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El Organito
por Néstor
Pinsón y Julio
Nudler
![]() Fragmento del cuadro "El Ultimo Organito" de José Marchi La música era grababa en el cilindro, hecho
de madera o cartón. Sólo un músico podía
realizar la tarea, ya que debía adecuarse la melodía a
la escala del organito. También era preciso lograr que la misma
velocidad de rotación de la manivela permitiera que sonasen igual
de bien una polca, un vals o un tango. En un mismo cilindro podían
registrarse entre ocho y once piezas.
En Buenos Aires se destacaron los organitos (u organillos)
de las marcas "Rinaldi-Roncallo" y "La Salvia". Los hermanos La Salvia
se adjudicaban haber sido los primeros y únicos constructores
locales. Su abuelo habría llegado al país en 1875.
El organito fue un gran difusor del tango a fines del
siglo XIX y principios del XX, pues llegaba a un público popular
que, antes de la radiofonía, no podía acceder fácilmente
a la música. Su sonido sabía además atravesar discreta
pero efectivamente zaguanes y ventanas de casas "decentes", cuyos moradores
eran indiferentes sólo en apariencia a ese tango que aún
cargaba con su estigma de música prohibida.
Ya en el Martín Fierro, fundamental poema gauchesco
de José Hernández, escrito en 1872, lo encontramos mencionado:
Además de atraer con su música, los organitos
eran también augures ambulantes, que predecían la suerte
a cambio de una moneda. Aquella dependía del pico de una cotorra,
que extraía el vaticinio preimpreso ante la ávida y crédula
mirada de la muchacha que entregaba el níquel. En 1965, en el
ya desaparecido mensuario "Leoplán" se publicó un reportaje
a un organillero, que dijo llamarse Don Rafael y contó que la
llamada cotorrita de la suerte era un invento argentino..., "que (él)
poseía 60 clisés distintos para imprimir en los papelitos
de colores que sacaría la cotorrita cuando le abrían la
puertita. Que era difícil amaestrarlas, pero podían vivir
20 años. Y a los argentinos, sobre todo a las mujeres, había
que venderles el destino; si no, no daban un centavo."
Varios son los tangos que recuerdan a este pintoresco
artilugio: "El último
organito", de Homero Manzi,
con música de su hijo Acho (la versión grabada por la
orquesta de Aníbal Troilo
con la voz de Edmundo Rivero
es una de las máximas joyas del género); "Organito
de la tarde", con música de Cátulo
Castillo y letra de su padre, José
González Castillo (la más exitosa versión instrumental
pertenece a la orquesta de Carlos
Di Sarli, pero existe además un excelente registro cantado
por Alberto Marino con orquesta
propia); "Organito del suburbio", de Antonio
Bonavena; "Música de organito", de Manuel
Buzón, Osvaldo y Carlos Moreno; "Organito", de Juan Carlos
Gravis, y "Organito arrabalero", de Ernesto Baffa y José Libertella.
Además de los dos tangos mencionados en primer
término, resulta de especial interés "Cotorrita
de la suerte", con música de Alfredo De Franco y letra de
José
de Grandis, que construye un melodrama en torno del organito.
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