
s muy común leer
en muchos escritores, algunos de ellos recién llegados al tango,
la calificación de "prostibularios" a una serie de
tangos antiguos, cuyas partituras originales eran para piano y sin letra,
salvo alguna que otra excepción.
Por
eso, la única razón de esta adjetivación proviene
exclusivamente de los títulos de esos tangos ya que carecían
de versos. Títulos, que, por otra parte, varios de ellos habían
contenido polcas, mazurcas, música de zarzuelas y otros ritmos
anteriores al tango.
Entonces, la única causa de la definición parte del
título, generalmente de doble sentido o con alusiones picarescas
o referidos a partes del cuerpo humano o utilizando palabras vulgares
o indirectamente referidos a la copulación. Ya no es el tango
y su música y menos su ausente letra, es sólamente el
nombre del tema, los títulos procaces.
Todo esto sería intrascendente si no fuera que esos mismos
escritores esconden, detrás de esa clasificación, una
pretensión axiológica que intenta demostrar que el origen
del tango fue el prostíbulo.
Que
el tango no nació en una "cuna de oro" coincidimos
todos. Pero de allí a decir que es un producto musical parido
en casas de tolerancia nos parece temerario, absolutamente desacertado
y hasta con un "tufillo" ideológico.
¿Como un escritor culto y refinado de Buenos Aires - la París
de Sudamérica - podía aceptar esa música nacida
en el suburbio pobre, entre gauchos y peones, entre compadritos e
inmigrantes, atentatoria al decoro social, prohibida y pecaminosa,
sin exorcizarla?
Había que darle una explicación pintoresca y audaz
que justificara su posterior aceptación, pero al mismo tiempo
que dejara aclarado que recién a su regreso de Europa esa música
arrabalera se hizo socialmente buena. Un verdadero disparate.
Que
decir de ahora, que el tango arrasa en todo el mundo y con un prestigio
tal, que se convirtió en música de gala en Europa y
en Estados Unidos. Sucedió lo previsible, aparecieron "sesudos"
escritores, exégetas de Borges y de Sabato, a explicarnos que
es y que fue el tango. Representan una galería del snobismo
más atrevido, con publicaciones llenas de errores que repiten
las inexactitudes inventadas en el pasado, sin tomarse el esfuerzo
de estudiar y mucho menos de investigar con un método mínimamente
serio. Conclusión: el tango está de moda, vende y hay
que escribir sobre él.
En virtud de la economía, los invito a la lectura del excelente
libro de Hugo Lamas y Enrique Binda: "El tango en la sociedad
porteña, 1880-1920" y a ver la crónica "Reflexiones
sobre los orígenes del tango", que está en
esta misma sección.
Son innumerables los títulos procaces que responden a esta
pseudo clasificación, los que menciono a continuación
son algunos de ellos:
Título (Compositor)
Tocámelo que me gusta (Prudencio Muñoz)
Metele bomba al Primus
(José
Arturo Severino)
Se te paró el motor (Rómulo Pane)
Dejalo morir adentro (José Di Clemente)
El movimiento contínuo (Oscar Barabino)
Afeitate el 7 que el 8 es fiesta (Antonio Lagomarsino)
Viejo encendé el calentador (J. L. Bandami)
El matambre (J. B. Massa)
Tocalo que me gusta (Alberto Mazzoni)
Date vuelta (Emilio Sassenus)
Empujá que se
va a abrir (Vicente
La Salvia)
Tocame la carolina
(Bernardino Terés)
Lavalle y Ombú (Héctor G. Ventramile)
La c...ara de la l...una
(Manuel Campoamor)
Papas calientes
(Eduardo Arolas)
Pan dulce (Oscar J. Rossi)
Tomame el pulso (Pedro Festa)
De quién es eso
(Ernesto Ponzio)
El tercero (A. L. Fistolera Mallié)
El fierrazo (Carlos Hernani Macchi)
Tocalo más fuerte (Pancho Nicolín)
Que polvo con tanto
viento (Pedro
M. Quijano)
Hacele el rulo a la vieja (Ernesto Zoboli)
Sacudime la persiana
(Vicente Loduca)
Al palo! (Eduardo
Bolter Bulterini)
Dos sin sacar (¿?)
Vaselina en punta (¿?)