![]() |
por José
Gobello
|
|||||||||||||
|
Director y violinista.
(14 de diciembre de 1900 14 de enero de 1976) |
|||||||||||||
De allí en más, DArienzo continuó
vinculado al teatro. Acompañó, siempre con DAgostino
al piano, a Evita Franco, que tenía su edad y cantaba bellamente
tangos como Loca, Entra no más o Pobre milonga; tañó
su violín en la jazz de Frederickson y formó luego una
orquesta con DAgostino, en la que este, naturalmente, tocaba el
piano; el otro violín lo hacía Mazzeo; en los bandoneones
estaban Anselmo Aieta y Ernesto Bianchi, y
Juan Puglisi en el contrabajo.
Cuando DAgostino hizo rancho aparte, lo reemplazó
Luis Visca, que por
aquellos años componía "Compadrón". Aquel
era un sexteto.
Y llegamos a 1935, que es un año clave en la
performance de DArienzo; que es el año en que realmente
aparece el DArienzo que todos recordarnos. Eso ocurre cuando se
incorpora a su orquesta Rodolfo Biagi, un pianista
que había tocado con Pacho, que había
acompañado a Gardel en algunas grabaciones, que había
tocado también con Juan Guido y con
Juan Canaro. DArienzo
actuaba por entonces en el Chantecler. La incorporación de Biagi
significó el cambio de compás de la orquesta de DArienzo,
que pasó del cuatro por ocho al dos por cuatro; mejor dicho,
retornó al dos por cuatro, al compás rápido y juguetón
de los tangos primitivos.
Cuando Biagi lo abandonó
en 1938 para formar su propia orquesta, DArienzo ya se había
identificado para siempre con el dos por cuatro. Frente al ritmo marcial
de Canaro, a la trivialidad un tanto murguística
de Francisco Lomuto, a los arrestos sinfonistas
de De Caro, DArienzo aportaba al tango
un aire fresco, juvenil y vivificador. El tango, que había sido
un baile alardoso, provocativo, casi gimnástico, se vio un día
convertido, al decir de Discépolo,
en un pensamiento triste que se puede bailar... Se puede... El baile
había pasado a ser subsidiario hoy; sólo que entonces
había sido desplazado por la letra y por los cantores y ahora
lo es por el arreglo. Y bien: DArienzo devolvió el tango
a los pies de los bailarines y con ello hizo que el tango volviera a
interesar a los jóvenes. El "rey del compás"
Los tangófilos menosprecian a DArienzo.
Lo consideran una suerte de demagogo del tango. Pero DArienzo
-como ha señalado muy bien José Luis Macaggi- hizo posible
ese renacimiento del tango que ha dado en llamarse la década
del cuarenta una década que es para el tango algo así,
mutatis mutandis, lo que el siglo de oro para la literatura española.
Es claro que el tango no comienza en 1940. Tampoco
los tanguistas de 1940 son más importantes que los de 1910 o
1920 (como Cervantes no fue más importante que Berceo o que el
rey Alfonso). A veces se niega, con criterio entre esteticista y estetizante,
a Canaro, a Contursi, a Azucena
Maizani, a Luis
Roldán, a los pioneros, a los que pusieron, bien o mal, los
cimientos sobre los que se ha edificado el complicado edificio del tango.
Piazzolla se ha quejado alguna vez de
que siempre se toca la música de los muertos... ¡Por Dios!
Es como quejarse porque los chicos de las escuelas leen a Miguel Cané
y a José Hernández.
Una vez que tuvo éxito con el nuevo compás,
que encandiló a los bailarines del Chantecler y que la radio
El Mundo difundió en todo el país, DArienzo comenzó
a teorizar sobre si mismo.
Ignoro si el merito de DArienzo consistió
inicialmente en sugerir, en proyectar o meramente en dejar hacer. Tampoco
vale la pena demorarse en denigrar las concesiones lamentables que el
maestro hizo a la chabacanería, en composiciones tan ordinarias
como "El
tarta" o "El
hipo". Mejor olvidar todo eso. En todo caso, esa chabacanería
algún paralelismo guardaba con el tono original del tango, con
la impronta plebeya que los compadritos pusieron al tango en las academias,
en los cafés de camareras, en los bailes del Politeama y del
Skating Ring, vale la pena, en cambio, detenerse en las teorizaciones
darienzanas.
En 1949 decía DArienzo: "A mi modo de
ver, el tango es, ante todo, ritmo, nervio, fuerza y carácter.
