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Bailarines
Por María Susana Azzi

Bailarín
(30 de noviembre de 1930 - 29 de abril de 1996)
Nombre real: José Domingo Monteleone

En Hippopotamus, Buenos Aires, 3 de agosto de 1992, 24 hs.

«Yo empecé a bailar a los doce años en unos Carnavales en Avellaneda. Mi nombre real es Monteleone, "Pepito Avellaneda" es un seudónimo. Soy descendiente de italiano y español. Iba a bailar en el Salón Duca, en el año 40, 45, 46. Empecé a bailar, me tiré a bailar. En el 45 di la primera exhibición: fue en el Teatro Roma de Avellaneda. Yo tenía quince años. Bailé con la hija de Royuelo, un kinesiólogo de Independiente. Inclusive nos vemos, ella se casó, tiene hijos. Soy muy amigo del marido, muy amigo. Ellos van a bailar a 'Tanguería del 40', en Lanús. Qué lindo ¿no? porque es un recuerdo de años, años.

«El baile para mí es todo, yo me alimento. Yo bailo y me alimento. Yo tenía muchos contratos, por ejemplo en las provincias: Salta, Córdoba, Tucumán. Y yo, aunque no me dieran nada, yo bailaba porque lo sentía. O sea que hacía lo que a mí me gustaba y me pagaban encima. Eso es hermoso. O sea que yo me alimento con el tango, me gusta dar clase. Me paso todo el día dando clase. En Europa me quieren mucho. Tal es así que recibo cartas, recibo invitaciones, es muy lindo.

«Yo soy pizzero. El oficio mío es pizzero. Pero, teníamos pizzería con papá, o sea que yo, me daba por la milonga. No, no, no...quería trabajar así. Sólo con el baile. ¿Cuando me iba a dormir? Yo en los Carnavales, pedían en los clubes pizza, yo llevaba pizza, me quedaba a bailar, al otro día ya, volvía a las seis de la mañana y ya empezaba a hacer pizza otra vez para el otro día. En la época de los Carnavales. O sea que no dormía. A veces papá me decía: 'Andá a tirarte un rato que yo después te despierto'. Un viejo que fue un amigo, hermano, todo... yo me quedé sin vieja a los cinco años. O sea que él era todo para mí. Y lo perdí hace tres años. Claro, yo, soy de Avellaneda. Y los muchachos, yo tenía el nombre de 'Los Porteñitos', yo bailaba con el nombre de 'Los Porteñitos'. Me decían '¿cómo, defendés la capital, si vos sos de la provincia?'. Entonces le digo al representante y me pone 'Pepito de Avellaneda'. 'Vas a Mataderos, a Flores, Pepito de Avellaneda, queda bien'. 'No, Pepito Avellaneda'. Puede ser un apellido. Y ahí quedó hace muchos años. Creo que la asenté en el 57 ó 58. Todavía tengo recortes de eso. Me gustaría mostrarte. Yo trabajaba mucho en los números vivos. Cuando existía el número vivo, yo iba y bailaba en los cines, entre películas, había número vivo. Y tengo programas del 55, del 56. Es increíble. La revista 'Ahora', del 57. Estaba buscando en revistas viejas, y empiezo a hojear una y estaba yo ahí. Es increíble. Hace muchos años que ando con el tango, con la enseñanza.


Pepito con Suzuki su compañera (1996)

«Y aprendí solo. Fue salir, hacer un paso, otro paso. Y ya me tiré. Después, estaban las prácticas en los clubes, entre hombres. O sea, yo te llevaba a vos, vos me llevabas a mí: o sea, se aprendía a guiar una mujer. Eso para bailar el domingo, el sábado. Practicábamos para crear algunos pasos. No había mujeres en las prácticas. Era sólo entre hombres. Lo practicábamos para bailar con la novia, con la mujer. Es más fácil bailar con una mujer. Hay hombres que bailan como mujer. Muy bien. Y había alguno que hacía de mujer para saber qué hacía la mujer. Si sabés llevar a un hombre es más fácil llevar a una mujer. La mujer aprende mucho más rápido que el hombre. Porque el hombre tiene que saber guiar un determinado paso, pensar en el paso, cómo guiarla. Y eso es difícil. Ahora si hacen una coreografía, ya no es lo mismo. Ya es una cosa de utilería. Pero el milonguero tiene que saber llevar. Y hay muchos que bailan llevando. Hay otros que bailan por computadora. O sea, una coreografía, y chau. Pero van a un salón y no saben bailar. Eso pasa con muchos bailarines. Profesionales. Que ahora yo los veo mucho en las milongas para ambientarse, cómo es la milonga y cómo se debe guiar a la mujer en determinado paso.

