![]() |
![]() Jorge
Luis Borges, nuestro entrañable Borges, es uno de esos elegidos
sobre los que se derramó el talento al que él agregó toda su capacidad
de trabajo en sus siempre arduos escritos logrando, en cada uno de ellos
una particularísima polidimensionalidad que va desde su recreación del
idioma hasta el manejo de la ironía para evitar una respuesta enojosa
a su modestia.
Sírvanos como ejemplo de lo dicho recordar su tan mentada
aversión al tango del que solo se permitía rescatar los alegres y retozones
de la guardia vieja (Villoldo,
Ponzio, Greco,
por más que él no los nombrara) y los versos de esa inefable poesía
"Fundación mítica de Buenos Aires", en que describe su amor por Buenos
Aires.
¿Quién puede amar tanto a esta ciudad si no la conoce
a fondo?
¿Y quién puede conocerla a fondo sin advertir que sus
adoquines, sus plazas, sus gentes y sus monumentos están empapados de
los tangos que la describieron desde los finales del siglo XIX hasta
nuestros días?
Tratemos entonces de desentrañar ese diáfano misterio
que es el Borges que siempre se presta a tantas lecturas como lectores
tenga. Y hagámoslo desde uno de sus más perfectos cuentos, aquel del
que usurpamos el título para encabezar estas líneas: "Hombre de la esquina
rosada".
Desde la perspectiva del género policial es todo un alarde
literario dejarnos entrever al homicida desde el tercer párrafo "...
Arriba de tres veces no lo traté, y esas en una misma noche..." pero
ese detalle no nos alcanza para marcar la estatura del escritor: es
simple muestra de "oficio".
Adrede hemos usado el vocablo "homicida" ya que el autor
de la muerte no puede ser considerado "asesino": no tiene rencor, no
lo motiva la pasión, simplemente cumple con su deber como verdugo, mata
a quien mató a su ídolo. Mata a quién mató sus ilusiones, sus míseras
esperanzas de ascenso social y, aunque simultáneamente demostró que
podía ocupar el sitial de "guapo" que junto con la vida perdiera su
referente, nos enseña que tampoco esa era su intención.
Vagamente nos recuerda aquel pasaje de "Silbando"
donde se dice que casi anónimamente surge "un quejido y un grito mortal
/ y brillando entre la sombra / el relumbrón con que un facón / da su
tajo fatal".
En orden a sus cualidades descriptivas, el escenario
en que se desarrolla la acción merece párrafo aparte: una solitaria
planicie que merced a la oscuridad nocturna alcanza ribetes espaciales,
se extiende a partir del Arroyo Maldonado (hoy Avenida Juan B. Justo)
en su cruce con Gaona.
Una solitaria y ominosa luz colorada denuncia la verdadera
naturaleza del galpón donde se reunieron a milonguear los malandras
de las proximidades y las chinas cuarteleras que descansaban los gajes
de su oficio en los ranchos circundantes.
Acodado en el mostrador Rosendo Juárez, el señor del
lugar, el resumen de todos los ideales y esperanzas que son capaces
de imaginar aquellas almas, el modelo a imitar, bebe su caña con gesto
taciturno; no es el presagio de una muerte que no imagina, es sencillamente
el aura que les impide a los otros pedir detalles de sus mentas, y a
él lo exime de darlas.
No hay alegría en la escena, no puede haberla; hay desesperanza,
hay rutina, cualquier risa es grotesca cosa de "puro italianaje mirón",
y hasta el baile es ensimismado aunque alerta porque la actitud es competitiva.
¿Dónde está, entonces, la alegría de ese tango picaresco
que suena en nuestros oídos mientras leemos?
¿Qué nos sugiere al Borges que nos dice que el buen tango,
era el tango sencillo, alegre y querendón y travieso de los inicios?
Por la inconmensurable noche-pampa se acerca un coche
placero de altas ruedas coloradas. En él, otro conjunto de marionetas
que responden a otro titiritero, se acercan al galpón en medio de risotadas
alcohólicas y milongas punteadas en las cuerdas de alguna guitarra criolla.
