Josefina

Nombre real: Licciardi, Josefina
Cancionista y compositora
(21 enero 1946 - )
Lugar de nacimiento:
Corigliano Calabro (Cosenza) Italia
Por
Pedro Colombo

ació en Corigliano Calabro (provincia de Cosenza, Italia). Radicada desde pequeña en el barrio del Abasto, en Buenos Aires, junto con sus padres Francisco y María Desimone, no podríamos referirnos a Josefina sin aludir al período violento y crítico transcurrido en la Argentina, durante las décadas de los setenta y los ochenta del siglo pasado. Las luchas políticas, gremiales y sociales, se reflejaron con sus profundos contrastes sobre el cancionero popular, incluyendo al tango. La esperanza renovadora del género, en pocos años se amordazó por las censuras y se diluyó por el exilio, forzado, a veces, por persecuciones ideológicas y, otras, buscado por necesidades artísticas.

Dado el contexto, en plena efervescencia por la restauración democrática y el auge del folclore, Josefina se dio a conocer, con buen suceso, en el Festival de Baradero de 1972. De allí en más, su particularísima voz y sus opiniones contestatarias se propalaron con frecuencia en la radio. Hugo Guerrero Marthineitz, siempre dispuesto a promocionar valores jóvenes, la difundió en sus audiciones de Splendid Show y El Show del Minuto por Radio Belgrano.

Tras la ruptura democrática (1976) y al igual que ocurrió con muchísimos artistas, su proyección dependió de los avatares. Josefina actuó esporádicamente en locales tangueros, tuvo un paso fugaz por el mítico Caño 14 y recién llegó a grabar su primer trabajo discográfico importante (A mi manera, CBS), en 1980. Acompañada por el director y arreglador Dino Saluzzi; el encuentro de una cancionista ubicada en la cuerda arrabalera, con un vanguardista piazzoliano, bien pudo ser un ejemplo «de lo posible». El bandoneón y la voz aferrados en la presencia segura y resignificada del ayer, para no tensarse en un futuro naturalmente riesgoso e incierto. Los temas: “Amurado”, “No aflojés”, “Jacinto Chiclana”, “Julián”, “Te llaman malevo”; “El motivo”, “La mina del Ford”, “Rosa de otoño”, “Vos de tango” y “Ladrillo”. En la producción: Eduardo Álvarez.

Tonificada y apuntalada por su logro, (resaltado en páginas como las de la revista del diario La Nación), limitadas, no obstante, sus posibilidades por los repliegues de una sociedad anonadada, la cancionista resolvió proyectarse en el plano internacional. Así surgió la posibilidad de participar en la famosa tanguería Trottoirs de Buenos Aires, inaugurada en el barrio Les Halles, de París, el 19 de noviembre de 1981, por Tomas Berna, Darío Cantón y un selecto grupo de intelectuales argentinos y europeos, con la actuación del Sexteto Mayor y el apadrinamiento del escritor Julio Cortázar.

Las actuaciones de Josefina en ese ámbito, que antecedió en un par de años el fenómeno mundial de Tango Argentino, merecieron que Annie Marie Paquotte, periodista de Telerama, dijera en 1982: «¡Arriba Argentina! Esta bella argentina vuelve a hacer soplar en los Troittoirs de Buenos Aires la fiebre del tango. Voz pulposa, canto profundo y encanto asegurado. Déjense cautivar por esta dama en Trottoirs de Buenos Aires. 37, Rue de Lombard, corazón parisino».

Fue el inicio de un prolongado peregrinaje por varios países europeos y por el absorbente Japón, donde Josefina se convirtió en una figura de renombre. En su ir y venir, durante un reportaje en La Noche con Amigos, el locutor Lionel Godoy le preguntó por qué no regresaba definitivamente a Buenos Aires. Con desenfado, no exento de ironía, la cancionista le espetó: «¡Porque tengo que morfar!». El instintivo rechazo del difusor ante la espontaneidad de Josefina, no habrá desdibujado (creemos) la sonrisa de una audiencia cómplice con la respuesta. Realmente, el espectáculo tanguero languidecía. Y en su exitoso periplo extranjero, Josefina llegó inclusive a grabar en CBS Records de Berlín, el vinilo Tangos del alma (1985); además de ser acompañada por Leopoldo Federico, en un trabajo que registró “La última copa”, “Qué sapa señor” y “Qué vachaché”.

Puso música, además, a los tangos de su esposo, el letrista Carlos Tavano, dentro de una gama de obras testimoniales, “Memoria del empleado” (1983) nos traslada a una «...cantata del laburo y del hollín / de miles de edificios sin jardín / de gente igual que él / con sueños sin dormir / copiando siempre el paso que lo lleva. / Semáforos adentro / lo va gastando / el centro, / tecleando la amargura del confín».

“Memoria del primer amor” (1982), “Memoria del barrilete”, “Memoria del amigo que se fue” y “Memoria de la ciudad”, estos de 1983, también fueron compuestos y estrenados por Josefina. Todos los cuales enmarcan un plan de coherentes cuadros urbanos. Anticipan e instalan la recuperación de la memoria de ese pasado cercano y revulsivo, en el que se sitúan el tango retobado de Héctor Negro, la buena fe de Eladia Blázquez, el dolor existencial de Ernesto Pierro, la contundencia cualitativa y heterogénea de Miguel Ángel Jubany, la pulsión y el empuje de Juanca Tavera y Mario Iaquinandi.

También las asombrosas digitaciones de Osvaldo Tarantino y de Raúl Garello; las búsquedas obsesionantes y carismáticas de Cacho Castaña, las tonalidades refrescantes de Graciela Susana y del Alemancito Reynaldo Martín... la resolución de no aflojar de la propia Josefina. Entre una pléyade de artistas que superaron la contingencia de un tiempo perturbador de casi todo, menos del amor y de la resistencia tanguera.

Alejada de los escenarios, encuentra tiempo para coleccionar añosas partituras e indagar sobre autores y obras olvidadas. La otrora viajera y personalísima intérprete se aferra a la investigación, ya conforme con sus aportes y alegre por una Guardia Joven que hoy (como ayer los mencionados y muchos artistas no menos valiosos, a pesar del anonimato) no se resigna al confinamiento y persiste en el “ser y hacer” de la porteña y universalísima canción urbana.