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Músicos
Anselmo Aieta

Bandoneonista, compositor y director
(5 de noviembre de 1896 – 25 de septiembre de 1964)
Nombre completo: Anselmo Alfredo Aita
Apodos: Lagaña, El brujo del bandoneón
Seudónimos: Ricardo Aieta y Pepe Soles

Más de Aieta:
Drominente figura de la generación de tanguistas del período 1910–1925, al producirse hacia esos años el cisma de los estilos interpretativos del tango, Aieta se constituyó en el más significativo baluarte que el tradicionalismo opuso a las nuevas formas evolutivas, concebidas y lideradas por Pedro Maffia y Pedro Laurenz en la ejecución del bandoneón.

Genuino producto de una época, Aieta tipifica al músico esencialmente intuitivo y autodidacta, cuyo privilegiado oído musical e innato talento, suplen generosamente sus falencias académicas.

Como intérprete resaltó su natural buen gusto, la llamativa facilidad en la improvisación de sorprendentes e irrepetibles variaciones de sugestiva belleza y ese particular acento orillero, con innegables reminiscencias del fuelle compadre de su admirado Eduardo Arolas, que volcaba al tocar sus tangos o aquellas milongas corraleras que tan bien había conocido.

No obstante, es al amparo de su imponente obra de compositor donde la llama de su genialidad cobra mayor lumbre, tanto por lo frondoso de su producción como por ese derroche de originalidad, belleza y vigor que late en cada una de las melodías surgidas de su inagotable venero creativo, que lo han ungido como uno de los máximos rapsodas del pueblo. Fue un pintor de alegrías y tristezas, que cambió los colores por los sonidos.

Nació en el barrio de San Telmo y se inició muy joven, a los 10 años, con una antigua concertola que era de su hermano mayor, Ricardo.

Sus comienzos profesionales podemos ubicarlos alrededor de 1913. Suele citarse sus actuaciones en el café “La Buseca” de Avellaneda, donde suplió al bandoneonista Graciano De Leone, en el terceto típico que completaban, “El Chino” Agustín Bardi en piano y Ricardo González, “Muchila”, como guitarrista. También, en alguna ocasión, integró el conjunto de Genaro Espósito.

Conoció, fue amigo y ferviente admirador de Arolas con quien también tocó. Actuó con los más importantes músicos de esa década: “El Rata” Rafael Iriarte, Carlos Marcucci, José Servidio, Luis Bernstein, Rafael Tuegols, Roberto Goyheneche.

En 1919, ingresó a la orquesta de Francisco Canaro donde permaneció hasta 1923. Por aquella época es su tango “El huérfano”, el primero de su serie con Francisco García Jiménez, joven poeta que le fuera presentado por su amigo Tuegols.

Luego de Canaro, formó su orquesta y desplegó una intensa actividad en cafés, cines y clubes. Llegó a tener tanta actividad que armó tres o cuatro formaciones que tocaban simultáneamente.

En 1925, integró la Orquesta Típica Paramount, que debutó en el cine del mismo nombre, junto a Alfredo Mazzeo y Juan D’Arienzo (violines), Ángel D’Agostino, primero y Alfonso Lacueva, después (piano) y José Puglisi (contrabajo).

Por su orquesta pasaron nombres rutilantes del tango: Luis Moresco, Luis Visca, Nerón Ferrazzano, Daniel Álvarez, Gabriel Clausi, Jorge Argentino Fernández y las voces de Carlos Dante y del poeta Armando Tagini.

Se ubica, sin dudas, entre los más fecundos y jerarquizados compositores del tango, a través de todas sus épocas.

Desde su página inaugural: “La primera sin tocar”, allá por el año 1912, se halla presente en toda su obra el desbordante caudal de su inventiva y el elevado vuelo lírico que habría de caracterizar a su producción de modo integral, sea en los temas concebidos para su ejecución puramente orquestal, como en aquellos destinados a ser cantados, que constituyen la fracción más numerosa de su obra.

Dentro de esta tesitura se cuenta entre los compositores predilectos de Carlos Gardel, quien le llevó al disco 16 de sus títulos.

En esta cuerda de su quehacer artístico, contó con importantes colaboradores, tales como Enrique Dizeo, Lito Bayardo, Santigo Adamini, Cátulo Castillo, Vicente Planells del Campo, Francisco Laino, Mario Battistella, Francisco Bastardi, Nolo López, pero fue con García Jiménez con quien consolidó la más feliz conjunción autoral.

Además de tangos, compuso valses, pasodobles, zambas, milongas e incluso temas fuera del ejido de la música típica. Y en todas y cada una de sus composiciones es dable percibir la fresca fragancia de la espontaneidad con que fueron pergeñadas, esa pronta y genuina inspiración del los iluminados, que lo consagran como uno de los más grandes melodistas del género.

Es que Aieta poseía un innato don de componer con asombrosa facilidad, con un notable repentismo que queda reflejado en sus propias palabras tomadas por Horacio Ferrer: «Me levanto todos los días a las 7 de la mañana y, a las 8, ya estoy sacando alguna cosa en el bandoneón».

Componía indistintamente en el bandoneón o en el piano que dominaba perfectamente. Como desconocía la escritura musical, debía recurrir obligadamente a otros músicos para que llevasen sus creaciones al pentagrama. Muchas de ellas fueron transcriptas por el notable cantor y músico, Charlo, gran amigo de Aieta, quien concurría al domicilio de éste, a fin de que le prestara el piano para componer.

Su momento cumbre de inspiración fue en el transcurso de la década del veinte y los primeros años del treinta: “El huérfano” (1921). “Príncipe” (1922), “La mentirosa” (1923), “Suerte loca” (1925), “Siga el corso”, “Bajo Belgrano” y “Tus besos fueron míos” (1926), “Carnaval” y “La chiflada” (1927), “Entre sueños”, “Alma en pena” y “Yo me quiero disfrazar” (1928), “Prisionero”, “Palomita blanca”, “Chau ingrata”, “Tras cartón”, “Tan grande y tan sonso” y “Qué fenómeno”, (1929), “Primero campaneala” y “Bajo tierra” (1930), “Ya estamos iguales” (1934).

Con posterioridad, hubo una suerte de receso en su tarea de compositor hasta los años ’40, cuando se produjeron dos fulminantes destellos: “Mariposita” (1940) y “Color de barro” (1941). Además, la vigencia de su repertorio se revitalizó continuamente, merced a las estupendas versiones de sus temas, a cargo de los más encumbrados nombres del período: Aníbal Troilo, Osvaldo Fresedo, Alfredo De Angelis, Miguel Caló, Ricardo Tanturi, Osvaldo Pugliese, Francisco Canaro, Juan D’Arienzo, etc.

En los ’50 impuso dos temas: “Estampa tanguera” y “Escolazo” que grabó Edmundo Rivero.