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Reto de bailarines
Fragmento del libro El Tango, historia de medio
siglo, 1880/1930, de Francisco García Jiménez, Editorial
Universitaria de Buenos Aires, 1964.
Extraído por Guillermo Bosovsky. |
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El Cachafaz
(Benito Bianquet, en sus papeles) llegaba a Palermo desde el salón
A.B.C., de la barriada del Abasto, centro de sus azañas, que
ya se extendían hacia los cuatro puntos cardinales de la
milonga. Su estampa erguida y magra no alcanzaba a afearse con
el rastro de picaduras de viruela del rostro. La elegancia innata de
sus movimientos danzantes tenía solución de continuidad
en raptos de diablescos centelleos de sus pies, abotinados en negra
cabritilla charolada con caña de gamuza gris y taco militar.
El Cachafaz
se presentó esa noche en Palermo sin compañera. Como de
costumbre, iba a su zaga un amigo fiel y de acción, conocido
por El Paisanito. Santillán, que estaba en una mesa
rodeado de amigos, los vio entrar como a sapos de otro pozo. Pasó
un rato. Los tangos se sucedían. De repente, el pardo se levantó
y salió a bailar con su compañera. El Cachafaz,
quieto y mudo hasta esa oportunidad, echó una mirada a su alrededor
y vio una mujer solitaria. Le hizo una seña. La mujer asintió
con la cabeza y se vino hacia él. Prendidos para el tango salieron
a seguir el curso rodante de las parejas. Hubo entre éstas como
una voz de orden, inaudible, que las hizo irse eliminando de la pista,
hasta dejar solas a las dos de la topada.
![]() "Tango", de Ernesto Drangosch. En la cancha se ven los gallos. Ardió Troya
en las tablas del piso de Hansen. A una "corrida" afiligranada del pardo,
contestaba El Cachafaz con figuras imaginadas y resueltas
sobre el pucho y transmitidas a la asimilación espontánea
de la desconocida compañera. Superado una y otra vez, el pardo
Santillán perdió terreno. ¡Realmente más que
un bailarín era un mago El Cachafaz! De sus cortes
danzantes se ha prolongado una fama legendaria, parecida a la del visteo
peleador de Juan Moreira.
Hubo intención de gresca, de parte de los adeptos
de Santillán. El Paisanito saltó al ruedo
pelando el fiyingo, ese cuchillo de hoja estrecha y muy
filosa que aquellos guapos calzaban bajo la axila izquierda,
en la abertura del chaleco. No era el vano intento de corajear contra
tantos. El Paisanito remató la temeraria acción
con otra no menos espectacular. Tiró de punta el fiyingo
al piso, clavándolo tenso, y le gritó a su amigo:
-¡Dales el dulce! El Cachafaz
lo dio. Si el negro milonguero montevideano según Rossi-
parecía danzar sobre la cubierta de un barco navegando
en mar picada, imaginemos a El Cachafaz como el propio
barco metafórico en u oleaje de remolinos, zarandeando a babor
y estribor las posturas de su compañera. Embudo del fantástico
remolino era el cuchillo clavado en el piso y, pegados al mismo, los
pies de El Cachafaz multiplicando cien arreviques electrizantes,
afeitando los bajos del pantalón en el filoso acero.
Este suceso levantó al tope la nombradía
de El Cachafaz y empañó la del pardo.
Porque en esa ocasión la voz que corrió del Norte
al Sur -¡y viceversa!- dio cuatro razones aplastantes:
-El Cacha les ganó con tango, con faca, sin compañera y sin barra. Y el bailarín del Abasto fue epónimo
de un tango que en su homenaje compuso Aróztegui,
el de "El apache argentino".
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