Por
Roberto Selles
| Néstor Pinsón

orrían los años '10. La frase solía oírse comúnmente en los comercios de venta de discos: «Déme un pacho». El comerciante comprendía sin más explicación; acababan de pedirle un disco.

Visto desde nuestros días, parecería una jerga extraña, pero en aquellos tiempos resultaba de lo más sencillo, tal era el éxito de venta de las grabaciones de la orquesta que dirigía Juan Maglio, al que apodaban Pacho, que esta palabrita pasó a ser sinónimo de disco.

Sin duda, Juan Maglio (Pacho), fue uno de los más importantes músicos que continuaron a la Guardia Vieja, junto con Eduardo Arolas, Genaro Espósito y Vicente Greco, todos pioneros en la difusión y popularidad del tango.

Fue el primer bandoneonista que llevó al disco solos de bandoneón con el tango “La sonámbula” de Pascual Cardarópoli y la mazurca “La morocha [b]” de Gerardo Metallo.

Dueño de una técnica depurada imprimió a sus formaciones orquestales un estilo delicado, con una cadencia rítmica que lo llevó a ser el preferido del público a la hora de comprar discos.

Juan Félix Maglio vino al mundo en el hogar que habían establecido en Palermo Pantaleón Maglio, italiano, y Carmen Dodero, argentina, emparentada con los célebres navegantes de aquel origen. La descendencia se completaba con Tino, María Juana, Roque, Justina, Carmen y Carlos, al que apodaban Pucho y fue también bandoneonista, autor de tangos como Quilmes y La Paternal.

El bandoneón atrajo a Pacho desde pequeño, cuando ya la familia se había trasladado a Boedo y oía tocar a su padre ese instrumento alemán que nada tenía que ver con un inmigrante italiano, pero que pronto se convertiría en el más típico con que cuenta el tango. A veces, solía tocarlo a escondidas, y ésta no era su mayor travesura, de allí que don Pantaleón lo llamara Pazzo, loco en italiano.

«Mis compañeros de juego, contaba en un reportaje de Héctor Bates y Luis Bates, no podían pronunciar correctamente aquella palabra y les salía pacho. Poco a poco se fue divulgando el sobrenombre y así continuaron llamándome, hasta que el tiempo se encargó de confirmarlo, llegando a conocerse más que mi verdadero nombre de pila.»

Maglio se inició con un pequeño instrumento de 13 voces, regalo de su padre. Más tarde, cuando comenzó el aprendizaje formal del instrumento, pasó a otro de 35 voces. Su profesor fue Luis Almeida, que tenía el seudónimo de El Negro Cototo. Sucesivamente fue pasando a instrumentos de 44, 52, 65 y 71 teclas, hasta llegar al de 75 voces en su consagración.

En 1898, a los 18 años, comenzó a tomar lecciones con Domingo Santa Cruz —el autor de “Unión Cívica”— y un año más tarde debutaba en el Café El Vasco, de Barracas, con un trío completado por Julián Urdapilleta en violín y, en guitarra, Luciano Ríos, nombre ligado durante muchos años a las formaciones de Pacho. Alrededor de 1903, formó un cuarteto con Luis Guerrero (violín), José Guerrero (flauta) y el infaltable Luciano Ríos pulsando su viola bordonera.

En 1910 tocó por primera vez en el legendario café La Paloma, por cuyo veredón (avenida Santa Fe frente al arroyo Maldonado, hoy entubado y subterráneo sobre el cual la avenida Juan B. Justo), «en las noches brumosas, se pasean las sombras de Tito, Arolas y Bardi», como imagina Cadícamo en “A pan y agua”.

Con menos poesía, digamos que el local era tan concurrido por las ratas, que Pacho y sus músicos parecían una versión moderna y aumentada del flautista de Hamelin. Cuando los integrantes del conjunto se negaron a seguir tocando en tales condiciones, el propietario corrió a los roedores, y los músicos se encargaron de atraer una nada despreciable cantidad de público.

De La Paloma, el cuarteto pasó al café Garibotto (Pueyrredón y San Luis), al Ambos Mundos (Paraná casi Corrientes), al La Morocha (Carril y Corrientes) y seguramente a otros sitios, hasta volver, en 1912, a La Paloma, ahora ya con un éxito estruendoso, y sin ratas. Fue allí donde el conjunto fue contratado para grabar en Columbia y se transformó en lo que, pomposamente, se denominó Orquesta Típica Criolla Juan Maglio Pacho; integrada por apenas cuatro músicos —¡pero qué músicos!— José Bonano (Pepino) (violín corneta), Carlos Hernani Macchi (flauta), Luciano Ríos (guitarra de siete cuerdas) y, por supuesto, Pacho en el bandoneón. La venta de discos y la fama del bandoneonista, uno de los mayores de aquellos días, eran ya imparables.

