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Tango para escuchar
Por Elsa Bragato
Elsa Bragato es profesora de Letras, periodista, directora
del suplemento Última Hora de Crónica, hija de José
Bragato y estudiante avanzada de violoncello.
Era como una casa, con sus dos patios "pulmones de
manzana". Y, frente al pasillo de ingreso, estaba la puerta por la que
se accedía a lo que llamábamos "sala de música".
Allí estaba el piano, herencia del abuelo y que era de utilidad
diaria para mi padre, una biblioteca de pared a pared, el "combinado"
de entonces, los discos de pasta y los long-play, el escritorio, dos
mueblecitos hechos por el "nonno" (abuelo), ebanista él
además de flautista (don Enrico Bragato) y "pilas" de música,
además de atriles en un rincón, una alfombra de color
rojo y cuatro sillas al tono.
Y Piazzolla
no fue la excepción. Allí probaba sonidos, acordes, intercambiaba
ideas con mi padre, allí debieron surgir muchos cambios en el
tango que ya "bullían" en la cabeza de don Astor. Era un lugar
sagrado.
Cuando mi padre trabajaba, que era algo constante y
cotidiano siempre y cuando no estuviese en el teatro Colón o
en la orquesta de Canal 13 o en alguna grabación, ni mi hermana
ni yo podíamos "molestar". Sólo mi madre, doña
Herminia, tenía acceso para servir, en determinado momento, su
rico "café a la italiana".
Recuerdo como si fuese hoy que Astor y mi padre hablaban
del "nuevo tango" y del "lío" que se iba a armar, o que ya se
había armado. Esto lo tengo un tanto desdibujado. Lo cierto es
que ambos venían de tocar todos los fines de semana con las "típicas".
Los bailes de Carnaval, los bailes de fines de semana,
eran oportunidades en las que veíamos "perder" a nuestro padre.
Sabíamos que, ni bien llegaba del Colón, tenía
que cambiarse, afinar el instrumento y partir, retornando a casa los
domingos, casi de día. Es decir, que el tango bailado lo conocían
de memoria, cada uno con la orquesta que fuese. Astor,
con Troilo; mi padre con
Francini-Pontier,
Fresedo, tantos y tantos
otros. Y, al menos en el caso de papá, se le había generado
casi una "fobia": mi hermana y yo no podíamos asistir a los bailes
de nuestras compañeras de colegio, los "asaltos" de entonces,
porque a el le caían mal. Nunca vio bien, entonces, que la gente
bailara mientras ellos tocaban.
Cuando surgió la posibilidad del Octeto Buenos
Aires, nadie habló, es decir ni Astor ni mi padre al menos, de
"matar el tango bailado", a pesar de que no les gustara. Sí hablaban,
en cambio, de hacer un "tango para escuchar, de hacer algo de vanguardia,
diferente", como contrapartida al tango bailado.
Decían que era lo mismo que en la música
clásica: estaban los valses, el ballet y también las sinfonías,
las agrupaciones de cámara.
Mi padre siempre perteneció a algún cuarteto
de cuerdas, además de sus innumerables ocupaciones en orquestas
estables, siendo solista de la Filarmónica de Buenos Aires; primero
fue el Cuarteto Buenos Aires y después el Cuarteto Pessina, quizás
el más prestigioso del país en cuanto a música
clásica.
Los conocimientos adquiridos por Astor en Europa a
su vez le permitían ingresar en otro ámbito con su música.
Esta es la verdad: no quisieron matar a nadie, sacar a nadie del medio
sino ofrecer el tango desde otro lugar, el de cámara.
Si lo analizamos a la distancia, Astor no se equivocó
ni tampoco los músicos que lo siguieron en la "locura" del Octeto
Buenos Aires; hoy coexisten el tango bailado y también el tango
de cámara, o simplemente para escuchar.
En ambos casos, siempre deleitan. Y, como paradoja, Julio Bocca suele coreografiar y bailar los tangos de Astor Piazzolla. |
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