«La milonga, para mí es mi vida. Otros lo hacen como comercio. Yo no, yo me alimento. Esa es la diferencia. Hay quienes aprenden para lucrar. Y otros que aprenden porque en realidad gusta bailar. Como estos chicos, estos chicos -Diego y Natalia- son muy trabajadores, yo les di muchas clases, pero son muy atentos. Y les gusta interiormente el tango. Lo sienten, lo sienten, y Diego me mira desde los pies a la cabeza. Todos los movimientos, la colocación de pies. Y eso es muy importante. Es muy importante. Y hay otros chicos que ya te digo, lo aprenden para decir 'viajo y gano dólares', nada más. Pero hay muchos chicos que les gusta. Está el hijo de Pugliese, Pablo. Pablito, tiene once años y es un loco. Le gusta, lo siente. ¿Cómo puede ser un chico de once años que le guste tanto el tango, la milonga? Me trae recuerdos. Es muy lindo verlos así, bailar. Quieren bailar. Lo sienten. Bailan tanto con una chica como con una grande. Con quien sea. Y es un chico muy hábil porque guía. O sea que mañana va a ser un futuro milonguero. No bailarín. Un futuro milonguero.

«Me gusta tanto el tango como la milonga. La milonga soy creador de todos los pasos que hago. En el tango también, creador de las figuras que hago también, son mías. O sea que soy creador. Aparte que me gusta, invento pasos, me salen. A Diego y Natalia le enseñé una milonga antigua, milonga del 20, con guitarra, y parece que llevan la guitarra en los pies. Ahora vos me decís '¿me formás una coreografía?'. No lo sé. Porque me inspiré y lo saqué, y no sé si podría hacerlo de nuevo.

«Afuera, ellos escriben los pasos, lo anotan a su forma. Una figura, no sé cómo anotan, pero la anotan. Otros con jerolíficos. Pasos, giros, crucigrama hacen. Pero ellos se entienden. Y otros escriben cómo comienza, cómo es el principio y cómo es el final. De cada figura.

«Yo antes cantaba con papá. Así, para nosotros. Muy lindo. Discépolo es para mí lo más grande que hay. Después hay otros, sin despreciar. Discépolo: lo escucho y me encanta, escucho las cosas que ha creado. Y me encanta. Es un poeta. Los tangos inclusive, muy bueno. Todos con sentimiento. Y me gusta Troilo.

«Para bailar tango orillero, así, D'Arienzo. Por el ritmo. Pero también me gusta deslizarme con Di Sarli. Pugliese. Son diferentes músicas. Bailar lento es muy difícil. Porque tenés que darle el motivo, las cadencias, las pausas. No bailar todo continuo, continuo que no es, mirás, mirás, pero no ves nada. O sea que no se transmite. En cambio cuando vos das una cadencia, suave, es poético el tango. Es poético.

«Con el baile quiero llegar a todos lados. Ya te digo, salgo de acá, de trabajar, y me voy al baile. El viernes me fui con una pareja de americanos, nos fuimos a Akarense. Ayer estuve en La Galería con unos alumnos que son de Barcelona. A ellos les gusta ver cómo baila el pueblo. Los negocios son, cuando al turista lo llevan a Casablanca, El Viejo Almacén, Michelangelo. Pero ellos van, ven y no ven nada. Porque ven una cosa que no es el verdadero tango. El verdadero tango lo ves en los salones. Como lo siente el pueblo. Y yo a todos los que vienen los llevo ahí.