Fue en ese mismo año cuando Pacho se inició en la composición. Su primer tango se tituló “El zurdo”. Luego vendrían “Quasi nada” (subtitulado “El combate”), “Armenonville”, “Jeanne”, “Un copetín”, “Adelita”, “Sábado inglés”, “Royal Pigall” (retitulado, con letra posterior de José González Castillo, “Qué has hecho de mi cariño”), “Cielito”, “Tomá mate”, “Chile”, “Ando pato”, “La guardia vieja”, “Tacuarí” y muchos otros pertenecientes a su primera etapa.

A ellos deben sumarse los compuestos en los días del tango-canción: “Llegué a ladrón por amarte” (con letra propia), “La chacarera” (a medias con José Servidio y con letra de Juan Andrés Caruso), “Tango argentino” (con Alfredo Bigeschi), “A media noche”, “Copen la banca” (ambos con Enrique Dizeo), “El curdela” (con Jorge Luque Lobos), “El llorón” (antiguo tango que recopiló e hizo versificar por Enrique Cadícamo), y otros. También fueron sumamente populares sus valses “Orillas del Plata”, “María Esther”, “Horas de hastío”, “Copo de nieve” y “Violetas”, entre otros.

En 1920, organizó su nueva orquesta, acorde con los tiempos que corrían, integrada por él, Rafael Rossi y Nicolás Primiani (bandoneones), Benito Juliá, Salvador Viola y El Pibe Rossi (violines), Juan Carlos Ghio (piano) y José Galarza (flauta y batería). En 1929, en la fila de bandoneones aparecía un jovencito de apenas 15 años llamado Aníbal Troilo, que con el tiempo daría bastante que hablar. Sin embargo, los días gloriosos de Pacho se habían ido, como aquel tango canyengue y bravío de la guardia vieja que supo interpretar como los mejores. No obstante, en sus últimos años continuaba actuando con el ahínco de su juventud, al frente de sus formaciones finales, un sexteto al estilo antiguo —uno de cuyos violines era tocado nada menos que por Elvino Vardaro— y el Trío Pacho, integrado por tres bandoneones junto a los hermanos José y Luis Servidio. Más tarde, en 1929, el trío vuelve a formarse con los bandoneones de Federico Scorticati, Gabriel Clausi y Ernesto Di Cicco, actuando Pacho únicamente como director.

Una curiosidad se da a partir de 1930 cuando forma un conjunto para interpretar música paraguaya, exclusivamente polcas, la mayoría de las cuales lleva títulos en guaraní y fueron firmadas por el propio Maglio, o con el seudónimo Oglima, que era su apellido al revés.

A lo largo de su carrera grabó casi 900 temas, la gran mayoría instrumentales, cuando recurrió a los cantores estos solamente actuaron como estribillistas. Es excluyente la labor de Carlos Viván, la voz más destacada en su orquesta. Las demás voces no tuvieron trascendencia, pero podemos destacar los nombres del bandoneonista Ángel Ramos, la del baterista y flautista José Galarza y alguna intervención de Luis Scalon, famoso vocalista que actuó muchos años en Europa difundiendo nuestro tango. Tres meses antes de su fallecimiento, el 17 de abril de 1934, llega al disco por última vez para el sello Odeón. Grabó la ranchera “Que esperanza”, de su autoría y el vals “Recordándote [b]”, de Gerardo Metallo.

Sus últimas apariciones fueron por Radio Belgrano en 1934. Poco después, fue internado en el Hospital Ramos Mejía, donde los Bates lograron entrevistarlo para su Historia del tango casi por milagro; tres días más tarde, se marchaba de la vida. Fumador impenitente, solía consumir entre cinco y seis atados de cigarrillos negros diarios.

El 14 de julio de 1934, de regreso en su casa, Bulnes 948, ya perdidas las esperanzas, sus pulmones dijeron basta. En su mesa de trabajo, quedaban varios tangos inéditos, que no había alcanzado a titular, como si no hubiera querido poner el punto final a una existencia consagrada al tango. Y puede decirse que el tango lo eternizó.