![]() |
|
Apuntes sobre Arolas y su tiempo
Testimonio
indubitable de la importancia del inmigrante en la construcción
del tango. Es el representante más genuino del romanticismo y
del modernismo de la "belle epoque" tanto por su genio creativo como
por su vida y su muerte.
Esta breve y sencilla descripción histórica
pretende colocar al personaje en el marco político y social de
la época, que nos permita comprender mejor sus talentos y contradicciones,
su genialidad y personalidad autodestructiva.
En cuanto al proceso evolutivo del artista remito al
lector a los excelentes trabajos de Héctor Ernié (La historia
del tango, Vol. 5, Ed. Corregidor) y de Oscar
Zucchi (El tango, el Bandoneón y sus intérpretes,
Ed. Corregidor) Solo me interesa destacar su ductilidad musical, que
permitió a nuestro protagonista pasar de la guitarra al bandoneón
con una facilidad y velocidad increíble.
Este enamoramiento entre el instrumento y el artista
originó no sólo un notable ejecutante y compositor, sino
un brillante director que modificó en fuerza y en brillo lo que
se escuchaba en otras formaciones de su tiempo. "Fue un refucilo, un
relámpago, un estruendo que conmocionó a toda una generación
de excelentes músicos que lo siguieron" (Jorge
Göttling, diario Clarín, 29/9/1994).
En efecto, Arolas
hizo cosas que hoy consideramos modernidades y sin embargo ya estaban
en el fraseo y canto de su bandoneón.
En el año 1890, procedente de Francia, arribó
a la ciudad de Buenos Aires el matrimonio de Enrique Arola y Margarita
Saury con su hijo José Enrique.
Nuestra historia nos enseña que no se trataba
de un año cualquiera.
"La iniciación del 90 encontró al país
es estado de quiebra y de liquidación forzosa y con una revolución
clamando en las calles" (Ernesto Palacio, Historia de la Argentina).
Durante su transcurso vivieron sucesivamente, una revolución,
la renuncia de un presidente y el nacimiento del partido político
llamado a representar el espíritu revolucionario y popular de
aquel entonces: la Unión Cívica.
Un país de paradojas, basado en un modelo autoritario
y liberal, abierto a la inmigración y al progreso, pero con un
sistema corrupto y fraudulento.
En este contexto se instaló la familia Arola,
en el barrio de Barracas, Salta 3378 (actual Vieytes 1048), y allí
nació dos años más tarde el protagonista de esta
crónica, Lorenzo Arola, el 24 de febrero.
Mientras transcurre su niñez, los Arola mudaron
de vivienda varias veces pero nunca se fueron de Barracas, el barrio
que vio crecer al "Pibe de Barracas".
En dicho lapso la República vivió una
solapada guerra civil que cada tanto se expresaba en forma violenta;
baste recordar las revoluciones de 1893 y de 1905.
No
obstante esto, el país se recuperaba de la crisis económica
del 90 y comenzaba a vislumbrarse un escenario próspero y pacificado,
que se instala finalmente en el año del Centenario cuando asume
la presidencia Roque Sáenz Peña durante la cual se promulga
la ley del Sufragio Universal (1912).
Efectivamente el Centenario con sus festejos y la instalación
de una nueva realidad política, genera un clima de bienestar
y distensión propio de la mencionada "belle epoque".
La Argentina era "el granero del mundo", la Unión
Cívica Radical accedía al gobierno con Yrigoyen y el tango
gobernaba en la orilla y en el centro.
Nuestro artista tenía la melodía en la
cabeza, era elegante y compadrón y la vida le ofrecía
solo alegrías en esa década del 10 donde el 17 de enero
de 1913 con motivo de tramitar su documento, rectifica su nombre y apellido
y pasa a ser Eduardo Arolas.
Cuando Lorenzo pasó a ser Eduardo, "El Pibe
de Barracas" pasó a ser, sin saberlo, "El
Tigre del Bandoneón".
Es el momento de esplendor, donde de su corazón
bohemio surgieron más de cien músicas, aunque sólo
llegaron al disco unas treinta de ellas, estamos ya en presencia del
más grande compositor
de nuestro género ciudadano.
El tango comenzaba sus incursiones a París y
la muchachada aristocrática flirteaba con músicos y personajes
arrabaleros, generando un mundo donde convivían compadritos y
bacanes.
La noche, las mujeres y el permanente deambular por
cafés y prostíbulos, el éxito, la fama y una adolescencia
apresurada generaron la idea a nuestro protagonista que la vida era
una farra interminable.
No le preocupaba que a partir de la caída de
Bismarck, Europa se preparaba para la guerra; que España iba
perdiendo inexorablemente sus colonias y que Buenos Aires se multiplicaba
demográficamente con la expulsión de miles de hombres
y mujeres del viejo mundo.
La inmigración se interrumpe en 1914, a partir
del estallido de la Primera Guerra Mundial por el asesinato del Archiduque
Fernando en Sarajevo, que ensangrentó Europa durante cuatro años.
Como resultado de la conflagración se consolida el régimen
democrático en la Europa Occidental y, en el oriente la revolución
de los soviets termina con el imperio de los zares.
Arolas siguió con interés los sucesos
del viejo mundo pues como todo tanguero porteño soñaba
duplicar su éxito en París, viaje que al final realiza
en 1920.
Una circunstancia inesperada es el principio de su
romántico final: la traición de la mujer que amaba, nada
menos que con su hermano mayor.
"Hombre varonil y de rebuscada elegancia, no tuvo suerte
de ser amado por la mujer que eligió. Con ella hubiera resistido
huracanes. Sin ella sentía que una tenue brisa podía derribarlo"
(José Narosky, diario Clarín, 28/1/1992).
El alcohol, la vida desenfrenada y un oscuro episodio
en Montevideo, donde Arolas atropelló un chico con su automóvil,
harían el resto.
Cuando viaja por última vez a París,
era un hombre terminado, paradójicamente con una buena posición
económica pero vencido por la bebida y la tristeza.
Murió solo en el hospital Municipal de París,
tenía 32 años, y el certificado, por error, decía
tuberculosis, pero todos sabían que fue de pena.
Su muerte se produjo el 29 de setiembre de 1924, plena
presidencia de Marcelo T. de Alvear y sus restos fueron repatriados
treinta años después, en la segunda presidencia del general
Perón.
|
|