Por
Héctor Oviedo

o canta, canturrea con una dulce voz perruna sólo cuando, en algún ensayo, quiere darle el tono justo, la intención adecuada, al cantante o cancionista de turno. Lo suyo es algo así como el lamento de un caniche desolado perdido en medio de una tormenta, buscando voces familiares que lo orienten.

Ocurre que Bartolomé Palermo soñaba con ser cantor; cantor de tango. Y pasó que una noche de serenata allá, en su Santa Fe natal, el petiso Regi, compinche en esas lides, lo paró en seco y le dijo sin preámbulos anestésicos: «Cortala, Bartolo; vos no podés cantar... ¡no debés cantar». Y ahí mismo, y para siempre, doblegó su vocación gardeliana. El juicio lapidario de su amigo no le dejó resquicio para la duda.

Palermo no sólo es un virtuoso de la viola —entendido esto como “gran tocador de notas”—, no, es un verdadero artista que pone, junto con su gran formación musical, la enorme dosis de amor, sentimiento y pasión aun en los momentos menos comprometidos de sus presentaciones.

Quienes lo conocemos sabemos de su sonrisa beatífica que le asoma cuando le brota el placer y es ganado por el éxtasis de un acorde justo, de un bordoneo inspirado. Cuando llegó a Buenos Aires no tenía aún diecisiete años. Edad imprecisa donde conviven la retaguardia de la adolescencia y los albores de la juventud. Precisa era su determinación, su voluntad de abrirse un camino con la guitarra.

En 1957, fue requerido por Ariel Ramírez, con el que colaboró muchos años en giras y realizaciones fonográficas, incluso la versión completa de “La misa criolla”.

Nélida Rouchetto contaba, hace unos años, el encuentro de Palermo con el gran Alfredo Gobbi, en 1964: «No me cabe duda que la causalidad de esa relación y la suerte de trabajar en yunta con Gobbi -que por entonces ejercía de pianista- habrá dejado una huella profunda para su posterior desarrollo estético. De ahí ese sentido orquestal que aprendió de ese maestro que después, supo aplicar en sus conjuntos de guitarras».

Abrirse paso no le fue ni le es fácil. La guitarra, como instrumento tanguero, conoció momentos de esplendores que se fueron opacando en la medida que las radios fueron desprendiéndose de los conjuntos estables. Épocas donde había muchos cultores y muy buenos, y los grandes cantores —Carlos Gardel, Ignacio Corsini, Agustín Magaldi—, por hablar de las glorias, no podían prescindir de ellas para el acompañamiento. Más cerca en el tiempo, podemos mencionar a Héctor Mauré, Carlos Acuña, Horacio Deval y tantos otros. Cuando aparecieron las grandes orquestas se les fue acotando el margen y consecuentemente fueron mermando sus cultores. Hoy ese tipo de guitarrista -el de acompañamiento de cantores- es casi una raza en extinción.

En 1984, muere José Canet. En 1992, se fue también Roberto Grela. Dos maestros, dos maneras, dos estilos y miradas igualmente válidas que se posan en el instrumento y la canción popular, esa que gira alrededor del tango. Pero antes, mucho antes de esas pérdidas, la fuente de trabajo con los cantores había mermado por distintas razones. Primero por la decadencia del tango mismo y los pocos cantores que siguieron en la brecha prefirieron otro tipo de acompañamiento. Y ahora mismo, con el florecimiento de nuestra música, los modos y las formas de cantar han cambiado; ya casi no se canta a ritmo, tanto que por momentos no se sabe si se está escuchando un tango cantado o recitado. Y la guitarra es poco lo que puede hacer en ese contexto.

La formación de pequeños conjuntos fue una alternativa para los guitarristas. Juntarse con otros instrumentos fue otra. Ejemplos: Roberto Grela con Aníbal Troilo y luego con Leopoldo Federico, Ubaldo De Lío con Horacio Salgán, por dar algunos ejemplos representativos, o lisa y llanamente como ejecutantes solistas, el caso de Aníbal Arias o Juanjo Domínguez.

Bartolomé Palermo nació en Villa Guillermina, provincia de Santa Fe y a partir de 1950, se radicó en la Capital. Armó su primer conjunto -el Palermo Trío- en el año 1968, junto con su amigo inseparable, Paco Peñalva y Miguel Luna. Los arreglos estaban hechos desde el 64. Con esa formación debuta en radio, trabaja en el teatro San Martín, lugares de la noche, clubes y giras por nuestro país.