«Me gusta el jazz también. La cumbia. Toda la música, me gusta. La ópera, algunas que entienda, otras no. Lo mismo que, me gusta mucho Liberacci, este pianista, me encanta. Ahora yo escucho otros que no les entiendo. Entonces, a lo mejor será muy bueno, pero no me llegan. Eso y muchas orquestas, como Piazzolla. Piazzolla antes tocaba muy bien, tocaba muy bien, tiene unas grabaciones antiguas, de antes, y él una vez dijo 'Todas esas grabaciones hay que tirarlas'. Sólo escuchar las que hacía ahora. Y para mí no, es al revés. O será que no es que no me guste la música de él, porque hay temas que son muy hermosos. Pero otras músicas que no son bailables. O sea que si no se puede escuchar, no es para baile tampoco. Pero hay otras que sí. Inclusive con baile, es buena para el oído. O sea, no es decir que lo desprecio, pero, son formas de ver yo, el gusto mío. Hay muchos también que coinciden conmigo. Ahora yo voy, me encanta Piazzolla, tengo que ir a París, y después a Bélgica, Bruselas, pero me encanta, un buen músico, un genio.

«El futuro del tango. Invadió el mundo, se puede decir. El tango invadió el mundo. Ahora la gente en cualquier lado baila el tango. Tanto en Estados Unidos, Centro América, Europa. Todo con tango. Y enseñan a bailar el tango, así que el tango no se puede perder nunca. En Alemania hay cantidades de escuelas de enseñanza de tango. En Hamburgo también, en Stuttgart, también. Te nombro los lugares a los que yo he ido. Holanda. Amsterdam, Maastrich, Rotterdam, y otras ciudades hay cantidades enormes de lugares donde se baila tango y se enseña. Hablemos de Suiza, en Basel, que yo voy siempre. Que yo les enseñé en Buenos Aires que no sabían nada. Y pusieron una escuela. En Basel, y les va muy bien. Eso es increíble. Cecilia y Romeo son los de Basel. Estando yo en Basel, vinieron de Zurich profesores, o sea que yo daba clase a profesores.

«Es increíble. En todos los lugares del mundo. En París. Ahora tengo que ir en Francia, también a bailar tango y enseñar. Yo a veces me río, porque toda la vida estuve peleando yo por el tango. Y recién a los 56 años empecé a ir a Europa. Es increíble. Estuve en Canadá, seis meses con Copes. Haciendo espectáculos y enseñando. Son fríos. Porque es la parte inglesa. Es Toronto. Pero, se adaptaron al tango nuestro. O sea que si es en Canadá pero del otro lado, que es más bien para Francia, ahí gusta muchísimo el tango. Ahí ya tienen lugares para bailar. Tienen lugares para enseñar. Montréal. Ahí, venían de allá profesores, Lili Palmer, que fue la mujer de Thompson. Lili Palmer venía a estudiar conmigo en Toronto. Es increíble. Les encanta el tango, les encanta, por eso te digo que es mundial. Ahora me hicieron una propuesta para ir a Rusia. Yo jamás conocí Rusia. Y viene a ser para diciembre o para enero. Inclusive me mandaron a hacer un video. Y quieren llevarme porque quieren un milonguero. No sé a dónde voy. Tendrían que decirme. Me dijeron Rusia. Hoy casualmente hice un video, porque me lo pidió Casablanca, Claudia y Paola. Entonces ellos van y necesitan un milonguero. Entonces me dijeron a mí. Ya a Copes ya le dije. Le dije de París. Le dije de Bruselas, pero como esto es sólo hablar, lo otro ya es seguro porque me mandaron el billete.

«Me levanto según la hora en que me acueste. A veces no me levanto, porque a veces llego tardísimo, a las siete, ocho, nueve, ya me tomo unos mates y tengo que dar clase porque a las once a lo mejor empiezo a dar clase. A la gente europea que les gusta tomar a la mañana. A las diez de la mañana, a las nueve. Porque ellos parece que tienen la cabeza más fresca por la mañana. Porque siempre me piden a la mañana. A las nueve de la mañana, a veces. Me voy a la milonga, vuelvo a casa, tomo unos mates y me voy a enseñar. Ayer estuve en La Galería, me fui a casa, eran las ocho de la mañana, me tomé unos mates, con unas ricas facturas, me puse a mirar un poco de televisión y después me fui a dar clase a las once. Después a la una estaban los americanos. Entonces ya no podés dormir. Después tenía a los españoles, a los de Barcelona. Gente nueva, le tuve que enseñar a Roxana y Carlos Morel. O sea que tuve todo el día hoy. Y ya vine acá. Ahora llego a casa, y me voy a dormir. Yo creo que apenas ponga la cabeza en la almohada no veo más nada. Pero qué alegría de este libro 'Antropología del Tango'. Mañana me levanto y lo leo. Espero que nos volvamos a ver. Tomaremos un cafecito como hoy».