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El tango tiene tres cosas: compás, efecto y
matices
por Juan D'Arienzo
Después seguí tocando jazz con Verona,
en el Real Cine y con nosotros estaba Lucio
Demare en el piano. Tenía 20 años ese muchacho.
Luego vino la época en que se terminaron las
películas mudas pero entonces yo tenía una linda trayectoria.
Todavía tuve tiempo para tocar en la rondalla Cauvilla-Prim.
Ahí me acompañó Eugenio Nobile, gran violinista.
También tocaba tangos desde siempre. De los
18 años. Por el año 1926 actuaba en el Paramount con Luisito
Visca y Ángel D'Agostino.
Y allí empecé a elaborar el estilo que después
me distinguió, el de hacer sobresalir el piano y la cuarta cuerda
del fondo que tocaba Alfredo Mazzeo.
El calificativo de Rey del compás
me lo pusieron en el cabaret Florida, el antiguo Dancing Florida. Ahí
tocaba Osvaldo Fresedo, mientras
yo actuaba en el Chantecler, que era de los mismos dueños. Allá
por el 28 o el 30 conocí al famoso Príncipe Cubano, que
era el que presentaba los números. Estaba Julio
Jorge Nelson, también. Eso pasó cuando reemplacé
a Fresedo en el Florida.
El pianista era Howard. Fue en esos días cuando el Príncipe
Cubano salió con lo del Rey del Compás, por
el estilo que tenía yo.
La mía siempre fue una orquesta recia, con un
ritmo muy acompasado, muy nervioso, vibrante. Y fue así porque
el tango, para mí, tiene y tres cosas: compás, efecto
y matices. Una orquesta debe tener, sobre todas, vida. Por eso la mía
perduró durante más de cincuenta años. Y cuando
el Príncipe me puso ese título yo pensé que estaba
bien, que tenía razón.
Gardel trabajó
conmigo en el Paramount, pero no cantó con mi orquesta. El hacía
el dúo con Razzano
en los entreactos. Era 1a época en que yo hacía jazz,
con Verona. Después volvimos a actuar juntos en el Real
Cine, siempre en los entreactos. Pero si bien no cantó
bajo mi batuta, Gardel era medio fana mío y siempre venía
a verme a los cabarets donde yo actuaba. ¡Ya tengo 42 años
de cabaret! Anoten si quieren: Abdullah, Palais de Glace, Florida, Bambú,
Marabú, Empire, Chantecler, Armenonville. Todo eso en 42 años.
¡Si conoceré gente de la noche!
La nuestra es una orquesta unida: los muchachos están
afiatados. Ensayamos tres o cuatro veces y ya cada uno sabe lo que debe
hacer. Yo les hago algunas correcciones y asunto arreglado. A veces
sólo falta que yo les imprima mi sello, algo que cuido mucho
porque subir es difícil pero más lo es mantenerse. Y yo
llevo sesenta años en esto.
La vida de hoy es otra cosa. Todo ha cambiado. No hay
comparación. La vida nocturna, para mí, ha desaparecido.
Nosotros empezábamos a vivir recién a las cuatro de la
mañana. Y ahora a la una, después de la salida de los
cines, ya no hay un alma en las calles. Es un plomo, esa es la verdad.
Cuando Corrientes era angosta salíamos a caminar
a las cinco de la mañana y todo el mundo estaba en la calle.
Teatros, cafés, restaurantes, cabarets, todo estaba abierto y
lleno de gente. Uno caminaba y era recibir saludos a cada paso. Yo extraño
todo aquello.
A pesar de todo lo que viví, soy un tipo muy
natural, como todo el mundo. Me gusta tomar un cafecito y mirar cómo
se viene la madrugada. Nada más. A lo sumo juego una partida
de truco para pasar el rato. Y eso porque en Buenos Aires no hay ruleta.
Si la hubiera estaría ahí todo el día. Ahora, cuando
subo a un palco soy otra cosa. Ahí me transformo. Es mi métier,
y necesito sentir lo que dirijo, y además transmitirle a cada
músico lo que estoy sintiendo. En los cabarets uno tocaba toda
la noche, la gente bailaba, se divertía, se quedaba hasta que
salía el sol y los músicos se acalambraban de tanto meta
y ponga. No había hora para irse. Hoy eso no existe y eso me
hace mal al cuore. Ahora hay bailes, pero no es lo mismo. A lo sumo
tienen un pequeño show.
A mí la juventud me quiere. Mis tangos gustan
porque son movidos, rítmicos, nerviosos. La juventud busca eso:
la alegría, el movimiento. Si usted les toca un tango melódico
y fuera de compás es seguro que no les va a gustar. Eso es lo
que pasa. Ahora hay buenos músicos y grandes orquestas que creen
que lo que están haciendo es tango. Pero no es así. Si
les falta compás no hay tango. Creen que pueden imponer un nuevo
estilo y ojalá tengan suerte, peto yo sigo pensando que si no
hay compás no hay tango. Como profesionales los respeto a todos.
Pero lo que hacen no es tango. Y si estoy equivocado quiere decir que
hice más de cincuenta años que estoy equivocado.
