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El último reportaje a Edmundo Rivero
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Nos reporteó alguna vez en su audición
radial Hablando del lunfardo (Radio Nacional). Quisimos
devolverle esa deferencia con otro reportaje que, por esas cosas de
la vida, no llegó a publicarse.
Tarde ya, le pagarnos el honor de aquella entrevista
radial, querido Edmundo. Esta fue nuestra charla:
NdA: Las charlas que componen el reportaje se realizaron
entre octubre y diciembre de 1985. Durante el día 24 de este
último mes, Edmundo Rivero sufrió una miocardiopatía
que lo obligó a ser internado en el Sanatorio Güemes. Allí
falleció el 18 de enero de 1986, a las 10.35 horas.
Estamos ante el último de los cantores nacionales.
Quizás la frase recuerde a Fenimore Cooper. Pero ocurre que Edmundo
Rivero es un poco aquel Uncas de El último de los mohicanos:
es el representante final de una pléyade de cantores a punto
de extinguirse.
¿Qué más puede agregarse? Su personalidad,
su estilo, su comunicatividad son ya de dominio público. Don
Edmundo va por la calle y todo el mundo lo saluda. Poco importa que
no lo conozcan personalmente; lo ven por primera vez y darle los buenos
días se convierte en una necesidad -él responde cordialmente-,
porque este hombre ha pasado a ser patrimonio del pueblo, parte del
pueblo mismo. En definitiva, sienten que él expresa lo que ellos
quisieran decir y terminan por creer que Edmundo Rivero no es una persona
sino la voz de una ciudad. Nosotros también lo creemos. Y no
preguntamos. Dejamos que la voz hable:
Pompeya y más allá la inundación
-Nací bajo el mismo ciclo al que tantas veces
he cantado con versos de Homero
Manzi; el de Pompeya y más allá la inundación.
Fue el 8 de junio de 1911, a unas cuadras de la iglesia de Nueva Pompeya;
del paredón del Sur, que todavía queda en la calle Esquiú;
junto al puente del Ferrocarril Belgrano, que entonces se llamaba Midland,
exactamente en la estación Puente Alsina, de la cual mi padre
era jefe. ¡Quién iba a decirme que 37 años más
tarde iría a tocarme estrenar el tango que habla del paisaje
que me vio nacer!
-Y con el cual se lo ha identificado desde entonces.
A propósito, ¿cuándo entran en su vida el canto y
la guitarra?
-En mi niñez, porque los chicos tratan de imitar
a sus padres. Los míos -Máximo Aníbal Camilo Rivero
y Juana Anselma Duró- cantaban, y de ellos aprendí las
primeras canciones que entoné. Mucho después llevé
algunos de esos cantares al disco. Por ejemplo, mi madre me enseñó
"Milonga en negro", escrita o recreada por el payador Higinio
Cazón...
-Y qué tiene su antecedente en algún
poema de Quevedo.
-Sí, no sé si Cazón habrá
leído a ese poeta del siglo de oro. Como le decía, de
mi padre aprendí "China
hereje", un vals de otro payador, Juan
Pedro López. También a mi abuela le gustaba cantar.
Recuerdo haberle oído varios tangos y milongas del siglo pasado.
Aun no he olvidado aquellas viejas coplas: Dicen que no caben
dos / en la cocina / haremos la prueba/ con Juan y Josefina o
"Por la Calle Larga / de la Recoleta / iban muchos negros/ con tamaña
jeta o bien !Vamos al prado / que hay mucho que ver:/ hombres
a caballo,/ mujeres a pie.
Más adelante, mi tío Alberto que
integraba un trío de tangos- me enseñó a pulsar
la guitarra y me pasó las notas del Pericón Nacional.
En tercero o cuarto grado, llevaba mi guitarra al colegio para algún
acto escolar, y a la salida cantaba por milonga algunas sextinas del
Martín Fierro para mis compañeros.
Primer sueldo: un pescado
-¿Y en su juventud?
-Formé un dúo con mi hermana Lidia Eva.
Más tarde, en 1929, llegué a la radio junto a mi hermano
Aníbal, con quien también cantábamos a dúo.
En aquel repertorio teníamos cosas como "La yegüecita"
o "Mírala como se va", que acompañábamos
con nuestras guitarras. El primer sueldo que cobré en la radio
fue producto de un trueque entre la emisora broadcasting se le
decía entonces- y una casa anunciadora: ¡un pescado!...
aunque a elegir entre pejerrey y merluza.
-¿Cuántos hermanos son ustedes?
