En ésas, tus viejas canchitas de tierra, fui Rendo y Onega, Artime y Verón. El alma mecía en el travesaño: el mundo pendía de un grito de gol. Y bajo tu bella y añosa arboleda, Parque Avellaneda, la ví suspirar, después de aquel beso primero y profano —regalo temprano de la pubertad—.
La vida que pasa es como una rueda; te lleva, te lleva, en loco girar. De aquello vivido ¡qué poco ya queda! Parque Avellaneda... sólo recordar. ¡Vamos, viejo Parque!, sigamos girando, tal vez recordando la vuelva a encontrar, y envuelto con ella en sus brazos míos, me cubra del frío de la soledad.
Los duendes paganos copaban Lacarra, y junto a la barra, en el Carnaval, en todas las casas armaban la farra, de murga y comparsa, de baile y disfraz. Tu cielo alcanzaba mi fiel barrilete, y el mundo le abría camino a tu tren. Sus ojos buscaban mi amor de purrete, sus labios reían de mi timidez. |