En una calle céntrica donde la ola de la ciudad arrastra todo el descarte, hay un café salvado de la victrola donde el tango levanta su rancho aparte.
En este templo mishio del pentagrama, porteño hasta la mezcla de su revoque, es donde el tango vuelca toda su gama y entra en los corazones como un estoque.
Estos muros tan viejos que ha respetado la biaba prepotente de la piqueta, son los testigos de mi café cortado y de las filigranas de Antonio Aieta. |