-Los que le he mencionado y yo, con la curiosidad de
que mi madre nos dio, nombres extraídos de los libros que leía.
Aníbal -el mayor- debe el suyo al antiguo conquistador y no,
como podrá creerse, a mi padre que también lo llevaba;
Lidia Eva -la menor- a la región griega de Lidia, escenario de
alguna obra literaria; yo, al Edmundo Dantés de El conde
de Montecristo. Mi otro nombre, Leonel, recuerda en cambio a mi
bisabuelo inglés, mister Lionel Walton, qué murió
lanceado por los pampas.
Los maestros
-¿Quiénes han influido en su estilo interpretativo?
-El canto es una manifestación emocional congénita.
Por supuesto, nadie, está a salvo de las influencias. En ese
aspecto, mi formación se debe a mis padres, mis tíos y
los payadores e improvisadores -que son dos cosas diferentes- qué
escuché.
-¿Y a Gardel?
-Aunque, fue el creador del canto tanguero, puedo decir
que Gardel no me ha influido. Lo escuchaba en aquellas viejas radios
a galena y me gustaba mucho, pero yo estaba en otra cosa. Todavía
no cantaba tangos sino canciones sureñas: milongas, estilos,
vidalitas y esas cosas. En cambio, sí aprendí mucho de
la ópera, del lied. Ocurre que cuando uno conoce a Schubert o
Beethoven o Rossini o Wagner, a los grandes músicos, puede volcar
esos conocimientos en el tango.
El cantor de tangos
-Ya que tocamos el tema, Rivero, ¿cuándo
aparece el tango en su vida?
-Hacia 1935...
-Vale decir que perdimos a Gardel y ganamos a Rivero...¿Y
cómo la cosa?
-Hermelinda De Caro me conectó con José
de Caro ambos hermanos de Julio
y Francisco-. Así debuté
cantando tangos en la agrupación de José de Caro. Dos
años más tarde, pasé a la ,orquesta de Don Julio.
No duró mucho. El público paraba de bailar para prestarme
oídos y eso a de Caro no le gustó nada. En conclusión,
me quedé sin trabajo.
-Bueno, pero lo importante es que la gente dejaba de
bailar para escuchar a un buen cantor. Eso debe haberlo alentado.
-Sí. Y ya nomás estaba cantando con Humberto
Canaro -el hermano de Francisco
y autor de "Gloria".
Tras lo cual abandoné el canto por varios años: nadie
quería contratarme y aun llegaron a decirme que con una voz tan
gruesa debería estar enfermo de la garganta. Hasta
que en el cuarenta y pico, casi de casualidad, entoné un par
de canciones en radio La Voz del Aire. También de casualidad
me oyó Horacio Salgán
y me contrató.
-Después vino "Pichuco",
¿no?
-Así es. Nos acercó Carlos
de la Púa. El encuentro fue en un boliche. ¿Sabe que
yo desenfundé la viola, canté algún tango, después
se animó Troilo -que,
aunque tenía voz ronca. era muy atinado- y nos olvidábamos
del asunto que nos había reunido?.. Fue recién a altas
horas de la madrugada cuando el gordo lo recordó. El 29 de abril
de 1947 grabamos nuestro primer tango en colaboración: "El
milagro", de Pontier
y Expósito.
Sur
-Un título significativo, porque allí
comienza su éxito. Dígame, Rivero, cuando usted grabó
esa joya de la discografía tanguera que es "Sur"
con la orquesta de Troilo,
modificó algunas palabras de la letra ¿no es así?
-Sí, cambié florando por flotando. ¡Qué
hermoso término, florando! Lo que pasa es que cuando comencé
a e cantarlo, el público no comprendía el significado
de ese verbo; me preguntaban qué quería decir.
Entonces, con el consentimiento de Manzi,
lo reemplacé por flotando. También en la segunda parte
hice un cambio: troqué y mi amor y tu ventana por
y mi amor en tu ventana. Por supuesto, Homero estuvo de
acuerdo. Ponga esto: en la historia de la música, el cantor popular
está autorizado a agregar algo de su personalidad a letras y
melodías, a fin de identificarse con ellas, siempre y cuando
no cambie el sentido ni el contenido del texto. Esto último suele
ocurrir, en lo instrumental, con muchos músicos modernos que
desvirtúan las melodías. Se puede hacer mil variaciones,
pero luego de tocar la obra original.
El cantor nacional
-Sí, muchas cosas han cambiado en el tango.