Finalizando 1969, aparece su primer disco, un larga duración en el que se agrega el guitarrón de Norberto Pereyra. Disco hoy inhallable y es un verdadero pecado que no se haya reeditado. Pasa que, entre otras muy buenas versiones, hay un tango de Alfredo Gobbi, "El último bohemio", del que no existe edición ni partitura. Palermo lo grabó de acuerdo a como se lo había pasado el mismo Gobbi en el piano.

La buena repercusión que tuvo este trabajo llevó al trío nuevamente al disco un año después, con arreglos más elaborados. El lugar de Miguel Luna fue ocupado por Domingo Laine, y el guitarrón de Pereyra, por Ernesto Báez (El Negro). El repertorio incluyó títulos de grandes compositores como Francisco De Caro, Alfredo Gobbi, Aníbal Troilo, Anselmo Aieta y Lucio Demare.

En 1972, el sello Cabal convoca al conjunto para un trabajo que incluye seis temas cantados por Héctor Darío: "La noche que te fuiste"; "Tormento"; "Un poco de todo" (de Osvaldo Tarantino y Juanca Tavera, dedicado a Edmundo Rivero); "No serás un recuerdo" y "Romance para una vereda". A su vez el trío de guitarras puso "Recuerdos de bohemia"; "Payadora"; "Danzarín", "Compadre y milonguero"; "Valsecito alegre" y "Del bajo fondo", esa joya del enorme Osvaldo Tarantino.

En este sello —Cabal—, acompaña a Edmundo Rivero en el año 1975 y, al año siguiente, participa como guitarrista solista en una notable experiencia con la orquesta de Alberto Garralda. Es ésta una producción ejemplar. En este conjunto de cuerdas Bartolomé participa en cuatro temas: "La reja", "Caminito", "Mimí Pinsón" y "Vieja luna". En ellos, Garralda dejó el espacio para que la guitarra improvisara sobre un determinado esquema. El resultado fue excelente.

Es bueno detenerse en los nombres y apellidos de aquella formación: Osvaldo Tarantino (piano); Eduardo Walczak, Reinaldo Nichele, Fernando Suárez Paz, Mario Abramovich, Tito Besprovan y Nito Farace (violines); Abraham Selecson (viola); José Bragato (cello); Kicho Díaz (contrabajo) y bandoneón, arreglos y dirección Alberto Garralda. Un lujo todo.

Hoy Bartolomé exhibe una experiencia y una sabiduría evidente. Conoce mucho de lo suyo y sabe que no hay que poner todo el conocimiento en una obra. Sólo los necesarios para crear la atmósfera que ella requiere. Sabe el valor de la síntesis; conoce que a veces la capacidad expresiva de un silencio es más fuerte que una catarata de notas por lindas que éstas puedan sonar. Las azadas de su memoria rescatan modelos grandes: Grela, Canet, el Negro Báez y tantos otros que han hecho escuela.

Sabe, también lo confiesa, que el presente laboral plantea incógnitas futuras, pero las asume con tranquilidad y realismo. Tiene proyectos y, todavía, sueños.

Participó en el compacto que Nelly Omar grabó en 1997 —Por la Luz que me Alumbra— como protagonista en la dirección y arreglos musicales y eso lo llena de orgullo: «La Gardela—dice—, siempre se rodeó de los mejores y el hecho de grabar con ella sugiere que estoy en ese lote». También es consciente que este trabajo es un pasaporte a la historia. «Todo lo que ella ha grabado se seguirá escuchando por mucho tiempo, mucho más de lo que pueden abarcar nuestras vidas. Los hijos de mis nietos me van a escuchar cuando las pasen y, seguramente, se van a sentir orgullosos del viejo guitarrero que por entonces habitará una ramita del árbol genealógico de los Palermo».

Mientras tanto, sigue dando clases a un puñado de alumnos, transmitiendo vivencias y sapiencia a los jóvenes; entrenándolos para -como dijo hace poco Dino Saluzzi- la ilusión y el hambre.

Sigue grabando como acompañante de varios cantores, como: Carlos Barral (1998), Abel Amorós (1999), Alejandro Muzni (1999), Pablo Banchero (2001), Walter Yonsky (1999 y 2001), Hugo Araujo (2006) y Hernán Genovese (2007), entre otros.