Por
Ricardo García Blaya

on este eximio músico se dividen las aguas de los entendidos y de aquellos que no lo son tanto, pero que disfrutan de nuestro tango.

Para algunos, es un fiel exponente de la escuela pianística inaugurada por Osmar Maderna y desarrollada por Horacio Salgán, tanto por su estilo como por su virtuosismo. Para otros, que no discuten sus cualidades artísticas, carece del yeite tanguero y lo acusan de utilizar formas jazzísticas que desnaturalizan al género.

A mi entender, las dos posturas tienen su parte de verdad, pero volvemos al tema de siempre: el gusto de cada uno. Además, es muy difícil simplificar su estilo en una definición absoluta, ya que no es lo mismo el Berlingieri que tocó con Aníbal Troilo, que el que luego hizo binomio con Ernesto Baffa y, mucho menos, con el actual.

Horacio Ferrer lo describe en estos términos: «...transparentó desde la primera instancia, la admiración por los estilos de pulsación liviana, propensos a los tiempos más bien rápidos y al abundante dibujo de la melodía, como los de Salgán y Maderna. Sobre esa base fue perfilando su individualidad: una mano izquierda con buen sentido de la conducción orquestal y una mano derecha nerviosa, ligera, inclinada al virtuosismo. Y, en ambas manos, un generoso caudal de ideas, en el que ciertas reminiscencias armónicas de jazz, la ostensible atracción temperamental por el fraseo extremadamente rubato y la facilidad de improvisar sobre la marcha del arreglo...»

Nació en Haedo, Provincia de Buenos Aires. Su etapa profesional comenzó en 1944, como pianista de la orquesta acompañante de Héctor Mauré. Luego pasó por muchas formaciones: Domingo Federico, Joaquín Do Reyes, Edgardo Donato, Lucio Milena, Héctor Varela, Emilio Balcarce, Roberto Caló y es probable que me esté olvidando de algunas otras.

También recorrió Centroamérica, cuando fue requerido por el cantor Raúl Iriarte para que se haga cargo de su orquesta.

Pero su vuelo ascendente se produjo cuando se incorporó a la orquesta de Troilo, para reemplazar a Osvaldo Manzi. Con Pichuco estuvo casi once años, desde el 24 de septiembre de 1957 hasta mayo de 1968, cuando participó en su último cuarteto completado por Ubaldo De Lío (guitarra) y Rafael del Bagno (contrabajo).

Durante 1959, integró paralelamente dos formaciones pequeñas: el trío Los Modernos, junto a otros músicos del Gordo: Alberto García (bandoneón), Alcides Rossi (contrabajo), después José Pro y el cantor Roberto Goyeneche, y el cuarteto Los Notables del Tango, con Leopoldo Federico (bandoneón), Leo Lipesker (violín) y Omar Murtagh (contrabajo).

En ambas llegó al disco, con el trío hizo una docena de registros, de los cuales destacamos: “El guardián”, de García, “Ciudad en gris”, de Berlingieri —dos tangos ejecutados en forma instrumental—, y “Yo te perdono” y “Tamar”, cantados por El Polaco. Con el cuarteto grabó cuatro temas en total: “Ciudad dormida”, que también le pertenece, “Mala junta”, de Julio De Caro, “Contrabajeando” y “Lo que vendrá”, de Astor Piazzolla.

Además, de haber colaborado con Libertad Lamarque en la dirección de su acompañamiento, en 1965, armó otra pequeña formación con Ernesto Baffa que, dos años más tarde, se convertiría en la recordada orquesta, con la voz de Goyeneche, en uno de sus mejores momentos. Las grabaciones del binomio Baffa-Berlingieri y el rubio cantor son inolvidables.

Colaboró con Héctor Stamponi en la orquesta que acompañó en las últimas grabaciones a Edmundo Rivero y, con la de Atilio Stampone, en los discos con Goyeneche.

Algún tiempo después, compartió otro trío con, Leopoldo Federico y el contrabajista Fernando Cabarcos, que grabó más de 30 versiones instrumentales para el sello Victor, mezclando clásicos del género con tangos nuevos.

En la segunda mitad de los ’70, fue contratado como director musical por la cantante española Nati Mistral, con quien hace giras, varias de ellas por Japón.

En 1989 con su propia orquesta, editó un disco compacto, Identificación, con 14 temas, el primero de ellos, una muy buena versión de “Taconeando”.

Como compositor, podemos mencionar entre otros, los instrumentales: “Ciudad dormida”, “Siempre otoño”, “A mis viejos”, “El resuello”, “Pisciano”, “Compadrita mía”, “Contacto en Buenos Aires”, “Ritual”, “Tiempo imaginario”, “Ciudad en gris”; además de “Tamar”, con letra de Oscar Núñez, “Che Discepolín”, con Héctor Méndez, “Milonga que canta el aire”, con Héctor Negro y “Un episodio más”, con Luis Filipelli.

Resultaría agotador llegar con su trayectoria hasta sus últimos días, pero podemos testimoniar, que siguió tocando y actuando como si los años no pasaran, deleitando a su público en los más importantes escenarios porteños, expresando siempre, su especial concepción del tango.