Por
Ricardo García Blaya

i tuviéramos que elegir un personaje síntesis de los últimos treinta años del tango, sin ninguna duda surgiría el nombre del Polaco Goyeneche. No sólo por tratarse de un cantor extraordinario, sino y fundamentalmente, por ser el arquetipo de la última camada de nuestra estirpe y bohemia porteña.

La expresividad de su fraseo, el particular modo de colocar la voz, la fuerte personalidad del que conoce la esencia misma del tango, lo distinguen de todos los otros cantores de nuestro tiempo.

El manejo de los acentos y los silencios, el arrastre de alguna palabra de la letra, o el susurro intimista de un verso, lo convierten en un vocalista irrepetible, imposible de ser confundido con otro.

Su dicción era perfecta, aún en los últimos años de su vida cuando la decadencia de su voz, lejos de mellar su popularidad lo elevó a la categoría de mito viviente.

Algunos lo describen como un diseur, algo así como un chansonnier de los años treinta, pero no comparto esta opinión —generalmente expresada para empalidecer su importancia— fue un excepcional cantor, que como muchos otros grandes tuvo diferentes etapas para diferentes gustos, pero todas memorables.

El Polaco inicia su carrera como cantor de la orquesta de Raúl Kaplún en 1944, a los dieciocho años. En 1952 y en esa misma condición, continúa con Horacio Salgán, junto al cantor Ángel Díaz —El Paya—, quien fuera responsable de su apodo.

Pocos años más tarde, en 1956, se convierte en el cantor de la orquesta de Aníbal Troilo, todo un reconocimiento a su incipiente carrera.

Este modo de nacer artísticamente es uno de los motivos por el cual Goyeneche entiende el tango como un músico, como un instrumento vocal tal cual lo hicieran los cantores del cuarenta, afiatando su garganta y su fraseo en total armonía con la orquesta.

Con el tiempo logra tal perfección, que se permitiría el lujo de iniciar una frase a destiempo —cadenciosamente— para luego alcanzar las últimas notas al final del compás.

Fue un cultor respetuoso del ritmo, en una época donde la mayoría de los solistas lo fusionan a las baladas, a los boleros o a sofisticadas canciones con aire de tango.

El repertorio de Goyeneche fue muy extenso y variado, los tangos bien antiguos y los más modernos desfilan desprejuiciados en su trayectoria discográfica. Grabó “El motivo (Pobre paica)”, de Juan Carlos Cobián y Pascual Contursi, y fue el primero en registrar “Balada para un loco” de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer.

Si se me permite la expresión, el Polaco se apropió de muchos tangos clásicos.

¿Y por qué digo esto? Por la sencilla razón de haber recreado innumerables tangos cuyas versiones originales tenían nombre y apellido —estaban identificadas con otros cantantes— y que a partir de su interpretación pasaron a ser emblemáticos de su repertorio.

Tales son los casos de “La última curda” (Edmundo Rivero), “Naranjo en flor” (Floreal Ruiz), “Qué solo estoy” (Raúl Berón), “Gricel” y “Garúa” (Francisco Fiorentino), entre otros.

También fue un gran intérprete del repertorio de Carlos Gardel. Sus versiones de “Lejana tierra mía”, “Siga el corso”, “Volvió una noche”, “Intimas” y “Pompas de jabón” son espectaculares.

Cantó mejor que nadie los tangos “Afiches”, “Maquillaje” y “Chau no va más”, de Homero Expósito y relanzó a una dimensión increíble “Naranjo en flor”.

Resulta impresionante su versión de “Malena” y conmovedor el registro del tango “Discepolín”, hitos en la poesía de Homero Manzi.

En cuanto a Enrique Santos Discépolo hizo verdaderas recreaciones de “Soy un arlequín” y “Cafetín de Buenos Aires”.

La propuesta de “María” de Cátulo Castillo sugiere una infinita dulzura, pero no podemos dejar pasar por alto que es dueño absoluto de “La última curda” donde su voz patentiza el profundo dramatismo de estos versos que expresan la etapa existencialista de Cátulo.

En cuanto a “Pompas de jabón” e “Intimas”, después de Gardel, las suyas son las mejores versiones.

Y qué decir de “Garúa”, “Gricel”, “”, “Cuando tallan los recuerdos”, “Ya vuelvo” y tantos otros temas inolvidables.

Fue admirador y amigo entrañable de Aníbal Troilo, como cantor de su orquesta graba 26 temas y unos años después, ya solista, se vuelven a asociar en dos larga duración, titulados El Polaco y yo y ¿Te acordás Polaco?.

Su carrera ascendente continúa con la dirección de los más grandes maestros de su época, Armando Pontier, Raúl Garello, Atilio Stampone, Baffa-Berlingieri y muchos otros.

Se consagra como solista después de brillar como cantor de orquesta y, curiosamente, el fervoroso reconocimiento y la devoción del público llegaría a la madurez de su voz para no abandonarlo hasta su muerte.

Yo tuve la suerte de verlo actuar muchas veces, en distintos lugares de Buenos Aires. Pero hoy vienen a mi recuerdo, las mágicas trasnochadas de estudiante universitario, allá por el año setenta. Por primera vez escuché al Polaco cantando tangos a capella en el Bar Amazonas —ubicado en la esquina de Marcelo T. de Alvear y Talcahuano— en una de las tantas escapaditas que él hacía en los intervalos de sus actuaciones en Caño 14 —mítico escenario de la noche porteña— que quedaba a la vuelta.

Bastante tiempo después me di el gusto de conocerlo, de charlar con él e incluso, de compartir un video donde aparecemos conversando en la mesa de un café y él me tarareaba “Mariposita”.

Fue grande entre los grandes, y de la mano de Gardel y de sus «hermanos» Ignacio Corsini, Charlo, Francisco Fiorentino y Ángel Vargas, su voz, su «garganta con arena», nos seguirá deleitando con el sabor del tango y el perfume cotidiano de las noches de Buenos Aires.