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Al Troesma desde la mitad del mundo
¡Qué tango!
Por Abdón Ubidia
Ensayista y escritor, nacido en Quito en 1944, obtuvo
el Premio Nacional de Literatura en 1979 con su libro de relatos "Bajo
el mismo extraño cielo ". En 1986 volvió a conquistar
la misma distinción con su novela "Sueño de lobos ", obra
consagrada, además, como "El mejor libro del año" por
la revista Vistazo. Entre sus obras publicadas se destacan "La poesía
popular ecuatoriana" (1982) y "Divertimentos o Libro de fantasías
y utopías" (1989). Es director de la revista cultural "Palabra
suelta " y en breve publicará su "Antología del cuento
ecuatoriano contemporáneo, -40 autores nacidos a partir de 1940-
".
Gardel vino a Quito en los años cincuenta. Entonces
la ciudad, casi reducida al centro histórico, se mostraba -según
el orgullo recoleto de sus habitantes muy "Franciscana y conventual".
Plazas adoquinadas, iglesias y campanarios, tejados inmemoriales, escalinatas,
cuestas espeluznantes, postes de eucalipto con un solitario foco mortecino
y un enredo de alambres retorcidos y negros, amén de lomas y
quebraduras, le daban una imagen tortuosa y crispada. Ni el moderno
norte, ni el nuevo sur, algo anchos y algo planos, existían aún.
De modo que Quito no era este Quito. Tampoco ese Gardel era Gardel.
Era una copia ambulante, disminuida y sola, que llegó a nuestra
aldea andina -a la sazón un poco rehusada por los viajeros-,
vestido, peinado y cantando como el Maestro. La imitación era
perfecta. Días de la radio, al fin, se presentaba en los auditorios
de entonces: cincuenta sillas dispuestas en torno a un escenario minúsculo
con un enorme micrófono en el centro. Pero eso no era todo. El
hombre también había escrito un libreto: una biografía
de Gardel, por supuesto. De manera que, durante meses, los radioescuchas
quiteños pudimos revivir, entre tango y tango, las aventuras,
búsquedas y pasiones del "zorzal criollo", actuadas precisamente
por quien había consagrado su vida a la tarea de parecérsele,
mejor: de ser como él; más bien: de reencarnarlo.
Un día el "émulo de Gardel", se fue de
la ciudad y nunca más se supo de él.
No recuerdo su nombre y hasta dudo de que fuese argentino.
Es decir que, al menos en mi memoria, se consumó de perfecta
manera el destino de un artista que solo quiso para sí la fusión
total con el Maestro. Entonces yo era un niño y no había
leído a Borges ni sospechaba sus caros juegos con las ideas del
doble y del otro. No podía saber, pues, que tenía muy
cerca de mí a otro Gardel, solo que sin fortuna y sin gloria,
la perfecta imagen de un Gardel anónimo. No podía saber
tampoco que ese hombre apenas estaba repitiendo el destino de tantos
otros soñadores empecinados en alcanzar un sueño que ya
se había acabado.
De todos modos el "émulo" dio sentido a muchas
incógnitas que vagaban sin rumbo en el mar de mi mente confusa
y dispersa: la palabra tango, las canciones que cantaba mamá,
a la sordina, antes de que papá llegara a la hora del almuerzo;
las vívidas nostalgias de la abuela y de la tía abuela
(que de jóvenes habían tocado la guitarra y la mandolina)
y también de la tía soltera, cuando recordaban las viejas
películas. Y, no faltaba más: los bailes audaces, geométricos,
del tío donjuán con la novia de turno, o los cantos del
tío cantor, quien aparte de vivir en la selva, tenía en
la familia el incurable estigma de ser masón y ateo.
Esa fue mi temprana introducción al mundo del
tango y, en especial, de Gardel. "Volver", "Cuesta abajo", "Adiós
muchachos" ¿cuántos miles de veces no los habré tratado
de cantar con mis sucesivas voces, a sucesivas novias, reales o imaginadas,
a lo largo de los sucesivos años? El misterio es grande: ¿qué
tenían que ver con mis ansiedades íntimas esas letras
que hablaban de volver a un Buenos Aires del que yo nunca había
partido, o de añorarlo desde un París remoto, o, para
colmo, que cantaban a "pebetas" hundidas en el fango? Nada. ¿Nada?
Tal vez sí. Tal vez el tango nos sirva justamente para eso: para
alcanzar un estado de ánimo propicio a los sensibleros y necesarios
desbordes del corazón, para acuciarlo con las nostalgias de lo
que nunca se tuvo, de lo no vivido, para obtener, por reflejo directo,
una imagen virtual, agrandada y atroz, que nos muestre mejor, de una
vez y para siempre, todas las nostalgias que somos capaces de sentir.
Porque si de sentir se trata nada será más apropiado que
un tango.
Si no fuese así, si el tango no nos sirviese
para evocar aquello que no hemos tenido (incluso los riesgos sentimentales
de una vida marginal y pendenciera, aunque no solo eso), entonces únicamente
debería ser disfrutado por los porteños, y aún
más, por los porteños de ciertos barrios perdidos.
No se trata de expropiarle a Buenos Aires su canción
predilecta. De ninguna manera. Pero vale decir que la legión
no porteña de amantes del tango es inmensa. Y vale añadir
que tal vez sea porque el tango nos proporciona lo mismo que la poesía,
la literatura y el arte en general: la posibilidad momentánea
de ser otros, de vivir otras vidas, de robarle algo más al vasto
mundo que nos rodea y que apenas es nuestro.
Pero habría que agregar que el tango impone,
además de lo dicho, lo específico suyo: una manera heroica
de asumir el fracaso, las traiciones, o el simple sufrimiento de haber
perdido lo que alguna vez se tuvo.
Porque si gracias a él añoramos lo que
no fue nuestro, también añoramos -por una suerte de inducción
paralela y complementaria- lo que sí lo fue: pero ya no.
Esto sirve tanto para el tango de Gardel como para
el que vino luego. Y me es inevitable recordar la caudalosa orquesta
de Troilo acompañando a Edmundo Rivero, o la voz de Susana Rinaldi
cantando a Cátulo Castillo o a Homero Manzi, o el timbre perfecto
de Julio Sosa y también los juegos de estilo de Alberto Castillo
y Roberto Goyeneche, eso para no hablar de quien le dotó de un
rostro actual al tango: Piazzola. En todos ellos y cuántos más,
pero sobre todo en ellos que son mis preferidos, el lenguaje tango,
la pasión tango, el sentimiento tango, se expresan de una manera
cabal y completa. Ellos crean -como dice Sábato- "un ser profundo
que medita el paso del tiempo", y que lo hace a golpes de un desdeñoso
dolor, hecho de adioses y viejas heridas.
El paso del tiempo. Cómo no echar una lagrimita
por él cuando recordamos todo aquello que ya no es: esa vieja
ciudad, esa familia, esas novias, nosotros mismos cuando perseguíamos
-como el anónimo cantor antes evocado- algún enorme sueño
ya muerto. Sí: es como para decimos: "¡Qué tango,
Dios, que tango!". Y con algo del estilo de Gardel.
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"Al Troesma desde la mitad del
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