Una noche muy cruda de invierno a Langosta lo vieron pasar con un traje marrón entallado y una saga tristeza al mirar. Con el pucho apagado en la boca recostóse el malevo a pensar en quién sabe qué cosas tan locas que a veces los chicos lo vieron llorar.
Las viejas decían: "Son cosas de amor que tarde o temprano se habrán de saber". Y cuentan que un día lo vieron volver diciendo, borracho, con hondo rencor: "Tal vez algún día terminen de hablar que para ese ejemplo me tengo yo fe... Yo tengo el remedio que no ha de fallar..." Dio un beso al cuchillo y cantando se fue.
"Que soy malo murmura la gente, que a llamarme Langosta llegó; que jamás me encontraron sonriente y que miro con rabia y rencor... ¡Yo no puedo mirar de otro modo ni es posible esconder lo que soy!... Desgraciarme no quiero del todo... Por eso me callo, suspiro y me voy..."
Una noche después de algún tiempo a Langosta lo vieron venir con un brillo fugaz en los ojos y una mueca feroz al reír... Al llegar a la esquina en que siempre recostóse el malevo a pensar, arrojando a la calle el cuchillo, besando un retrato se puso a llorar... |