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Adiós Nonino
Por Gaspar
Astarita
![]() Astor Piazzolla y sus padres «Todo compositor, por más vasta que sea
su producción, tiene siempre alguna obra que, sin ser la mas
lograda, es la que define su estilo. En ella, por exacta y armoniosa
conjunción de ciertos valores, el autor ha exteriorizado su sensibilidad,
ha desnudado sus raíces, evidenciando su formación y desarrollado
su capacidad creativa, logrando en esa síntesis la identidad
de toda su labor.
«Razones de impacto en el gusto popular, la aceptación
y la incitación que provoca en los ejecutantes que, al incluirla
en sus repertorios, crean los canales indispensables para procurarle
la difusión necesaria y hacen que esa composición se hospede
para siempre en los oídos y en la emoción de amplios auditorios.
«Aparte de los valores técnicos y estéticos,
lo cierto es que a través de todo ese contexto un determinado
trabajo de composición concluye siendo para su autor una especie
de resumen de su personalidad artística».
Y a este concepto que dejé expresado en mi trabajo
sobre Abel Fleury (GraFer, Chivilcoy, 1995), lo podemos aplicar con
certeza y convencimiento a la obra que mas identifica a Piazzolla
en todo el mundo y en todos los niveles: "Adiós
Nonino".
Su producción autoral, copiosa, digna y variada,
dentro y fuera del tango, ya que incursionó en composiciones
realizadas conforme a otras estructuras de carácter europeo,
exhibe obras de gran proyección. Pero sospecho que "Adiós
Nonino" es y será para siempre repetimos- sinónimo
de Piazzolla. Así
este interpretada por orquestas dentro de un estilo mas tradicional,
como la impecable versión que dejó grabada Leopoldo
Federico, o bien como la que escuchamos recientemente en Chivilcoy
por el trío de cámara del violoncelista Diego Sánchez,
en arreglo especial de José
Bragato.
"Adiós
Nonino" fue compuesto hacia 1959, cuando Astor andaba en gira
por Centroamérica. En esos momentos recibió la noticia
de la imprevista muerte de su padre, don Vicente Piazzolla, a quien
apodaban Nonino.
Llegado de Nueva York, de vuelta de esa gira, en un
momento de profunda tristeza, de angustias económicas -puesto
que su viaje al Norte había significado un fracaso, como fracaso
también resultó su intento de imponer el jazz-tango-,
se sumaba ahora la desaparición de su padre, allá lejos,
en la Argentina. Es cuando escribió "Adiós
Nonino". Bajo la presión de semejante estado de ánimo
brotaron espontáneamente las inmortales notas.
Recompuso el primitivo "Nonino", tango que
había compuesto en París en 1954 (hay una grabación
de esa obra por la orquesta de José
Basso, de julio de 1962), del cual conservó la parte rítmica.
Reacomodó lo demás y agregó ese prolongado y melódico
fragmento, de notas largas y sentidas, en el que subyace un profundo,
ahogado y angustioso lamento.
El llanto contenido y el dolor del hijo, a tanta distancia,
se manifestó en ese triste y acongojado pasaje. En esas dos frases
de ocho compases (cuatro más cuatro), que se repiten formando
un precioso tramo de dieciséis compases, está el auténtico
sentido y justificación de la obra.
El artista, sin lágrimas, lloró esa noche,
pero a través de su arte. Y dejó para la historia de la
música argentina una de sus más bellas e imperecederas
páginas.
Y como a un verdadero clásico, se le dedicaron
muchísimas grabaciones. Conjuntos reducidos, orquestas compuestas
por numerosos músicos, y solistas también, han brindado
las más variadas versiones de "Adiós
Nonino".
La primera es la del autor con su quinteto: Piazzolla
en bandoneón, Jaime Gosis en piano, Quicho Díaz en contrabajo,
Horacio Malvicino en guitarra eléctrica y Simón Bajour
en violín, conjunto que lo registró en el sello Antar-Telefunken
(Montevideo), en el año 1960. Y ese tramo melódico y emotivo
de la composición, reservado casi siempre a la cuerda -que es
la que mejor puede expresarlo-, estuvo a cargo de la formidable interpretación
de Simón Bajour, uno de los mejores violinistas que ha tenido
el tango. La dulzura de su sonido, la delicadeza de su interpretación
y su extraordinaria sensibilidad supieron captar y exponer el mensaje
de dolor que el autor dejó implícito en ese fragmento,
en forma admirable.
Creo que ese pasaje no fue superado nunca. Francini,
Baralis, Vardaro, Suárez
Paz, Nichelle, Mauricio Marcelli y muchos otros han dejado registros
bellísimos de ese trozo. Pero -desde mi apreciación, que
seguramente resultará opinable-, sigo sosteniendo que el arco
de Bajour, al menos en ese registro, esta por encima de todos.
No pretende este comentario subestimar el irreprochable
despliegue bandoneonístico de Piazzolla
repitiendo el mismo pasaje, ni la labor pianística de Jaime Gosis,
pero sigo aferrado a mi concepto y a mi oído: lo de Simón
Bajour es inmejorable.
Originalmente publicado en Tango y Lunfardo Nº
148, Año XVII, Chivilcoy, 16 de enero de 1999.
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