Tampoco los trae la perspectiva de una noche de juerga:
saben que es una misión letal, si se lo preguntaran dudarían de estar
vivos rato después; pero se arraciman detrás de su jefe, único consciente
del porqué de la expedición.
Ranas, perros y grillos completan la escena en que deberá
desenvolverse la tragedia y esta da comienzo cuando Real, el otro, lanza
el desafío sin nombrar al destinatario; sabe que el espíritu de cuerpo
de los locales se encolumnará detrás del desafiado en cuanto éste se
dé por aludido, pero también sabe que esa misma aceptación será la voz
de alto que convertirá la sospechable batalla campal en un tango a dos
cuchillos que cumplirán su ritual hasta la fatalidad.
Y ese es el tango amado por el irónico Borges: no es
travieso, no es alegre, es trágico, es letal.
¿Cuantas veces el socarrón maestro nos mostró su admiración
por el duelo a cuchillo, con todo el coraje que implica saber la muerte
al alcance de la mano?
¿Cuantas veces Nicanor Paredes o Jacinto Chiclana?
¿No es esta una vez más?
El cuadro siguiente pareciera demostrar que no: Rosendo
Juárez, El Pegador, declina el convite y decide perder todo su patrimonio
de una sola vez: su fama, esa que ganó trabajosa o mentirosamente pero
que le facilitaba todo, hasta la posesión de esa mujer que ya no es
más suya desde que, por orgullo propio, le saca el cuchillo de entre
las ropas y lo pone en sus manos, dispuesta a ser una cosa para su hombre
siempre que éste sea el mejor ("Vayan abriendo cancha, señores, que
la llevo dormida!..." dirá Real en su momento de triunfo, pero antes
la Lujanera lo habrá convencido de su sumisión: "Dejalo a ése, que nos
hizo creer que era un hombre").
El cuchillo, siempre el simbólico cuchillo, vuela a través
de una ventana y uno espera la caída del telón pero tres actores continuarán
una trama de tono dramático que concluye con Real muerto y profanado
en el galpón que, a poco, recuperará el baile para que los picados compases
del tango lleven a la autoridad a aceptar la inocencia de la escena.
¿En que tangos acunó Borges este relato?
Irrespetuosamente me permito suponer que algunos de estos
que imaginaron mis oídos mientras leía "Tres
amigos", cuyo relator añora a sus amigos que conformaban el "trío
más mentado que pudo haber caminado" y nos agrede desde su añoranza
diciéndonos que es imposible reeditar aquellos tiempos.
Hay en todo el relato de Borges un trasfondo de ámbito
de pertenencia que, extrapolado a sus límites, parece murmurar la palabra
"amistad". Y, además, se presiente en el relator la nostalgia por aquel
otro tiempo.
"Culpas ajenas" donde Ponzio
hiciera su descargo, recuerda ese mandato de amistad desde el cual se
asumen recatadamente el rol que el amigo dejó vacante, ya sea con cuchillo
o con silencio.
"El Tigre Millán",
en la descripción de Francisco Real, el Corralero, morocho, alto, fornido,
seguro de sí mismo.
"Como abrazado
a un rencor": Real, al pedir que le ahorren la vergüenza de expirar
ante la vista de los demás, está repitiendo el verso "...no ando en
busca de un consuelo ni ando en busca de un perdón, no pretendo sacramentos
ni palabras funebreras, me le entrego mansamente como me entregué al
botón...".
Pero en ninguno de ellos puedo advertir visos de alegría
que diferencien en esencia a los melódicamente humildes "Tangos de Saborido"
mencionados en el relato, de los románticos compases de Cobián,
los chopinianos arrebatos de Maderna,
los querendones susurros de Troilo
y las eruditas "fugas" tangueras de Piazzolla
o Rovira.
Todo eso es el tango y su efecto en cada uno de nosotros
está descripto a la perfección cuando Borges nos dice "El tango hacía
su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y
nos volvía a encontrar".
Ante tamaña definición convengamos, señores, que Borges
es Tango y no solo tango.
|
|