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Betinotti y las rubias de New York
El fox-trot en el repertorio de Carlos Gardel
Por Sergio
Pujol
Su fama ha construido el inconfundible perfil criollista
y tanguero, forjado desde 1913. Sin embargo, Gardel actúa en
Long Island habiendo conocido la música norteamericana en su
propio país. Más aún: antes de codearse con Bing
Crosby, escuchar jazz en Harlem, ir a una función de Roberta,
comedia musical de Jerome Kern, y seguir las indicaciones de Reinhardt
para proyectar su imagen en el código descubierto de la sonorización,
el héroe criollo ha grabado shimmies y foxtrots en un Buenos
Aires cosmopolita y moderno. No se trata de grabaciones que representen
a ese Gardel esencial que discos, cintas, fotos y recuerdos
han canonizado. Pero es un material interesante. Por lo pronto, vale
recordar que no se está ante un par de travesuras aisladas: 19
temas catalogados como shimmies y foxtrots nutren una discografía
que también cuenta con 5 canciones francesas con acompañamiento
del jazzman Kalikian Gregor,
un franco-armenio que compartió cartel con el cantante en la
lujosas noches de Niza, una versión más o menos
libre de "Danza de las libélulas" de Franz
Lehar y un exótico cofre con fado, pasillo colombiano, balada
rusa, pasodoble, rumba, jota y aquella canzonetta detestada públicamente
por Carlos de la Púa.
En una justa valorización de su significado
sociocultural, Simon Collier afirma que a Carlos Gardel debemos ubicarlo
en un mismo nivel con Maurice Chevallier, Al Jolson y Bing Crosby, emergentes
todos ellos de una sociedad de masas que asiste a un proceso de acelerada
internacionalización y comercialización que somete a sus
productos a la gratificación de vastos sectores de la población
mundial. Gardel comparte con los artistas anteriormente citados un standard
de calidad desusada en la industria cultural. Esto lo pone en un sitio
privilegiado; él controla, al no ser un producto prefabricado,
sus movimientos dentro de los límites que impone el consolidado
sistema de estrellas. Con voracidad moderna, arrojado sin prejuicios
a una constelación de mediaciones disco, filme, radio,
foto, artículo periodístico, etc., el cantante se
inserta conscientemente en un complejo tejido cultural que corre entre
tradición y modernidad. Si los estilos y zambas que tan bien
cantaba en los tiempos de Saúl
Salinas y José Razzano
lo afiliaban al canto criollo de la Argentina preinmigratoria cuando
quería dejar de ser el francesito, el repertorio
internacional nunca contrapuesto a los otros
pone a Gardel-imagen en un pedestal al que no todo cantante
está en condiciones de acceder. Entre esas puntas están
los tangos, siempre equidistantes del eco de Betinotti
y de las lecciones amistosas de Tita Ruffo.
La situación del fenómeno gardeliano
a comienzos de los treinta se puede ligar a las transformaciones acaecidas
en diversos ámbitos de la cultura popular urbana.
Ahí están como valiosos repositorios
del nuevo estado cultural los ejemplares de revistas como El alma
que canta, La canción moderna, Sintonía,
etcétera. Ya a lo largo de los años veinte se puede notar
desde El alma que canta el creciente espacio consagrado
a las canciones modernas. La sección Lo que
canta el pueblo es un mosaico: junto a tangos, temas de zarzuelas
y tarantelas. "El afilador" es considerado canción-rumba,
mientras que "Fiesta" es presentado como rumba-foxtrot
(12 de enero de 1932). Las canciones no están solas; el cine
Opera actúa como fuerte incentivo y colabora en la gradual evolución
del gusto popular. Compartiendo páginas con propagandas de bandoneones
y partituras tangueras, se ofrecen los mejores motivos de fox-trot
y valses americanos de las mejores películas de la actualidad.
