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Villoldo rinde homenaje a Mascagni
por León
Benarós
Poeta, crítico de arte, abogado e investigador
de la vida cotidiana y de la ciudad de Buenos Aires. Es miembro de la
Academia Porteña del Lunfardo.
En la tapa de la edición, aparece Mascagni en
el acto de dirigir su ópera Isabeau, cuya partitura
se insinúa en el atril.
La
personalidad musical de Villoldo
no ha sido todavía debidamente justipreciada. En el pericón
nacional que denominó "El granadero", introduce novedosamente
en la melodía el trote de los caballos del escuadrón.
En "Chiflale, que va a venir" (tango), utiliza el chiflido
como elemento melódico.
Villoldo
hizo mil cosas para ganarse honestamente la vida. Fue tipógrafo
(con tal oficio aparece en un padrón electoral), cuarteador,
payador, payaso de circo, autor de letras para comparsas; hombre-orquesta
(había creado un dispositivo que le hacía pender del cuello
otra armónica, que tocaba al propio tiempo que una guitarra).
Noble criollo, hombre bondadoso y cordial, nos expresaba
el editor Andrés Pérez Cuberes que Villoldo
concurría a visitar enfermos y amigos, a los cuales distraía
con sus ejecuciones en guitarra.
Ha pasado a la historia del tango con composiciones
tan perdurables como los tangos "El
choclo" y "El
Porteñito", o la letra de "La
morocha", pero fue también un interesante escritor de
sabrosos romances populares, vivaces cuadritos de la vida popular porteña,
que publicó en Caras y Caretas y Fray Mocho.
Como ejemplo, vaya un fragmento del que titula Los
cabreros, ilustrado por Juan Peláez, que apareció
en Fray Mocho, en el número de la Navidad de 1913:
Güenas noches,
che.
Pa algunos, lo ques pa mí, no es muy güena. ¿Ya empezás con los resongos? ¡Cha digo, que sos cabrera! Como que tengo razón. No se te ve la silueta desde ayer que tespiantaste. No me vengas con sonseras que no te llevo el apunta. Servime pronto la cena Que traig un hambre feroz. Al momento, su ex... celencia. Dejate de retintines ques lo mejor, Magdalena, pues ya sabés que conmigo tenés que andar muy derecha, porque si no, va ligarte sin quererlo, una miqueta. Venís pesao esta noche. Vengo... como me convenga. Hacé lo que the mandao y dejate cantileras mirá que traig un estrilo fulminante en la cabeza, y si seguís machacando va calentarse la mecha y es fácil de que reviente la bomba de la pasencia. Originalmente publicado en la revista Desmemoria vol. 4 nº 16, Buenos Aires.
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