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Francisco Alfredo Marino y “El ciruja”
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Poeta, compositor y cantor |
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por José Gobello
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En 1922, se presentó como cantor en el Café Nacional, donde hasta entonces nadie había osado hacerlo desde el palquito. En 1926, formó con Pablo Eduardo Gómez un dúo que primero se presentó en el “Casino Pigall” y luego en el mencionado café, donde en ese momento también actuaba la orquesta del bandoneonista Ernesto de la Cruz que, naturalmente, carecía de vocalista. Una apuesta acerca del empleo del lunfardo en las letras de tango movió a Marino a improvisarse letrista. Produjo así una página magistral, un clásico que perdura: “El ciruja”. Éste y sus contemporáneos “La gayola” y “Barajando” son los últimos tangos malandras, cuando el lirismo de Homero Manzi recién estaba despuntando tímidamente con “Viejo ciego”. Los versos fueron musicalizados por Ernesto de la Cruz y cantados por Pablo Gómez, el estreno fue en el mismo café el 12 de agosto. Marino jamás lo cantó. Carlos Gardel en cambio lo grabó ese mismo año con las guitarras de José Ricardo y Guillermo Barbieri. Ignacio Corsini, el 21 de febrero de 1927 y Rosita Quiroga unos días antes, el 5 de febrero de 1927.
De regreso a Buenos Aires se incorpora como estribillista en el sexteto de Elvino Vardaro, haciendo presentaciones ante los micrófonos de Radio Fénix. Se siente atraído por la actuación y así se lo pudo ver en dos obras de Francisco Canaro e Ivo Pelay: “La patria del tango” y “Mal de amores”. Asomó también en el cine en títulos varios como: “Turbión”, “El loco serenata”, “Pelota de trapo” y “Su última pelea”. Finalmente llegó a Radio El Mundo donde permaneció 22 años, allí cobra nombradía en la famosa serie diaria “Los Pérez García”, en la que, por breve tiempo, encarna al padre de la familia: Don Pedro, ocupando luego su lugar Martín Zabalúa. También, participa en otro programa, que se emitía cuarenta y cinco minutos antes, el policial “Peter Fox lo sabía”. A partir de 1967 fue director de esa emisora.
La fábula que se cuenta es la habitual, y no falta en ella siquiera, el canflinflero que esquilma a la paica alucinada. Si “El ciruja” constituye un hito en la historia del tango, ello no se debe a la anécdota que narra, ni tampoco a la difusión singular que alcanzó —en cinco meses se vendieron 150.000 partituras—, sino a la pureza de su estilo. Se lo considera como el tango lunfardesco por excelencia. Es posible que lo sea aunque, en tal caso, compartiría esa distinción con “Uno y uno”, de Lorenzo Traverso. Es necesario advertir, empero, la precisión de sus frases, limpia de ripios y pleonasmos, como si hubieran sido sometidas a un minucioso proceso de limado. Y nuevamente aquel verso: “Campaneando un cacho ‘e sol en la vedera”, la miseria física, la desmoralización, no han logrado nunca expresarse de modo tan elocuente. En el vocabulario de “Nueva Antología Lunfarda” se lee: «Mosaico: deturpación de “moza”» (el término deturpación significa —según la Real Academia—, deformación, afeamiento). En las tangueras páginas del periódico de Gaspar Astarita “Tango y Lunfardo”, Nº 80, figuran dos poemas: “Corralón”, que le pertenece y “A Alfredo Marino, mi padre” de su hijo Norberto. Algunas versiones de "El ciruja": Ignacio Corsini con guitarras (1926 y 1927) |
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