Yo te he visto, mujer, aquella noche, en el turbio bodegón de la ribera, entregarte de lleno, tal cual eras, de penas, alegrías y dolores, a los tristes bandoneones del suburbio que en un tango lloraban sus amores; yo te vi, mujer, aquella noche, más pálida que nunca, más triste y ojerosa, y vi que tu vida estaba trunca y quemabas tus alas de linda mariposa.
Y no sé, mujer, por qué, si de coqueta o de nerviosa, de rara o vanidosa, reías y reías como loca. Y sin darte cuenta tú de que el tango en su agonía iba llevando en su triste melodía el alma enferma de tu vida rota.
Oh, mujer, que aquella noche, en el turbio bodegón de la ribera reías y reías como loca, sin saber que tu vida estaba rota y los tristes bandoneones del suburbio lloraban quizá tu último tango. |