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Al Troesma desde la mitad del mundo
Tango mío
Por Edmundo Rivadaneira
Nació en 1920. Periodista, ensayista y escritor,
su obra "Novela italiana de la segunda posguerra" obtuvo el Premio Universidad
Central en 1959. Igual distinción obtuvieron "Capítulo
de la memoria" en 1967 y "La novela ecuatoriana" en 1978. De sus obras
publicadas se mencionan "Mi encuentro con el hombre", "Dieciséis
cuentos ecuatorianos", "La condición humana a través de
Frankestein y Drácula", "Cuadernos de itinerario" y "Recopilatorio".
Fue vicerrector de la Universidad Central y decano de la Facultad de
Artes. Actualmente se desempeña como profesor de la Escuela de
Ciencias de la 1nformación. Rivadeneira es columnista de importantes
medios de comunicación.
Parece ser que la voz tango era parte orgánica
importante de la vida musical de los negros que poblaban la costa atlántica
hispanomericana, desde el Río de la Plata hasta México.
Esto ha llevado a pensar en el probable origen africano del tango. Su
ritmo, al menos, ha sido rescatado como un componente de indudable procedencia
africana.
De cualquier manera, tratándose de "una cosa
de negros", el tango asomó asociado fatalmente a un injusto y
cruel desprestigio racial. De ahí que en 1788 se prevenía
en contra de los bailes negros, "por el bien de la religión,
del Estado y del público".
Tales bailes se llevaban a cabo en los "tambos". Que
no eran sino vaquerías, albergues o ventas donde los negros realizaban
reuniones festivas y donde "negros de ambos sexos se dedicaban al tambo
y bailes indecentes".
Es muy posible que la voz tambo se haya convertido
en la voz tango, en alguna ocasión en que se asentó el
término en un documento. En todo caso, el tango se desarrolló
en la práctica como un audaz y atrevido, prohibido y repudiado,
considerado indigno y lesivo, contrario al honor y la moral de las personas,
sobre todo de las mujeres.
Sin embargo, el tango prosiguió su camino, a
través del cual va tomando forma y clarificando poco a poco su
contenido y sus alcances. Viajó inclusive a Europa, al igual
que lo hicieron otras manifestaciones de la cultura latinoamericana
de la época, en calidad de materia prima que más tarde
retornaría elaborada.
De Europa volvió, en efecto, enriquecido en
su morfología y hasta sofisticado. De paso por la ciudad de La
Habana, adquirió formas ya decisivas y de ahí el nombre
de "habanera" con que se le conoce durante un tiempo.
Arraigado como expresión propia de los pueblos
rioplatenses, se llamará "tango-habanera". Finalmente, se radicará
para siempre en la palabra "tango", acerca de cuyo significado y características
sociológicas, históricas, musicales y literarias se ha
dicho y escrito muchísimo.
De los tambos donde los esclavos negros se congregaban
para celebrar sus jolgorios habituales, el tango pasó a la ciudad.
"Llevaba un hálito tibio de pecado -dice Ezequiel Martínez
Estrada-, resonancia de un mundo prohibido, de extramuros. Despúes
echó a rodar calles en el organito del pordiosero, para adquirir
ciudadanía. Se infiltraba clandestinamente en un mundo que le
negaba acceso. Así, a semejanza de la tragedia en la carreta,
llegó a las ciudades hasta que entró victoriosamente en
los salones y los hogares, bajo disfraz".
Parecido proceso de asimilación y posterior
dominio triunfal se operó con el jazz en los Estados Unidos.
El pueblo suele a veces conquistar las altas esferas, no por las armas,
sino por intermedio de la música. Impone, en último término,
su sensibilidad ancestral y hace cantar y bailar a quienes, en cambio,
le imponen su sistema. También el vals entró en los elegantes
salones de los emperadores de Austria, precedido de olores de panadería
y romances populares.
El caso, es, en fin, que el tango culminó su
larga historia, terminando por ser uno de los aspectos más sugestivos
y valiosos de la cultura rioplatense. Desde los escarceos lujuriosos
de los negros ha llegado a ser aquello que el maravilloso Discepolín
dijo del tango argentino que no es sino "un pensamiento triste que se
puede bailar", porque "la tristeza es el corazón que piensa".
Edmundo Eichelbaum dice, en su biografía de Carlos Gardel, que
el tango es una síntesis de muchas tristezas diferentes e individuales.
Era de Gardel de quien, precisamente, queríamos
hablar a propósito de conmemorar el próximo diciembre
el centenario de su nacimiento. Este 1990, es, pues el año de
Gardel.
No superado hasta la fecha, cuando Carlos Gardel está
cantando mejor que nunca, evocar su arte y su personalidad es rendir
homenaje al pueblo en cuya alma caló tan hondo el Morocho del
Abasto. En el marco de su genio musical y el amplio repertorio de sus
canciones, cabía el perfil de la "mersa maleva" al lado de expresiones
elevadas. Del lunfardo en el que Gardel era verdadero maestro, pasaba
a ser explícito y claro como el agua. De un lenguaje de réprobos
cifrado por necesidades de la comunicación clandestina, Gardel
pasaba a las canciones menos comprometidas. Y todo ello en alas de una
voz única, gracias a la cual podría modular la profundidad
de los significados humanos, sociales o puramente románticos.
En el precioso libro de Sabat, "Tango Mío",
se resume la historia moderna del tango. Uno puede escoger, de sus páginas,
el exponente que más le guste, entre Eduardo Arolas y Astor Piazzola,
para quien, no obstante, la voz de Gardel jamás miente, "y si
canta cada día mejor será porque los discos ensayan por
la noche".
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"Al Troesma desde la mitad del
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