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Al Troesma desde la mitad del mundo
Aquel maldito tango
Por Nicolás Kingman
Nació en Loja en 1918. Su primer libro apareció
en 1978 con prólogo de Benjamín Carrión, luego
de una dilatada carrera como publicista y periodista en distintos medios
de difusión del Ecuador. Esta primera manifestación literaria
fue una colección de cuentos titulada "Comida para locos". Su
segundo libro "Dioses, semidioses y astronautas" obtuvo, en 1982, el
Primer Premio Nacional otorgado por la Municipalidad de Quito. Novoa
Arízaga sostiene que "hay un hálito de humor inofensivo,
como constante de una novela que por su originalidad está dispuesta
a luchar por su sitio en el panorama literario del Ecuador". Kingman
desempeña actualmente la dirección del diario "La Hora
" de Quito.
En la Quito cautiva de antaño, ciudad de estrechas
y limitadas lindes, de calles taciturnas y empinadas, campanarios seniles,
casas con balcones combados y zaguanes profundos desde donde salían
-entre plegarias- los ecos espectrales del pasado. En esa ciudad adormecida
y nostálgica, brumosa, a la que las nuevas sobre los sucesos
mundiales llegaban por correo o cablegramas siempre rezagados; también
las modas (como la de la melena pibe y la falda corta en las mujeres
o los pantalones Oxford y el sinsombrerismo en los hombres), para no
alarmar al beaterio y evitar excomuniones, aparecían cuando ya
en otras latitudes (según las versiones que traían hazañosos
viajeros) se consideraban vetustas y ya habían sido reemplazadas.
Cosa igual ocurría con la música nacida
en las entrañas de distantes y distintas naciones. Nos llegaron
tarde la zarzuela, el cuplé y el bolero, así como el one-step,
el foxtrot y el charleston. Pero, ¡oh! manes del espíritu
jubiloso de los pueblos, llegaron por fortuna cuando aún estaban
en boga.
El tango ("aquel maldito tango, para los espíritus
atribulados") arribó a nuestras playas tropicales para compadrearse
con el pasillo y muy pronto trepó hacia estas altitudes andinas.
Parece que esto ocurrió (a juzgar de los testimonios de noctámbulos
cronistas de la época) allá por los albores de los años
veinte cuando ya, como avezado trotamundos, había conquistado
París y aventurándose por lejanas comarcas del orbe. Lo
que demuestra que en su osado itinerario no nos dejó olvidados,
habiéndonos llegado inicialmente modesto, parvo y resumido en
discos que tocaban afónicos gramófonos de manija, cuerda
y bocina, en cuya caja exhibíase el grabado de un manso dogo
escuchando atento "la voz del amo".
Eso fue lo primero. Después, cómicos
de la legua -faranduleros- al presentarse en teatros tan modestos como
"La Puerta del sol" o el "Popular", bailaban y cantaban tangos arrabaleros,
(insertados en su repertorio como por compromiso), logrando conmover
hasta el paroxismo a los de la cazuela que exigían a gritos la
reprise, Así, sin pretensiones, fue manifestándose entre
nosotros el tango en su etapa inicial, divulgándose sin reticencias
en el estado llano que huérfano de grandes espectáculos
y diversiones -lo adoptó como a un hijo pródigo, anticipándose
a los empingorotados señorones de la burguesía (tal como
ocurrió en Buenos Aires) que luego de muchas vacilaciones y sólo
por ponerse a tono con la mode de París, lo acogieron para introducirlo
subrepticiamente en sus clubes exclusivos y elegantes salones.
Por esa época y cuando para llegar a Quito se
necesitaban dos largos días de viaje en un tren sediento que
se detenía para tomar agua cada veinte o treinta kilómetros;
en aquellos tiempos de "la tranvía", de los primeros Ford roncadores,
en los que el tañir de campanas desde los maitines al ocaso,
marcaban el ritmo parsimonioso de sus habitantes; en ese entonces, en
las plazas y parques de la ciudad, asomaron mal trajeados, tres guitarristas
y cantores (ciegos de nacimiento) que lograban con sus tangos convocar
muchedumbres.
Se contentaban con las dádivas de quienes los
escuchaban, pero eran tan sentidas sus canciones, tan tiernos y patéticos
los dramas que en ellas se relataban, que a muchos de los espectadores
les era imposible ocultar las lágrimas. El manto de la noche
cobijando al vecindario, el arrabal amargo metido en la vida como la
condena de una maldición, el malevo guapo de mirar insolente,
aquella fea pobrecita procurando que el mundo no la vea, el organito
crepuscular, la flaca vestida de pebeta, la calle Corrientes 348 sin
porteros ni vecinos; y en fin, toda una amalgama de personajes y una
descripción poética de paisajes y barriadas porteñas,
eran los temas de esas canciones conmovedoras que dejaron una profunda
huella en el alma popular. Pero un día....
Un acucioso intendente de policía, luego de
prolijas investigaciones, descubrió que los tales cantantes no
eran ciegos o lo eran de conveniencia y al no serlo -acusaba- habían
embaucado malamente al candoroso público quiteño, razón
suficiente para sancionarlos prohibiéndoles sus andanzas trastabillantes
y sin lazarillo y, sobre todo, el volver a cantar.
Aquél sólo fue un incidente pintoresco
y pasajero en la seductora y, desde "los tiempos aquellos", activa y
persistente vivencia del tango en esta tierra ecuatorial. Agustín
Magaldi ya era escuchado con unción gracias a las selecciones
que por acá llegaban, cuando se presentó en el Teatro
Sucre el trío formado por Irusta,
Fugazot y Demare,
batiendo todos los records de taquilla. Pronto escucharíamos
a Carlitos Gardel y con él cuántas y tantas inolvidables
canciones tangueras como "La cumparsita", "Yira Yira",
"Caminito", "Silencio", "Lo han visto con otra",
"Anclao en París" y "Esta noche me emborracho"...
así sea "La última copa".
Para qué hablar del aciago día en que
supimos la muerte de Gardel. Ocurrió cuando ansiosamente lo esperábamos
para conocerlo personalmente y tributarle admiración. Para qué
ahondar en ese doloroso recuerdo. Para qué, cuando bien sabemos
que lo de su muerte es una leyenda, ya que Gardel está a cada
instante con nosotros entregándonos su voz, su alma y sus tangos.
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"Al Troesma desde la mitad del
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