Pedro Quijano

Nombre real: Quijano Mansilla, Pedro
Guitarrista, profesor y compositor
(29 septiembre 1875 - n/d)
Lugar de nacimiento:
Salta Argentina
Por
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s otro de los tantos forjadores del tango absolutamente olvidado por el transcurso del tiempo. Sólo quedan de él, algunas partituras y algunas breves referencias de otros músicos. Sus obras las firmaba, Pedro M. Quijano, no sabíamos a que se refería la letra M, hasta que encontramos el dato de su nombre completo.

Gracias a la información que nos proporcionaran Matilde y Paula (bisnieta y tataranieta de Quijano), sabemos que nació en la provincia de Salta y murió en la ciudad de Buenos Aires hacia el año 1944 o 1945.

Resultan fundamentales los datos aportados por Domingo Prat en su Diccionario de 1934 (Editions Orphée-Columbus), en el que se lee:

«En 1887 ingresa en el Conservatorio Nacional, dirigido entonces por Don Juan Gutiérrez, y estudia el violín, llegando, sin finalizar su estudio, a dominarlo de forma airosa. Escuchando tocar la guitarra a un payador, en uno de los rincones típicos del Buenos Aires antiguo, en que se hacía música y se mantenían grandes reuniones de contrapunto por las tiendas de comestibles, Quijano experimentó la gran influencia que lo indujo a emprender el estudio de la guitarra, y lo hizo en forma autodidáctica, valido de los conocimientos musicales que poseía.

«Su constante asistencia al negocio de Raconi, en las calles Perú y Garay y a la Berbenita, Belgrano y Saavedra, donde se reunían los más famosos guitarristas y payadores de aquella época, como Alais, Garcia Tolsa, Pablo Simeone, Caprino, Emir Absandastek (un turco que interpretaba admirablemente las cosas criollas), Gabino Gardizábal (el payador que indujo a Quijano a tocar la guitarra), Gabino Ezeiza, Pablo Vázquez, Nemesio Trejo (gran periodista, escritor y payador) y muchos otros, le sirvió a Quijano entre las más provechosas lecciones que tomará; ya que su espíritu, de sana emulación, le atrajo al estudio y le aguzó la atención hacia los guitarristas de quienes podía tomar algo.

«Dominando ya su instrumento, Pedro Quijano se dedicó desde muy joven al profesorado, ocupando las cátedras del Conservatorio de la Capital durante el período de 1892/93 y del Círculo de Obreros, de Flores, dando también sus clases privadas que lo relacionaron con muy distinguidos hogares argentinos. Entre sus discípulos pueden citarse: Maria Luraschi, Maria Méndez, Lola Ocampo, la señorita Espinosa, las hermanas Salgado, el Dr. Alejandro Zalbarriaga, gobernador de la Pampa, el Dr. Obligado, abogado y dibujante y el Dr. Rueda, que anteriormente ya había estudiado con Alais, García y G. Sagreras.

«En calidad de ejecutante, a Quijano sólo se le escuchó en casas de familia, en rueda íntima; formando parte de rondallas, como la que perteneció a la Sociedad Los Baturros, sobre todo, por esos rincones que hemos dicho se formó su base de guitarrista, y por los campamentos revolucionarios de febrero de 1904, en los cuales Quijano dejó caer música de vidalas en las largas noches de espera.

«Las obras que ha publicado alcanza el número de 28; pero de entre ellas sobresalen las que su autor incluye en “Auras camperas”, algunas de las cuales, como “Qué polvo con tanto viento”, se han hecho popularísimas al oído de los argentinos; lo mismo decimos de “El arribeño” (estilo), “Ecos de mi pampa” (estilo), “La salteña” (zamba) y “Gato correntino”, no habiendo, puede decirse, principiante, y aún buen guitarrista, que no las ejecute o ejecutase estas dos últimas, en algún tiempo.

«Últimamente, Quijano ha publicado tres obras más, pero fuerza es decirlo, no tienen el rico sabor que distinguiera a las anteriores tan preferentemente. La popularidad de Pedro Quijano como compositor, tal vez se deba en gran parte, al hecho de creérsele muerto, suposición que ha durado más de veinte años. Sus colegas profesores, en la Argentina, lo hicieron conocer de los alumnos dándoles a tocar sus obras, cosa que difícilmente harían si lo supieran vivo; pero de cualquier manera, a corto plazo, la fama de Quijano se acrecentaría por la sencillez de sus obras, por los motivos ricos y lo bueno de su composición, que si bien no tiene alto vuelo musical —pretensión que su autor no tiene— no deja de acusar valores que no escapan dentro de la modestia de sus producciones.»