Algunas, para bien, otras, para mal. A propósito, usted es el
último de los llamados "cantores nacionales", es decir los que
además de tangos interpretaban el cancionero provinciano. Entre
las mujeres sigue haciendo lo propio Nelly
Omar. ¿Por qué se ha perdido el cantor nacional?
-Todo se debe a la forma de vida, a los cambios operados
en la ciudad. Antes, los barrios estaban cerca del campo. Por eso mis
padres cantaban canciones camperas, no tangos. Además, todavía
se podía oír a los payadores -yo acompañé
a algunos de ellos con mi guitarra-. Para entonces solía escuchar
tangos en la radio, pero no para practicar ese género; eso vino
después. En aquella época, me interesaba sobre todo la
música sureña: décimas, largos relatos gauchos,
algunos de los cuales llegaban a durar hasta 25 minutos.
-¿No cree que el auge de la orquesta típica
en los 40 contribuyó a esa pérdida?
-Es posible. Si bien entonces había cantores
nacionales, los que pasaban a las orquestas no interpretaban ya el repertorio
campesino.
La milonga
-También se ha perdido la milonga auténtica.
Usted es uno de los pocos que han conservado la índole de la
milonga. Podría arriesgar otros contados nombres, como el de
Rosita Quiroga o el de un
Gardel anterior a la década
del 30.
-Es que yo he conocido las viejas milongas, como aquellas
que cantaba mi abuela y otros parientes, ya que tengo la suerte de que
casi todos mis antepasados eran criollos. Ella, mi abuela, era de mil
ochocientos y tantos, así que conocía bien el origen,
sin haberlo estudiado, que por otra parte, a nadie se le habría
ocurrido, entonces, haber escrito sobre aquellos incipientes géneros
musicales. Las había aprendido de oírlas cantar por las
calles. Esas coplas eran todas cuartetas y algunas, muy picarescas,
como la de Juan y Josefina que ya le dije. Pero usted se refiere a la
autenticidad...
-Sí. La vieja milonga de los guitarreros no
tenía ritmo de habanera. Eso lo agregaron músicos como
Hargreaves
que las escribieron para piano y luego quedó fijado en las milongas
de Piana y en la posterior milonga orquestal.
-Es muy cierto. Yo todavía hago la milonga clásica,
aquella que nació en el arrabal, que era el límite entre
el campo y la ciudad, y luego se extendió a ellos. Y también
la uruguaya. que es diferente a la nuestra. (Entona el ritmo de la milonga
uruguaya, que comienza en el alevare).
-Usted se refirió a las milongas picarescas,
¿y los viejos tangos?
-¡Cuantos títulos descarados! Muchos de
ellos se modificaron luego para las partituras, como los que vinieron
a llamarse "Cara sucia" o "La
cara de la luna" (15). Pero hubo casos en que el título
original quedó, aunque disimulado en las ilustraciones de las
carátulas de las ediciones. Por ejemplo, uno titulado "Dos
sin sacar", en la tapa de cuya partitura un avispado artista había
dibujado una escena de baile con dos muchachas sentadas, es decir, "dos
sin sacar", sin sacar a bailar.
En un viejo almacén del Paseo Colón
(NdA: Esta charla se llevó a cabo en El
Viejo Almacén. Pero no fue realizada totalmente allí.
Se completó con otros dos encuentros; uno en un café de
la avenida Santa Fe, el otro en la Academia Porteña del Lunfardo.
Imposible obviar, en consecuencia, ese templo del tango donde transcurrió
la mayor parte del diálogo y que se halla a pocos metros de Paseo
Colón, donde Juan Andrés
Caruso ubicó aquel viejo almacén mencionado en el
tango "Sentimiento gaucho",
que le dio nombre).
-Rivero, ¿cómo surgió la idea de
instalar El Viejo Almacén?
-Fue una ocurrencia de Carlos
García y Alvarez Vieyra. Y también mía. El
proyecto nació una noche, mientras nos encontrábamos cenando.
Nos entusiasmamos y tratamos de ubicar un sitio adecuado. Y lo encontramos
en una antigua casona de Independencia y Balcarce. Era un edificio con
historia; en tiempos de la colonia había funcionado allí
el Hospital de Hombres, más tarde se convirtió en el Hospital
Británico -donde se llevó a cabo la primera operación
con anestesia en Sudamérica- y luego fue una tienda de
ultramarinos. El tiempo parecía haberse demorado entre
aquellas paredes. Era lo que necesitábamos.
