Al caminar el tobiano diquea la cabezada más lustrosa y bien cuidada que cadena de italiano, un moño rojo, galano, le bate al sol su spamento, mientras el dueño contento con la mano hace bocina y grita, mientras camina: ¡Durazno a cuarenta el ciento!
Lleva alpargata de lona, a rayas el pantalón, negra faja de algodón, su camiseta aprisiona, el funghi no desentona la pinta en ningún momento porque en su requintamiento sombrea su vista rana al batirle a una fulana: ¡Durazno a cuarenta el ciento!
No hay bache que no conozca de Belgrano a Mataderos, para él no hay pozo fulero de Villa Crespo a la Mosca; en su hombría sana y tosca hay algo de sentimiento, lanza su pregón al viento en una nota alargada y alborota la barriada: ¡Durazno a cuarenta el ciento!
¡La flor del monte, patrona! ¡“lo brisco” y los “amariyo”!... y acariciando al potrillo un compás de tango entona; tiene una frase burlona y un piropo en un momento y mientras observa atento a una paica que transita se sube la faja y grita: ¡Durazno a cuarenta el ciento!
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