Gambeteaba la pena en sus ojos y en su cara color tierra siena, las miradas de angustia, cruzaban jineteando detrás de la pena. Se llamaba Felisa Tolosa y era guacha, con nombre prestado; el Felisa, lo había pedido y el Tolosa, lo había inventado.
Nunca tuvo ni donde morirse, nunca supo lo que era alegría, y llorando la vieron mil veces los caminos de la serranía. Nunca pudo besar una mano paternal, que le hiciera un halago, y sus hondos pesares sabían los gorriones y perros del pago.
Hasta un día que vino un resero, de bombacha y pañuelo floreado y un suspiro de fuego en la oreja, le dejó, como un aro, colgado. Se encontraron de frente a la luna... ¡de suspiros volaron bandadas!... Y domaron sus bocas a besos, esa noche dos almas trenzadas.
El resero largó a la Tolosa y ninguno su nombre ha sabido... El resero se fue para siempre y enancado llevaba el olvido. Y hoy, Felisa Tolosa, no espera en sus pilchas sonriente dormita, y a su lado, prendida del pecho, tironeando se ve una guachita. |