El 8 de mayo de 1969 lo inauguramos. Aquella noche
actuaron los binomios Horacio Salgán-Ubaldo
De Lío y Ciriaquito Ortiz-Edmundo
Zaldívar, la orquesta de Carlos
García y los cantantes María Cristina Láurenz
y Félix Aldao. La presentación estuvo a cargo de Horacio
Ferrer. Por entonces, compusimos una milonga con Horacio. La titulamos
"Coplas del Viejo Almacén"
(La voz profunda y comunicativa del cantor nos arrima una de las coplas):
"En este Viejo Almacén / tengo un coro de gorriones./ sabios,
poetas y chorros; / se mezclan por los rincones / un tango de antiguos
sones / y un son de tangos cachorros."
Rivero en Japón
-Fue por entonces cuando usted viajó al Japón...
-Un año antes, en el 68. Podría contale
tantas cosas acerca de ese pueblo maravilloso... Algo que me impactó
y habla de la sabiduría de los japoneses: yo había observado
que todas las mañanas la gente se inclinaba ante la puerta de
su sitio de trabajo; no comprendía el motivo y lo averigüé;
me respondieron que acostumbraban a hacer eso para agradecer a Dios
por haberles dado un día más de trabajo. Otra cosa: cuando
hacen huelga, los japoneses van a trabajar, pero usan un distintivo
que indica su adhesión a la misma. Es un pueblo con una cultura
y una filosofía milenarias. Nunca podré olvida el cariño,
la admiración y la cortesía de los japoneses durante mis
actuaciones.
El lunfardo
Pasando a otro tema, usted es el primer compositor
que ha puesto música al soneto lunfardo.
-Nadie lo hizo antes. seguramente, porque el soneto
es breve y difícil de musicalizar, debido a sus tercetos. A mí
me interesaron porque tanto esa forma poética como el vocabulario
lunfardo son sintéticos, en pocas palabras pintan al mundo. Además,
las acepciones lunfas embellecen la poesía. He rescatado para
el cancionero a los grandes poetas de nuestra jerga: Carlos
De la Púa, Felipe
Fernández "Yacaré", Iván
Diez, al principio; Celedonio
Flores, después; finalmente, algunos de los actuales, entre
ellos Juan Bautista Devoto,
Nyda Cuniberti o Enrique Otero Pizarro, ya fallecido, que firmaba como
Lope de Boedo y escribió sonetos tan estupendos como
éste que se titula "Dos ladrones":
Hay tres cruces y tres crucificados -Sin duda, un poeta "a la gurda", como correspondería
decir. Pero, generalmente, usted recita el primer terceto, ¿por
qué?
-Lo hago simplemente para variar.
-"Cuando, llegue el final, si la de blanco/ me lleva
con el cura antes que al hoyo,/ que el responso sea el lunfa, así
lo manco./ Yo no aprendí el latín, de puro criollo". ¿Qué
me dice de estos versos?
-¡Ah, sí! Pertenecen a un poema mío,
"A Buenos Aires". ¿Qué otros poemas lunfardos
ha escrito?
-Unos cuantos... Todos sobre personajes que he conocido,
que me ha acercado la noche, como Aldo Saravia, el de la toalla mojada.
Lo conocí en un ambiente turbio de nocheros, quinieleros,
malandras, cafishios. Saravia solía contar sus aventuras como
explotador de mujeres. Decía que las fajaba con una toalla mojada
y que tenía diferentes técnicas, como las de agregar sal
fina o gruesa al agua en que la sumergía, según los casos.
Y refería todas estas cosas con una voz especial, de pesado,
que sólo usaba de noche. En realidad, había cierta confabulación,
entre quienes lo escuchábamos, para creerle todas esas fantasías.
A Osvaldo Pojatti le escribí un soneto que titulé A
un nochero que quiso ver el sol. Pojatti era un nochero bravo,
respetado por malandrines y policías. El amor lo arrancó
de las sombras nocturnas y terminó, con una esposa y tres hijas,
levantándose con el sol. Otro de esos personajes es Domingo,
el conserje de un hotel marplatense. Parábamos allí con
Julieta (17) y Domingo nos trató siempre con el mayor respeto.
En una oportunidad, caímos a Mar del Plata y el conserje inesperadamente
nos abrazó y comenzó a tutearnos. No entendíamos
nada. Después nos aclaró: "Ahora soy un hombre de la noche
como vos, Edmundo, ¡qué fenómeno es el ambiente nochero!
Desde que laburo de cheno soy otra persona". Un tipo así no se
me podía escapar y le escribí "A un nochero".