Yo creo que no, que la mía es la verdad. Por
eso, a pesar de que nunca salí más allá del Uruguay,
mi música se conoce en Europa, en Japón. Tuve mil ofrecimientos
para actuar en el exterior pero para ir había que subir a un
avión y yo a un avión no subo. Es un trauma que tengo
y para mí, justificado. En el año 32 Carlitos Gardel y
Leguisamo venían todas las noches al Chantecler. Se instalaban
en un palco de arriba y esperaban a que yo terminara. Entonces subía
a tomar una copa de champagne con ellos. Y nos quedábamos horas
charlando.
Una noche Carlitos me dijo: "Mirá Juancito,
creo que me voy a morir en un avión". Le contesté: "Dejate
de pavadas, no digas tonterías". Pero no eran zonceras. Él
lo presentía. Por eso nunca quise subir a un avión. Por
ejemplo, hubiera ido a Japón si no me hubiera quedado ese trauma
porque a mí me invitó el propio emperador Hirohito, no
como a los demás que los llevan lo, empresarios.
Hirohito me mandó un cheque en blanco para que
yo pusiera la cantidad que quisiera con tal de ir a Tokio. Le respondí
que no era cuestión de dinero sino de avión. Me mandó
decir que fuera en barco, pero eran como cuarenta días. ¿Qué
hago yo cuarenta días mirando el cielo y el agua? El emperador
insistió: Le mandó un submarino y llega en veinticinco.
Pero yo ni loco porque por ahí estos japoneses se meten en una
guerra y me agarra bajo el agua. Por eso no fui. Y creo que me hubiera
gustado. Esto que cuento pasó allá por 1957 o 1958.
Por eso nunca quise salir del país. No cuento
al Uruguay porque aunque yo nací aquí soy medio uruguayo
también. Estuve muchos años allá y quiero muchísimo
a los orientales. Durante 38 años seguidos actué en Carrasco
y en todo el Uruguay.
Tengo millones de amigos. Uno de ellos es el general
Perón (Presidente, en aquel entonces, de la Argentina). Nos conocemos
del tiempo en que íbamos al Luna Park a ver las peleas de Prada
con Gatica. Después nos reuníamos con el finadito Ismael
Pace y con Lectoure (dueños del estadio de box Luna Park), comíamos
un asadito, tomábamos unos whiskies y nos jugábamos un
buen truco. Yo hacía pareja con Borlenghi (ministro del interior
de Perón). Hace más de veinte años que soy amigo
del general.
Y soy un gran optimista. Un tipo alegre, embromón.
Me encanta hacer chistes y lo único que pretendo es poder seguir
con mi orquesta aunque se que ya no soy un pibe, que tengo que cuidarme
y no puedo gastar tantas energías como antes. Sin embargo, cuando
subo al escenario, siempre hago un show. Y no lo hago por gracioso.
Lo hago porque al tango yo lo siento así. Es mi forma de ser.
Modestia aparte, yo lo hice resurgir.
El tango antiguo, el de la guardia vieja,
tenía ritmo, nervio, fuerza y carácter. La obligación
nuestra es procurar que no pierda nada de eso. Por haberlo olvidado
el tango argentino entró en crisis desde hace algunos años.
Modestia aparte, yo hice todo lo posible por hacerlo resurgir. En mi
opinión, una buena parte de culpa de la decadencia del tango
correspondió a los cantores. Hubo un momento en que una orquesta
típica no era más que un simple pretexto para que se luciera
un cantor. Los músicos, incluyendo el director, no eran más
que acompañantes de un divo más o menos popular. Para
mí eso no debe ser.
El tango también es música, como ya se
ha dicho. Yo agregaría que es esencialmente música. En
consecuencia, no puede relegarse a la orquesta que lo interpreta a un
lugar secundario para colocar en primer plano al cantor. Al contrario,
el tango es para las orquestas y no para los cantores. La voz humana
no es, no debe ser otra cosa, que un instrumento más dentro de
la orquesta. Sacrificarlo todo al cantor, al divo, es un error. Yo reaccioné
contra ese error que generó la crisis del tango y puse a la orquesta
en primer plano y al cantor en su lugar. Además, traté
de restituir al tango su acento varonil que había ido perdiendo
a través de los sucesivos avatares. Le imprimí así
en mis interpretaciones el ritmo, el nervio, la fuerza y el carácter
que le dieron carta de ciudadanía en el mundo musical y que había
ido perdiendo por las razones apuntadas. Por suerte, esa crisis fue
transitoria y hoy ha resurgido el tango con la vitalidad de sus mejores
tiempos. Mi mayor orgullo es haber contribuido a ese renacimiento de
nuestra música popular.
Originalmente publicado en la revista La Maga, 13
de enero de 1993.
Nota de la dirección: Juan D'Arienzo tiene el récord de haber editado 150 discos de larga duración y también de haber vendido 14 millones de placas de su versión del tango La cumparsita. Sus pensamientos, que refleja en esta nota, provienen de entrevistas concedidas en enero de 1974, dos años antes de su muerte, a la revista Siete Días, y en 1969 a la revista Aquí Está. |
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