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Al Troesma desde la mitad del mundo
Gardel en su tumba de Chacarita
Por Galo René Pérez
Novelista, histonador y ensayista, nació en
Quito en 1923. Fue presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y
actualmente es director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Sus
obras más destacadas son "Confesión insobornable" (dos
volúmenes); "Tornaviaje" y 1a "Historia crítica de la
literatura hispanoamericana " (dos volúmenes). Recientemente
publicó "Un escritor entre la gloria y las borrascas, Vida de
Juan Montalvo" considerada por la crítica especializada como
una de las biografías más completas realzadas sobre la
vida y la obra del gran escritor y político ambateño.
Se ha dicho que un paseo callado por el interior de
los cementerios vale tanto como la mejor lección de filosofía.
Ir despacio por en medio de esa fría geometría de rectos
caminitos, de cipreses inmóviles, de mármoles y de muros
blancos alineados con una disciplina definitiva, ayuda en efecto a meditar
en nuestra natural exigüidad: en ese tope final, común e
inevitable, de nuestros alientos. Las ciudades de los muertos, como
situadas en un occidente preciso donde todo va declinando -el calor
de los afectos, la luz de las evocaciones, el brillo de la fama y de
la fortuna-, se asemejan entre sí, no obstante el diverso carácter
de los pueblos.
En las grandes urbes, colmadas de millones de vidas,
los cementerios se multiplican sin tregua, para alcanzar a recibir las
ramas desprendidas, quebrantadas, de esa abundosa fronda humana. Y dilatan
ellos, además, sus dimensiones, en grado que impresiona: son
como un abrazo de gigante en el que van cayendo, hora tras hora, decenas
de cuerpos empujados por la muerte.
Buenos Aires tiene una necrópolis -un lugar
de queda según el viejo decir que ha ido adquiriendo extensión
enorme: es el cementerio de Chacarita. Está no lejos del centro
de la capital. Y, como es lo ordinario en estos sitios, se han establecido
frente a su entrada mercaderes de flores, que las venden en ramos suaves,
tersos y frescos, aunque de anticipado aroma funeral. Este último
detalle es motivo de rara repulsión en el fondo de nuestras intimidades.
Pero hay muchos visitantes dispuestos a comprar la simbólica
ofrenda antes de hacer camino por los rincones de Chacarita en que yacen
sus deudos.
En una mañana de octubre de algún año
quise a mi vez recorrer, por la simple tentación de hacerlo,
ese tranquilo horizonte de vidas apagadas. Me fui pues perdiendo en
su laberinto de rigideces. Al andar únicamente sentía
el eco límpido, neto, de mis pasos, que quizás era la
respuesta justa a las eternas oquedades del contorno, individualizadas
con nombre y número para cada prisionero de su ración
de sepultura. Caminaba desprevenidamente. La presencia del mármol
y de la piedra lisa de los mausoleos no cesaba de castigarme con las
severas impresiones que filosóficamente recogió Salomón
en su viejísimo libro del Eclesiastés. Los haces de flores
que expiraban al pie de esos túmulos me parecían la representación
de la marchitez humana que se escondía bajo tierra. Y discurriendo
así, de un lado para el otro, bajo los caprichos del azar, fue
como me encontré de pronto ante una figura humana trabajada en
bronce, en tamaño natural, que se erguía sobre un plinto
de piedra. El ademán de esta escultura (porque en efecto lo tenía)
era como el de alguien que gozó en su existencia de una habitual
fuerza comunicativa, y que sin duda se vio rodeado de vehemencias admirativas
y de pasiones y afectos. Para ser verdadero aseguraré que, como
corroborando el aire y el gesto que creía advertir en la estatua,
había en ese mismo instante, en torno de ella, gente de la más
diversa condición.
Y movido yo precisamente por tal circunstancia, me
aproximé a averiguar cuál era la probable figura ilustre
que concitaba tanta atención. Lo primero que observe fue la actitud
de una anciana que apoyaba sus codos sobre la piedra de dicha tumba
para hacer tal vez una oración, entrelazando expresivamente sus
dedos descarnados. Minutos después vi llegar a un grupo de niños
de escuela. Vestían delantales blancos, igual que su maestra.
Hablaban sin casi prestarse atención. Pero obedecían a
quien les conducía, sobre todo en el afán de adornar el
lugar con ramos de claveles y de rosas. Parte de éstos se fueron
efectivamente colocando frente a la urna funeraria, que se hallaba casi
arrimada al monumento de bronce.
Me encontraba muy cerca para advertirlo todo. Y de
veras me placía comprobar que también me había
sido un ser querido el hombre al que estaban destinadas aquellas consagraciones.
Impresiones de infancia y de juventud me unían a su recuerdo.
Predilecciones de ahora, también. Leía pues, en ese momento,
las decenas de placas que repetían, en distintos tamaños,
el nombre de Carlos Gardel, y que me revelaban que ahí, junto
a la hermosa escultura de Chacarita, estaban las cenizas de ese inolvidable
cantante que murió, en un accidente aéreo, hace media
centuria. Observaba que sus leyendas provenían de amigos, de
compañeros, de centros folklóricos, de organizaciones
musicales, de empresas de cine, y hasta de personas innominadas que
han confesado en caracteres de perennidad su orfandad amorosa.
¿Cómo hay que explicar esta adhesión
afectiva tan múltiple y tan constantemente renovada? Pues de
la manera más neta y sencilla: recordando que el tango triunfó
allí y en casi todo el mundo al conjuro de la voz inconfundible
de Gardel. Porque aquello que tiene características de cosa única
en cualquier arte, sea mayor o menor, cuenta con posibilidades más
firmes de adquirir el mérito de los inolvidables. El tango, como
lo cantó Carlos Gardel, suena aún esa su melancolía
que cautiva, por todas partes. Pero él no sólo fue un
intérprete, sino un creador sensible de la música popular
de su patria. Supo en efecto componer canciones en las que jamás
faltaron las ternezas nostálgicas de su tierra porteña.
Todo ello, naturalmente, ha sido causa para que no
dejara de levantarse hacia Carlos Gardel y sus tangos el corazón
conmovido de su pueblo.
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"Al Troesma desde la mitad del
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