Siempre se sintió honradísimo con la última estrofa,
en realidad, iba a modo de cargada:
Veo en vos a Cacho Otero,
a Picabea, a Ruggero, Julio el Gallego y con él a cafilos y punguistas, cuenteros y descuidistas. ¿Querés más?... ¡Vos sos Gardel -¿No se le ha ocurrido publicar esos poemas en
libro?
- No sé... Escribo mis poemas para mis amigos.
Pero, tiene razón, quizás alguna vez publique los que
he escrito sobre personajes de Buenos Aires. Ahora estoy escribiéndole
a los pintores porteños.
Hoy se canta de otro modo
(NdA: El tema de la poesía lunfarda surgió
en un bar de la avenida Santa Fe. Cuando nos sentamos a la mesa, pedimos
el café de ritual. Rivero nos sorprendió preguntándole
al mozo si había mate cocido. El hombre asintió. Mientras
el cantor vertía el agua caliente sobre el saquito de yerba,
nos comentaba: «En pocos boliches tienen mate cocido. Es una lástima.
En todos estos sitios tendrían que venderlo. Deberíamos
acostumbrarnos a pedir esta infusión criolla en cambio de café».
Sí, Rivero es un auténtico criollo. Un hombre que, como
lo hace con el mate, ha bebido el cancionero argentino en sus fuentes.
Por eso, en el siguiente encuentro -esta vez en el Viejo Almacén-
soltamos la pregunta con respecto a los cambios que se han operado en
la canción ciudadana).
-Usted ha conservado la pureza de nuestras especies
musicales, pero también ha cantado a Piazzolla.
¿Qué opina del tango actual?
-Hay muy pocos o se difunden pocos de ellos.
-Estoy de acuerdo con esto último. Sé
de muchos autores -y soy uno de ellos- con una gran cantidad de tangos
que nadie canta. Pero, ¿cómo ve el tango presente?
-Los tangos de hoy -al menos, los que he escuchado-
cantan a la luz de mercurio, al asfalto. No tienen el calor ni el color
de la cosa pasada; aquello que cantó Manrique: "Recuerde el alma
dormida, / avive el seso y despierte" el ubi sunt que anda por tantas
viejas letras. Además, hoy se canta de otro modo. Ya los chicos
no ven cosas que les embellezcan la vista o el espíritu. Todo
está en el paisaje. Mire esos edificios modernos: lisos, cuadrados;
cuando antes, la arquitectura estaba poblada de ornamentos. En consecuencia,
hoy el tango no se adorna. Además, nuestro género es muy
difícil, porque en él es mejor contar que cantar. Lo ideal
es hacer las dos cosas y, además, adornar el canto. Esto de los
adornos lo introdujo Gardel en el tango cantable.
-Es verdad. Y también Gardel estrenaba tangos
continuamente, cosa que ahora, por cierto, no ocurre.
-Sí, pero así le iba. Tenia que cantar
en el exterior porque aquí aplaudían a cualquiera.
-Sí, así fue. Pero hoy en día,
los cantores de tevé o tanguerías, además de no
interpretar -nuevos tangos, hacen un repertorio- "for export", como
ahora se dice.
-Porque los turistas son quienes, generalmente, concurren
a esos sitios. Y ése es otro problema. Un obrero, un empleado,
no pueden ir a los lugares de tango. ¿Sabe por qué? Porque
a causa de los altos costos actuales, es imposible que haya espectáculos
baratos.
-De todos modos, sigue habiendo cantores de tango.
Aunque muchos de ellos han heredado, lamentablemente, los defectos de
los malos intérpretes. Creo que nadie está tan autorizado
como usted para opinar cómo se debe cantar, cómo deben
hacerlo los nuevos cantores que, en definitiva, son los sucesores del
pasado.
-Como ya dije, es bueno que cuenten y canten. Que tengan
su estilo. El cantor debe ser como el pájaro: cada cual canta
en su rama.
Nos despedimos. Estrechamos la mano tan grande como
fraternal del cantor. Tomamos la calle Balcarce hacia el norte. La calle
se empecina en retener un pasado de tango. Volvemos la vista hacia la
esquina de Independencia siempre habrá una esquina-; allí,
en el árbol que ha plantado la devoción del pueblo, Edmundo
Rivero sigue cantando en su rama.
Sábado 18 de enero de 1986. La tevé nos
tira la noticia, que se nos clava en el alma. En la derecha, nos duele
el recuerdo de la mano grandota de Edmundo Rivero. Hay un árbol
con una rama solitaria.
La ciudad se ha quedado sin voz.
Originalmente publicado en la revista Todo es Historia, dirigida por Félix Luna, septiembre de 1987. |
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