Pincelaba la noche con sus sombras el sueño de aquella muchachita con alma de gorrión, dulzura de guitarra besando la ventana rumor de serenata celebrada en la voz. Como la tierra virgen su juventud dormida floreció en ese instante para aquel trovador, ansiosos en la reja trepaban los jazmines esparciendo en el aire la gracia del amor.
Embriagadas de estío callaron las palabras oyendo los latidos del propio corazón separados tan sólo por cristales cerrados bebieron el olvido sin saberlo los dos. No hubo un “gracias” de brisa enamorada caricia a los anhelos del sueño del cantor lentitud de los pasos, presagio de la pena temblor del desencanto que el silencio le dio.
Transcurrieron los años y aquella serenata perdura en el recuerdo de la niña-gorrión, a veces en las noches de verano la arrullan los ecos de la ausencia desvelada de adiós. Hoy la mujer ha abierto ventanas a la vida nuevas lunas le auguran compases de emoción aunque dentro muy dentro, un dejo de inocencia desmaya en el intento de escuchar esa voz. |