Por
Julio Nudler

ra hijo de rumanos emigrados en 1908. Su hermano Abraham —tres año mayor—, era violinista y desde muy joven se incorporó a la orquesta de Roberto Firpo, luego a la de Ernesto de la Cruz para ser el primero de la fila; siguieron Lucio Demare, Domingo Federico, Juan Carlos Cobián, Juan Canaro para acompañar a los cantores Ernesto Famá y Francisco Amor.

El principio del fin comenzó en 1936, cuando lo atacó la calvicie. Los estúpidos y el viento siempre existieron. En aquel entonces no se concebía un tanguero calvo y, al aparecer Abraham en escena, sonaba la palabra ¡pelado! y varias risas. Un peluquín no dio resultado, no pudo asimilar la situación y abandonó su atrayente escalada en el tango.

Jaime tuvo mejor suerte sentado al piano. Comenzó en 1928 con la orquesta del bandoneonista Ernesto de la Cruz en el Café San Bernardo de la cortada Carabelas. Acompañó a Libertad Lamarque en el Cine Florida completando un cuarteto con de la Cruz, Vicente Tagliacozzo (violín) y Alfredo Corleto (contrabajo). Integró otro con Hamlet Greco (contrabajo), Norberto Bernasconi (violín) y Víctor Pontino (violonchelo).

El año 1929 lo encuentra junto a Federico Scorticati y César Ginzo (bandoneones) y Manuel Buzón (piano y canto). En 1932 se alterna con Orlando Goñi, ahora en un sexteto de Manuel Buzón, en el Cine Monumental, junto a Alfredo Attadía y Aníbal Troilo (bandoneones), Alfredo Gobbi y José Goñi (violines) y Agustín Furchi (contrabajo).

Saltó a la orquesta de Pedro Maffia donde tenía de compañeros a Leo Lipesker y Tito Besprován (violines) y Santos Lipesker (bandoneón). En 1935, estuvo con Eduardo Pereyra. Fueron más que numerosos los elencos por los que transitó.

En 1940 llega a Antonio Rodio, cuando la línea de bandoneones la formaban Ernesto Rossi (Tití), Antonio Ríos, Luis Bonnat y Mario Demarco; realizaron 16 grabaciones entre los años 1943 y 1944.

En 1942, estuvo con Arturo De Bassi. Continuó con Emilio Balcarce cuando la orquesta acompañaba a Alberto Castillo. Allí estaba Julio Ahumada. En 1950, fue incluído en el sexteto de Ciriaco Ortiz que tiene a su lado a Freddy Scorticati, Elvino Vardaro y Hugo Baralis.

En ocasiones lo llamó Héctor Artola para acompañar a Oscar Alonso, Carmen Duval y María de la Fuente. Alternó allí con Osvaldo Manzi y Dante Amicarelli.

Llegó al conjunto de Argentino Galván y, en 1957, integró Los Astros del Tango, septeto que completaban Vardaro, Enrique Francini (violines), Mario Lalli (viola), José Bragato (cello), Rafael del Bagno (contrabajo), Gosis (piano) y Julio Ahumada.

Desde 1955 se vincula a Astor Piazzolla. Ese mismo año, para unas actuaciones en el canal 7 de televisión, se forma el Cuarteto Mensaje. Acompaña a Leopoldo Federico, Simón Bajour y San Pedro.

En 1960 y 61, pasó por el Quinteto Nuevo Tango de Astor, del que se fue y regresó. En 1964, visita el Octeto e interviene en la operita María de Buenos Aires.

Gosis era un hombre de buen humor y muy charlatán. En una grabación, Astor que lo apreciaba y admiraba y se divertía con él le dijo: «¡Tomá a ver si te callás!» Y le pasó una partitura. Sin parar, mientras la leía, le dijo a los músicos: «Miren lo que este me escribió, se llenó la boca de tinta y la escupió sobre el papel». El tema era: “Tres minutos con la realidad”. Tocó a primera mirada.

El autor de “Libertango” supo decir en su momento: «No tengo dudas, fue el mejor pianista que tuve en mi historia. Tocaba el piano con un sonido que realmente no le escuché a nadie».

Gosis tenía una acabada formación pianística que había comenzado con el maestro Vicente Scaramuzza. Siendo un excelente pianista clásico y de jazz, era un poco frío para lo que reclamaba el tango. Posiblemente por su paso por la orquesta de Pedro Maffia. No marcaba mucho los tempi fuertes. No tenía la mano izquierda de los grandes y, a pesar de su larga permanencia en la música, no desarrolló su verdadera personalidad. Aunque los superara como instrumentista, no alcanzó en el tango el nivel de Juan José Paz o Emilio Barbato.

Luis Adolfo Sierra expresó su admiración por Gosis, al igual que por Horacio Salgán, Carlos García y Atilio Stampone: «Pero no los siento», confesó.

Cuentan que una vez, a punto de comenzar una actuación, se encontró con una tecla a la que le faltaba el marfil, estaba muy afligido y comentó: «No sé cómo voy hacer para tocar». Y Leopoldo Federico le contestó: «Vos podés tocar sin marfil y sin tecla… ¡si sos un fenómeno!»

Extraído del libro: Tango judío. Del Ghetto a la milonga, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1998.