango con letra (de Manolo Barros). Y hay, seguramente, muchos más, pero los nombrados creemos que son los más representativos de su estilo y de su personalidad de compositor.

Por otra parte, bueno es señalarlo, son los más difundidos y los que más han sido grabados por diferentes agrupaciones.

Originalmente publicado en la revista Tango y Lunfardo, Nº 130, Chivilcoy, 16 de julio de 1997.