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Al Troesma desde la mitad del mundo
El cine que entonó Gardel
Por Ulises Estrella
Ensayista, poeta y cineasta, nació en Quito
en 1939. De su obra poética se destacan sus libros "Ombligo del
mundo", "Convulsionario", "Fuera de juego", "Furtivos poemas furtivos"
y "Cuando el sol se mira de frente". Con su obra "Fuera de juego" obtuvo,
en 1983, el premio Jorge Carrera Andrade de la Municipalidad de Quito.
Además periodista y crítico cinematográfico del
diario "Hoy" y se desempeña actualmente como director de la Cinemateca
Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.
Año 1931. Mientras en Quito la gente se sorprendía
con la voz tranquila y emotiva de Enrique Ibañez Mora, por primera
vez sincronizada para el cine, en la película "La divina canción";
en París, Carlos Gardel enfrentaba su más serio desafío
fílmico: "Luces de Buenos Aires".
Los crecientes melómanos y los nacientes cinéfilos
avizoraban un promisorio futuro en esta fusión de la música
popular con el espectáculo de las imágenes. Sin embargo,
el entusiasmo duró poco, pues el cine ecuatoriano tuvo dificultades
de afirmar en forma autónoma su etapa parlante, y, por otra parte,
un trágico accidente segó tempranamente la vida de El
Zorzal (1935), cuando apenas empezaban a circular por las pantallas
ecuatorianas.
Los oídos, pegados al fonógrafo, acompañaban
pasillos y tangos. Los ojos añoraban los gestos, las miradas,
la pinta. Sobre todo la pinta de Gardel: el rostro fotogénico
con las cejas cargadas de negrura, su sonrisa permanente, el pañuelo,
la corbata a lunares, la camisa a rayas, el sombrero esquinado sobre
la frente.
No solamente las mujeres, también los hombres
(y con más fruición) guardaban las fotos del héroe,
en especial en Quito y Guayaquil, pues en su faz había mucho
del triunfador, del "canchero" que se requiere como aspiración
de comportamiento para no ser tragado por las miserias y soledades de
la vida cotidiana de las ciudades, crecidas abruptamente por las migraciones.
Los teatros Olmedo de Guayaquil y Edén de Quito,
salas de estreno de la firma Paramount (productora y distribuidora)
con la cual Gardel hizo casi todas sus películas, fueron las
puertas de entrada para "Melodía de arrabal" (1932), "Cuesta
abajo" (1934), "El Día que me quieras" y "Tango Bar" (1935).
Creció la iconografía gardeliana, pero
creció mucho más su entonación. Esta cualidad no
solamente musical, también sicológica y social que hacía
que, con su peculiar forma de cantar, produjera en grandes grupos humanos
una atmósfera tonal específica en torno suyo, no transitoria
(como sucede con algunos divos actuales) sino prolongada, como un halo
que sigue rodeando a quienes le oyen y asumen sus letras y emociones.
Alfredo Le
Pera, el fiel y permanente amigo que le acompañó,
creando y estimulándole desde los primeros filmes, hasta morir
con él "abrazados y abrasados" en Medellín, mencionaba
a quienes pretendían que para Gardel era fácil componer,
que "sin pensar en palabras empezaba a tararear", pero luego de analizar
largamente, junto a él, los motivos que impulsaban la acción
(del verso y de los personajes), para luego deducir el grado de sentimiento
o alegría. Eso era encontrar la entonación. El Zorzal
relataba el argumento de la letra, por ello no importaba que las cámaras
se quedaran clavadas cuando cantaba. Y, tampoco las tramas, la mayor
parte de ellas muy mediocres como cinematografía.
Gardel, con Le Pera profundizaron y elevaron la temática
del tango.
Fijaba la pinta en imágenes, el cantor se transfería
al personaje, gracias a su entonación, era pues un cine único
pues varia no por su instrumento propio, sino por ser entonado por Gardel.
"La gente creía que él todo lo podía"
dijo Julio de Caro. El
héroe producía simbiosis y entrega.
A mucha distancia (pues le faltó la cualidad
de creador) el único cantante ecuatoriano que se le acercó,
en cuanto a entonación se refiere, fue Julio Jaramillo.
Sus ojos se cerraron, y el tango, y el cine, siguieron
andando.
Vinieron tempestades, genocidios, exilios e inxilios.
"Los de la mesa de los sueños" (Sur: Solanas) siguen entregando
su pasión al tango y sosteniendo la ilusión de un país
digno y feliz. Roberto
Goyeneche da la nueva entonación y Julio Mafud nos sigue
recordando que Gardel "representó a un pueblo que quiso ser.
A un pueblo que todavía le cuesta ser". Pueblo del que somos
parte todos los latinoamericanos.
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"Al Troesma desde la mitad del
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