En La canción moderna de Julio Korn,
fox-trot y jazz-band son el nexo con una cultura popular vigorosa, que
viene del norte y ante la cual resulta inútil toda resistencia.
Ya no se espera la aprobación de París o Milán:
comienza a valer un cierto prestigio americano.
Bing Crosby, el ídolo radiotelefónico
norteamericano, se ha hecho carne y uña con Carlitos Gardel
(11 de julio de 1934). Las fotos en sepia en los magazines crean la
ilusión de la cercanía, el achicamiento del mundo: los
criterios gráficos incorporados por Natalio Botana en las páginas
de Crítica hacen de Rudy Valee, Mercedes
Simone, Francisco Canaro,
Don Dean y Carlos Gardel habitantes de una misma galaxia.
En pleno auge radical, Gardel graba su primer shimmy,
antecesor inmediato del fox-trot: "Yo no puedo vivir sin amor",
de Garaboche, Pearly
y Viergol, de 1922. Dos años
más tarde, "Tutankamon", "Pero hay una melena"
y "Oh París" revelan a un experto del music-hall,
el chansonnier José Bohr.
En 1925, Gardel registra "Reyes del aire",
"Honolulu", "La canción del ukelele", "Hola
señorita", "Circe y Amor (Gran buda)", todos shimmies
en boga. Tres años más tarde, el fox-trot desplaza definitivamente
a su antecesor: "Manos brujas", de Aguilar
y "La hija de japonesita", de Montes,
De la Vega y Maroni,
inauguran una línea de repertorio que culminará en 1934
con "Rubias
de New York", fox-trot de Gardel y Le
Pera, respaldado en el disco por la orquesta de Terig
Tucci. Unos años antes, en 1930, en Buenos Aires se graba
"Yo nací para ti, tu serás para mí",
de Nacio Herb Brown y Arthur
Freed (autores de las canciones del famoso filme Cantando
bajo la lluvia), tema por el que pasa la voz abaritonada de un
Gardel de incomparable fonación que subraya una línea
por encima del acompañamiento punzante de un curioso team
de guitarras, piano y violín.
Nacido como danza pasajera hacia 1910 Vernon
e Irene Castle lo introdujeron en salones y teatros, el fox-trot
fue siempre considerado por los jazzófilos una derivación
comercial de la música afroamericana. Es por cierto un ritmo
binario (4/4 y a veces 2/4), con más de una indicación
de tiempo posible, entre lo rápido y el slow fox-trot,
y se produce en el marco del prolífico Tin Pan Alley, barrio
neoyorquino de partituras Pop de comienzos de siglo. Si para el jazz
es solo una de las tantas excusas temáticas a partir de las cuales
improvisar, para la comedia y la revista de los años 10 y 20
el fox-trot significa un modo de captar el vertiginoso transcurrir de
la vida metropolitana.
Gardel, pionero en tantas cosas, es el primer cantante
argentino de renombre que presta atención a esa forma cancionística
que habla de rubias volátiles, whisky prohibido y furtivos amores
en el sedán de papá. Además de los foxtrots originales
en versiones en castellano servicios prestados por Cadícamo,
Numa
Córdoba, Avilés
y Caruso, Gardel acude
a compositores del país que sienten alguna atracción por
otros meridianos musicales (los guitarristas Guillermo
Barbieri y José
María Aguilar, el músico de teatro Arturo
de Bassi, Esteban González,
Emilio Iribarne y, sobre
todo, José Bohr) y
escapa al provincianismo al que muchos quieren someterlo. Es lógico
que hoy, a más de cien años de su nacimiento, sigamos
recordando lo que mejor canta: esos tangos, infinitas variaciones sobre
los amores y desencuentros de la ciudad y su gente. Pero hay otras páginas
en el libro gardeliano. Podemos pensar también en el cantante
internacional, ese audaz cosmonauta de una modernidad que
vislumbró y adelantó.
Originalmente publicado en el diario Clarín
el 27 de noviembre de 1990.
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