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Los bailarines famosos
Gloria y ocaso de "El Cachafaz" y de "El Vasco"
Aín
Autor anónimo, extraído por Guillermo
Bosovsky
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Dos tangos dedicados
Claro que entonces era el bailarín orillero.
El bailarín para el público espeso de las casas de mala
fama. Pero a medida que crecía su éxito, a medida que
saltaba de los corralones a los más elegantes sitios, empezó
a afinar su técnica y hasta hermosear sus pasos, asombrando a
las clientelas de Hansen o El velódromo. Un
tango de 1913, de Manuel Aróztegui,
se titula "El Cachafaz"
(Nota del Director de Todo Tango: Con referencia al tango "El
Cachafaz" que fuera dedicado al actor Florencio Parraviccini,
este hecho no implica negar la causa de su inspiración. Aunque
para muchos no tiene nada que ver con el bailarín.) y sirvió
para inmortalizar el nombre del mejor bailarín tanguero.
Otro
tango, titulado "Bailarín
compadrito" y cantado por Gardel, se inspiró en cambio
en su vida. Por ejemplo, señala que sus comienzos fueron en Barracas
al sur. Aunque la letra es un homenaje de doble filo, ya que en definitiva
lo único que hace es echarle en cara su paso del mundo de las
orillas al más elegante de los salones y de los altos círculos
sociales. En efecto Bianquet empezó a depurar cada vez más
su estilo de bailarín, borrando asperezas y tosquedades en los
pasos, demostrando una capacidad coreográfica admirable, a la
vez que en los centros de baile más célebres (como Los
cabreros o El gran bonete) conquistaba ancho prestigio.
El resultado fue que terminó enseñándoles a las
damas aristocráticas a bailar tango en un teatro céntrico.
Cobraba sumas fabulosas por sus lecciones y todo el mundo elegante de
Buenos Aires (que con el éxito de esta música en Europa
se había olvidado de su oscuro origen) lo perseguía para
que le enseñara. Esta docencia aparece reflejada en la letra
antes mencionada con ligero sarcasmo:Cualquiera iba a decirte, Salto a Europa
Pero el ingreso a los salones era lo que precisaba
Bianquet para extender su fama hasta Europa. Por 1920 llegó a
París y se impuso rápidamente. Su criolla elegancia, su
silueta, su arte cada vez más educado y al mismo tiempo más
hermoso, le abrieron las puertas en todos los salones parisienses. Este
período coincide tanto con su renombre como con su mejor suerte
económica. Benito Bianquet ganó dinero en cantidades industriales.
Pero en el fondo, a pesar de los salones y del traje de etiqueta, seguía
siendo el mismo cachafaz que intranquilizaba a su madre cuando
adolescente, de modo que se mantuvo fiel a una existencia desordenada
y azarosa. A su regreso de Europa sólo quedaba el recuerdo del
dinero ganado, como antes ocurriera con la fortuna obtenida en Buenos
Aires. No tuvo otra alternativa que continuar trabajando, que continuar
viviendo siempre al día y a merced de los golpes de suerte, que
un día lo llevaban al escenario de un teatro y otro lo arrojaban
a un cabaret de poca categoría.
De todos modos los que lo vieron transitar en sus últimos
años por la calle Corrientes, siempre vertical, siempre dispuesto
a lucirse como en los mejores tiempos, no pudieron dudar que para Bianquet
la vida suya empezaba y terminaba con la danza, con un tango bien bailado.
Su compañera (Carmen Calderón) había contribuido
a su gloria y la pareja que formaban era realmente maravillosa. En 1942
se encontraban en Mar del Plata actuando en una boîte, rodeados
de los pocos amigos que conocían sus antiguas glorias, cuando
se produjo su muerte. Fue escasos segundos después de concluir
su presentación y en el momento mismo que buscaba un trago reparador
para sus fatigas. Afuera, la juventud cantaba boleros y empezaba a mirar
con indiferencia al tango. Adentro, en la boîte, un hombre cerraba
los ojos para siempre, pensando tal vez que la letra que le dedicaron
un día no estaba totalmente errada cuando apuntaba su irremediable
vejez. "ahora triste y viejo te ves en el espejo l del loco cabaret".
