Por
Néstor Pinsón

ació en Rosario, provincia de Santa Fe. Debieron pasar algo más de cincuenta años para que decidiera dejar de ser «un muchacho de la orquesta», ocupando un lugar en la línea de bandoneones. En varias oportunidades declaró ser persona de bajo perfil, quizás el ideal para ser invitado por algunos directores como refuerzo para las grabaciones o, como ocurre en la actualidad, ser el director de la Orquesta Escuela Emilio Balcarce, o bien director de la Orquesta de la Municipalidad de Lomas de Zamora (ciudad colindante a la ciudad de Buenos Aires).

Qué mejor para los muchachos que tenerlo a él como maestro. Pero este tanguero no comenzó con la mirada puesta en el fueye sino en la trompeta y, sus oídos, en el jazz. Por suerte cerca suyo, rondaba un tío bandoneonista que trabajaba en orquestas rosarinas, Héctor Chera, hermano de su padre Luis (director de orquesta), quien no sólo lo entusiasmó con el instrumento sino que le enseñó y lo fue formando.

Con muy poca experiencia se largó a Buenos Aires con no más de catorce años y, en el Picadilly, aquel local que estaba en el subsuelo de la calle Corrientes casi Paraná, consigue ingresar en una agrupación pequeña llamada Los Serrano, a cargo de un señor Eduardo Serrano que lo despidió al poco tiempo.

Más adelante fue a estudiar, durante largos meses, con Eladio Blanco, músico de Juan D'Arienzo. Ya con mejor respuesta, volvió a la orquesta de Serrano y permaneció a su lado un par de años. Durante aquel tiempo de estudio alternó en la agrupación de Antonio Arcieri —violinista decareano que falleció poco después, el 5 de mayo de 1952—, y en la de Lorenzo Barbero.

Desde 1951 hasta 1954, estuvo con Miguel Caló, que incluyó una recordada gira por tierra brasileña y también grabaciones. Es digna de elogio su participación en varios discos, entre los que podemos citar a “En fa menor” (de Roberto Caló) y “El chamuyo” (de Francisco Canaro).

Sin obedecer un orden cronológico, es importante citar su tránsito por las orquestas de Ángel Domínguez, Miguel Nijensohn, Enrique Francini y Joaquín Do Reyes. Fue primer bandoneón del pianista Juan José Paz cuando acompañó a Elsa Rivas, en su plenitud como cancionista; también ocupó ese lugar con Atilio Stampone e integró la formación que acompañaba a Armando Laborde y Alberto Echagüe, en el breve lapso que estuvieron fuera de la orquesta de D’Arienzo.

Hubo otros trabajos hasta que llegó el momento de su consagración definitiva cuando, en 1958, ingresó a las filas de Osvaldo Pugliese, para integrar la inolvidable línea de bandoneones junto a Osvaldo Ruggiero, Julián Plaza, Ismael Spitalnik y Arturo Penón.

Fueron diez años de músico y arreglador, inmerso totalmente en el estilo y el espíritu del maestro. Alguna vez me comentó que Pugliese insistía a sus músicos que intentaran componer y hacer sus arreglos, a fin que la orquesta no resultara monótona. Era una forma de que, sin perder su particular secuencia rítmica, pudiera escucharse algo nuevo. Y así fue. Cada uno aportó lo suyo, y es posible que esa haya sido la causa por la que don Osvaldo siguiera tan vigente hasta su fallecimiento.

En cuanto a esta modalidad impuesta por Pugliese a sus muchachos respecto a los arreglos, Víctor me contó que generó algunos pequeños disturbios: «Como todos opinaban, ocurrían discusiones fuertes, varios tenían su trabajo hecho y no lo podíamos escuchar porque dos o tres decían que el que corría era el de Emilio Balcarce o el de Penón, por ejemplo, y uno que había hecho el suyo se quedaba con bronca. Ahora si yo con mi orquesta tuviera mucho trabajo me gustaría que los músicos compusieran y arreglaran porque así se irían formando». Y más adelante agregó: «hoy las orquestas se acabaron, de las que llevan años en la lucha están la de Leopoldo Federico y Rodolfo Mederos y alguna otra reciente, pero se trabaja poco, o son contratados para eventos especiales o para el turismo, no hay campo de acción y el baile, que sí funciona, se arregla con discos».

Volviendo al repaso de su trayectoria, llegamos al año 1968. Pugliese estaba enfermo y había otras cuestiones. Alguno de sus muchachos comenzaron a reunirse para tocar como sexteto y, en poco tiempo, sobrevino la retirada definitiva. Así nació el Sexteto Tango.

Ruggiero y Lavallén (bandoneones), Emilio Balcarce y Oscar Herrero (violines), Alcides Rossi (contrabajo), Julián Plaza (piano) —al que llegó después de tantos años portando el bandoneón— y el cantor Jorge Maciel.

Estuvo 19 años consecutivos con el sexteto, hasta que decidió retirarse. A partir de ese momento, participó en dos formaciones: la Orquesta Municipal del Tango entonces dirigida por Carlos García y Raúl Garello y la Orquesta Color Tango junto a Roberto Álvarez (bandoneón), Carlos Piccione y Fernando Rodríguez (violines), Amílcar Tolosa (contrabajo), Roberto Cicaré (piano) y Juan Carlos Zunini (tecladista).

Luego participó en el espectáculo Forever tango, con un grupo de músicos, cantores y bailarines, que recorrió Estados Unidos y Canadá. El director orquestal era Lisandro Adrover, y el cantor, nuestro amigo Alfredo Sáez.

En 2007, y dirigiendo su propia orquesta, graba un disco con el título, Amanecer ciudadano, editado por el sello EPSA que contiene diez temas, combinando tangos clásicos y páginas propias como: “Amanecer ciudadano”, “Meridional”, “A la sombra del fueye”, “Mistongueando” y “De norte a sur”.

En el 2010, hizo su segunda producción discográfica con el titulo Buenosaireando, junto a Alejandro Bruschini (bandoneón), Pablo Estigarribia (piano), Silvio Acosta (contrabajo) y Washington Williman (violín). El compacto tiene 12 temas, en los que se destacan dos composiciones suyas: “Buenosaireando” y “Romance de primavera”.