Silenciosamente la miré, vi su boca roja que se abría y en el ardor de un beso prolongué aquel instante de emoción y amor... Su blanco plumaje desplegó al compás de extraña melodía; entre un suspiro mío se alejó y en busca de otro amor, tal vez se fue.
Ibis seductor, si supieras lo que lloré cuando después de aquel encanto, desperté: ¡El goce trocado en dolor! Ibis, al volver, buscases de nuevo mi vida sabes que, en mi alma, una herida está llorando la ilusión de ese ayer.
Besos que en un tiempo disfruté boca que mentía: ¡Sólo tuya! Ojos de cielo que su luz robé y hoy me enceguecen sin poderlos ver. Risa cuyo alegre cascabel suena cual si fuera un aleluya. Tal vez mi llanto sepa conmover y pueda, así, gustarlos otra vez. |