El tango antiguo, el de la guardia vieja, tenía todo eso, y debemos
procurar que no lo pierda nunca. Por haberlo olvidado, el tango argentino
entró en crisis hace algunos años. Modestia aparte, yo
hice todo lo posible para hacerlo resurgir. En mi opinión, una
buena parte de culpa de la decadencia del tango correspondió
a los cantores. Hubo un momento en que una orquesta típica no
era más que un simple pretexto para que se luciera un cantor.
Los músicos, incluyendo al director, no eran mas que acompañantes
de un divo más o menos popular. Para mi, eso no debe ser. El
tango también es música, como ya se ha dicho. Yo agregaría
que es esencialmente música. En consecuencia, no puede relegarse
a la orquesta que lo interpreta a un lugar secundario para colocar en
primer plano al cantor. Al contrario, es para las orquestas y no para
los cantores. La voz humana no es, no debe ser otra cosa que un instrumento
más dentro de la orquesta. Sacrificárselo todo al cantor,
al divo, es un error. Yo reaccioné contra ese error que generó
la crisis del tango y puse a la orquesta en primer plano y al cantor
en su lugar. Además, traté de restituir al tango su acento
varonil, que había ido perdiendo a través de los sucesivos
avatares. Le imprimí así en mis interpretaciones el ritmo,
el nervio, la fuerza y el carácter que le dieron carta de ciudadanía
en el mundo musical y que había ido perdiendo por las razones
apuntadas. Por suerte, esa crisis fue transitoria, y hoy ha resurgido
el tango, nuestro tango, con la vitalidad de sus mejores tiempos.
Mi mayor orgullo es haber contribuido a ese renacimiento
de nuestra música popular."
Esto es lo que decía DArienzo, a través
de aquel gran periodista, de aquel maestro del reportaje que fue Andrés
Muñoz. Y bien: el mismo día que DArienzo decía
esas cosas, o casi el mismo día, Aníbal
Troilo, con Edmundo Rivero, grababa "El
último organito". Allí el cantor estaba en primer
plano y, sin embargo, eso era tango puro, y en la más exigente
antología sonora aquella bellísima versión no debería
estar ausente.
Por lo demás, también DArienzo
puso, a veces, al cantor en primer plano, y aunque lo hizo correr a
la velocidad de la orquesta, buscó un éxito adicional
y menospreciable en letras tan penosas como las nombradas o como "Chichipía"
o "El nene del Abasto".
En 1975, un mes antes de su muerte, DArienzo
volvió a teorizar: "La base de mi orquesta es el piano. Lo creo
irremplazable. Cuando mi pianista, Polito. se enferma, yo lo suplanto
con Jorge Dragone. Si llega a pasarle algo a éste no tengo solución.
Luego el violín de cuarta cuerda aparece como un elemento vital.
Debe sonar a la manera de una viola o de un cello. Yo integro mi conjunto
con el piano, el contrabajo, cinco violines, cinco bandoneones y tres
cantores. Menos elementos, jamás. He llegado a utilizar en algunas
grabaciones hasta diez violines"
Sin duda, los resultados logrados por la orquesta de
D'Arienzo no justificaban tanto derroche instrumental, ni justificaban
tener el primer violín a un artista como Cayetano
Puglisi. Con igual numero de instrumentos la orquesta de Troilo
obtuvo, en 1946, ese prodigio de sonoridad que es la versión
de Recuerdos de bohemia. Pero esa es otra cuestión. Lo cierto
es que, en 1975, en plena vanguardia, DArienzo seguía sosteniendo
que "sí los músicos retornaran a la pureza del dos por
cuatro, otra vez reverdecería el fervor por nuestra música
y, gracias a los modernos medios de difusión, alcanzaríamos
prevalencia mundial"
Volver al dos por cuatro primitivo significa, sin embargo,
borrar a Canaro, borrar a Cobián,
borrar a De Caro, borrar a todos los tanguistas
del Cuarenta. ¿Vale la pena?
DArienzo, al fin de su carrera, cultivó
el estilo camp; por supuesto, sin saberlo y sin proponérselo.
La gente lo veía gesticular frente a los músicos y los
cantores; lo veía con simpatía, había algo de nostalgia
y algo de burla. Por supuesto, el compás de la orquesta se llevaba
tras de si los pies de los bailarines. Y los pies de los bailarines
siguen yéndose con el compás cuando suenan los discos
de DArienzo, y su figura continua suscitando una gran simpatía.
Se la merece por lo que hizo por el tango al promediar la década
de 1930.
Originalmente publicado en "Tango y Lunfardo" Nš 132,
Aņo XIV, Chivilcoy, 16 de setiembre de 1997. Director: Gaspar J. Astarita.
|
|||||||||||||
|
|
|||||||||||||