Una cita primera en la tarde de abril: el otoño es dorado en las hojas; la ilusión, un candil en los ojos; la ansiedad, un temblor en la boca. Ella dice que el cielo quisiera alcanzar; él sonríe y le tiende su mano. Se ve felices a esos aprendices del amor paseando por la gran ciudad, tan lejanos a la soledad.
Y esa noche la magia se asoma y en el cuarto se huele a rocío; ellos sienten que el tiempo se puede parar ¡y que el cielo se puede alcanzar! Ella dice ¡te quiero! y reclama. El responde ¡te quiero! y entrega. Y el amor les derrama su savia, les presta sus alas, los deja volar.
La mañana regresa. Es domingo y hay sol. La ciudad despereza con calma. En un cuarto que huele a rocío ellos cubren su piel y su alma. Cada cual por su lado se los ve partir, del destino del mundo olvidados. Por unos días andan muy callados, algo atolondrados. Se les pasará al volver sus labios a juntar. |