Los amigos debieron juntar ochocientos pesos para poder pagar el entierro.
Bianquet no tenía un solo centavo encima.
Historia del Vasco Aín
Próximo a El
Cachafaz, el nombre de Casimiro
Aín también dejó su estela en la historia del
tango danza. Cuando partió de Buenos Aires rumbo a Europa se
lo conocía por El vasco, un apodo que recordaba su ascendencia.
Pero su fama no tuvo por escenario la Argentina sino,
ante todo, países como Francia, España, Italia, donde
su arte encontró renovados triunfos. Fue él quien bailó
el tango ante el Papa Benedicto XV, por ejemplo. En realidad su odisea
en el Viejo Mundo (que antecede la de Bianquet en más de cuatro
años) fue decisiva para que esta música conquistara el
extranjero. Con Aín llegaba el primer bailarín serio de
tango. El primero que había logrado dotar a la danza de una mayor
riqueza artística. Hasta 1926, aproximadamente, el artista mantiene
intacto su reinado, a pesar de que el arribo de El
Cachafaz pudo significar una seria competencia. Pero los diez
o quince años que pautan su carrera en Europa han sido suficientes
como para convertirlo en atracción indiscutible de cabarets y
salones elegantes. Es así que su biografía artística
se escribe lejos de la patria del tango, y el nombre de Casimiro Aín
pudo decir más en París o en Roma que en la capital argentina.
En 1927 El
Vasco regresa a Buenos Aires y desaparece prácticamente
de la luz pública. No se conocen detalles de esta etapa final
de su vida, salvo el hecho de que sufriera una intervención quirúrgica
en una pierna, lo que luego derivó en una amputación.
Por amarga ironía, la suerte le reservaba ese final de muletas
que (para el bailarín eximio, para el hombre que tenía
puesta toda su vida y sus sueños en su experiencia como bailarín)
significaba un verdadero golpe mortal. A los pocos meses de esa operación,
murió. Se ignoran las causas de su deceso, aunque es fácil
percibir el drama que le tocó vivir al verse mutilado y sin posibilidad
alguna de futuro. El destino derrotó así a un gran bailarín,
lo arrinconó en la soledad y en el olvido.
Otras figuras
Dos nombres no hacen la historia de una danza que ya
en los primeros tiempos encontró una maravillosa generación,
de libertinos (como dijo Carlos Vega), capaces de crear pases coreográficos
de inigualada belleza. Pero de la larga lista de bailarines que ayudaron
a crear, a difundir el tango, son los más valiosos. No obstante,
el mote de El Mocho recuerda a un tal Undarz que ganó
fama en el cabaret Royal (corrientes, próximo a Carlos Pellegrini,
donde luego estuvo ubicado el Tabarís); el escenario aportó
figuras tan populares y famosas corno Juan Carlos Herrera o Tito Lusiardo;
el mismo Pardo Santillán cuya fama en Hansen era total
hasta el día en que salió a bailar con su compañera
para demostrarle su arte a El
Cachafaz (que recién había llegado al local),
y éste lo derrotó con sus acrobacias en la pista. La proeza
casi derivó en crónica policíaca, Pero un amigo
de Bianquet llamado El Paisanito impuso con su cuchillo una
calma volcánica. Estaban solos y a pesar de esto lograron imponerse.
Es decir, logró El
Cachafaz seguir bailando. Había derrotado para siempre
a Santillán y a todos los demás bailarines que lo precedieron
o sucedieron (Nota del Director de Todo Tango: Ver un relato más
detallado de este acontecimiento en el fragmento del libro de García
Jiménez en esta misma sección, titulado "Reto
de bailarines"). Su nombre es ya un símbolo definitivo del
tango bailado.
Relato sin mención de autor, publicado en el
Nº1 de la revista Hechos Mundiales, Editorial Zig-Zag, Director:
Edwin Harrington. Buenos Aires, el 22 de agosto de 1967.
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