Músicos
Agustín Bardi
Pianista, violinista y compositor
(13 de agosto de 1884 - 21 de abril de 1941)
Apodo: Mascotita

Más de Bardi:
S

ació en la localidad bonaerense de Las Flores y cursó estudios primarios hasta el tercer grado, luego continuó aprendiendo solo y merced a su vocación musical un tío le enseñó rudimentos de guitarra. Esa aptitud musical se remonta a la niñez, época en que con su familia pasó a residir en la ciudad de Buenos Aires.

Acerca de sus comienzos, Héctor y Luis Bates refieren: «Carnaval perdona todo; durante las fiestas de Momo todo se permite... ¡hasta que un chiquilín de ocho años integre la orquesta de “Los Artesanos”, remedando en la guitarra el arte insuperable de los maestros de la época! Así empezó Agustín Bardi su carrera artística.»

Señalemos que “Los Artesanos de Barracas” constituían una famosa agrupación carnavalesca en la cual Agustín fue mascota.

Colaboró desde muy joven en el sostén del hogar, ingresando en una empresa ubicada en la calle Bolívar, “La Cargadora”, de la que llegaría con el correr del tiempo a desempeñarse como gerente.

Estas obligaciones sin perjuicio de cumplir estudios de violín y piano, estos últimos —ya padre de familia— los complementó con el sacerdote Spadavecchia.

Ya residía en Barracas y comenzó a relacionarse con otros músicos, actuando en diversos locales de la barriada.

Según los autores de “La historia del tango”, debutó como violinista junto a Genaro Espósito “El Tano” (bandoneón) y José Camarano “El Tuerto” (guitarra): «Trío entonces muy solicitado que comenzó a difundir sus primeras composiciones. Data de 1912 “Vicentito”, el primer tango que hizo y que fue escrito por Macchi, pues Bardi aún no escribía música.»

Finalmente optó por el piano, instrumento que se avenía más a sus preferencias.

Posteriormente se presentó en el famoso “Armenonville” y en el salón del Centro de Almaceneros de la calle Luis Sáenz Peña, junto con Samuel Castriota con quien, entre otros, actuaron largos años en el mismo.

Desde su juventud le unió proverbial amistad con los hermanos Greco; inspirándole admiración sincera el autor de “El jagüel”, Carlos Posadas.

Procuraremos trazar en breves líneas la personalidad musical que dentro de sí contenía Bardi. En su alma bullían melodías que solo tras exhaustivo análisis llevaba a la partitura.

Riguroso autocrítico de su labor, no cedía un ápice en cuanto al perfeccionamiento de la misma. Cual novel ejecutante se ubicaba diariamente un par de horas junto al piano; de sus ágiles manos surgían escalas y ejercicios de digitación, abstraído de cuanto le rodeaba. Le deleitaban, por su modulación, los valses de Waldteufel.

Ya en su edad madura emanaba de su cabeza cierto aire profesoral, distaba de poseer espíritu risueño y comunicativo. No nos lleve a suponerle un resentido, ni menos un misántropo. La vida le impuso temprana y constante lucha, debió enfrentar ocasiones adversas y los recursos eran magros. Laborioso y resuelto, veló por los suyos y aún dispuso de tiempo para satisfacer su vocación. No le brindó holgura material su obra musical, acaso ello no le preocupara, pues en definitiva fue un creador que con indoblegable tesón deseaba aprender y acrecentar su saber.

Podemos definirle como músico hasta la fibra más honda e idealista sincero, cuya prematura desaparición le impidió su firme propósito de dedicarse a componer repertorio melódico.¿Supondría exhausta su inspiración para el tango quien nos ofreciera títulos inolvidables?

No precisamente, más bien asociamos que el compositor se hallaba maduro para exhibir los amplios y dúctiles recursos musicales que albergaba en sí.

Su hijo, el profesor Carlos Bardi músico capacitado que desarrolló tareas docentes al frente de conservatorio propio, nos evoca a su padre quien encauzó el despertar de su vocación:

«En no pocas ocasiones escuché a mi padre ejecutar al piano un tango aún no llevado a la partitura y surgido en rapto de espontánea inspiración. Mis conocimientos me permitían juzgarlo técnicamente. “Creo que es magnífico, papá. ¡Escríbelo! Mejor... si deseas lo haré yo mismo”. No demoraba su pausada respuesta: «Hijo, esta mañana mientras arreglaba el jardín bailaban estos compases en mi cabeza. El piano está a mano, y ya ves... no creo que sea para tanto». Encendía un “Particulares”, que fueron sus predilectos, en tanto fumaba despaciosamente bailoteaba con un solo dedo sobre el teclado.»

En 1935 se retiró de “La Cargadora”, pasando a desempeñarse en la firma “Pampa”, casa de rollos para pianola ubicada en Barracas. Similar actividad cumplió posteriormente por su cuenta, bajo la marca “Olimpo”. Según nos aseguró su hijo no realizó labor grabada.

Agustín Bardi se halló entre los fundadores de la sociedad de autores, entidad de la cual fue designado tesorero.

El mismo día de su desaparición comenzó a escribir un tango que no concluyó. Culminó esta tarea el maestro Julio De Caro. Ajustado ritmo posee “Sus últimas notas”, así titulado por su hijo Carlos. Esta composición fue estrenada por el conjunto de Joaquín Do Reyes en LRI Radio El Mundo.

Agustín Bardi falleció el 21 de abril de 1941 victima de síncope cardíaco. Marchaba hacia su domicilio ubicado en Bernal y a corta distancia del mismo se desplomó repentinamente sobre la acera. Sus restos se hallan sepultados en el cementerio de Ezpeleta.

Puede calcularse su producción en 70 obras aproximadamente. Predominan en ella los tangos, tres valses y dos rancheras. Permanecen inéditas unas 30 obras, entre los tangos uno dedicado a la morocha Laura, un vals, tres habaneras y cifras criollas.

Enumeraremos seguidamente algunos títulos que llevan su firma. Entre los tangos: “Vicentito”, “Lorenzo”, “Gallo ciego”, “C. T. V.”, “¡Qué noche!”, “La última cita”, “Nunca tuvo novio”, “El cuatrero”, “El rodeo”, “Chuzas”, “Barranca abajo”, “Cabecita negra”, “El abrojo”, “El pial”, “Adiós, pueblo”, “La racha”, “El paladín”, “Independiente Club”, “La guiñada”. “El baquiano”. “El taura”, “Se han sentado las carretas”, “Polvorita”, “Florcita”, “Pico blanco”, “Gente menuda”, “El buey solo”, “La última cita”, “Tiernamente”, “Tierrita”, “Rezagao”, “Misterio”, “Sin hilo en el carretel”, “Amén”, “Florentino”, “Golondrina”, “Cachada”, “No me escribas”, “Madre hay una sola”, “Triste queja”, “En su ley", “Acuérdate de mí”, “Las 12 menos 5”, “Se lo llevaron”, “A la sombra del recuerdo”, “Confidencia”, “Oiga compadre”. Los valses “Flirteando”, “Nocturno” y la ranchera “Tené cuidao”.

Publicado en el libro: "Evocación del Tango", de Juan Silbido, Buenos Aires, 1964.